La lucha de las mujeres

0

Por M. Engracia Martín Valdunciel (Abolicionistas Aragón)

El feminismo es una teoría ética y política democrática de transformación de la sociedad. Nada tiene que ver con doctrinas de deseos o identidades. Como teoría del poder cuestiona una realidad que niega derechos y escamotea recursos a la mitad de la sociedad por el mero hecho de ser mujeres. Cuenta con una historia épica de luchas y vindicaciones que no por desconocida es menos efectiva. El feminismo, un humanismo, dispone de una perspectiva, una genealogía y una memoria de justas reclamaciones de igualdad entre los sexos desde hace varios siglos que nos permiten saber de dónde venimos las mujeres y orienta hacia dónde queremos ir. Por consiguiente, resulta esencial conceptualizar de forma clara en un mundo en que se concitan muchos intereses para confundir y en un momento en el que está de moda declararse, a menudo, sin fundamento, feminista.

Como cualquier movimiento de emancipación, el feminismo viene identificado los baluartes del primer sistema de dominación —el del colectivo de hombres sobre las mujeres— para poder entender la lógica de reproducción del patriarcado y establecer agendas de liberación. Pues bien, sabemos que históricamente la explotación sexual y reproductiva de las mujeres constituye uno de sus ejes. Dicho de otro modo, el poder y deseo de los hombres de violentar mujeres o niñas se sitúa por encima de los derechos humanos de aquellas. Remover la violencia institucionalizada, por tanto, es para el feminismo un objetivo desde hace siglos. De Mary Wollstonecraft o Flora Tristán a Concepción Arenal, Clara Campoamor o Amparo Poch. De Women’s Declaration International (WDI-España) a la Plataforma Abolicionista del Sistema Prostitucional (PAP) constituyen referentes de distintos momentos de la historia reciente del feminismo que han cuestionado y siguen deslegitimando los privilegios de los hombres, entre ellos, la posibilidad de contar con un espacio fuera de la ley en el que los delitos de acoso, violación, etc., quedan impunes.

Un mundo de doble moral y raseros dobles, construido a la medida de los hombres, ha normalizado la subordinación de las mujeres de muchas formas a lo largo de los siglos. Credos religiosos y conservadores han sido y son fundamentales para justificar la sumisión de estas. Pero también pensadores y científicos que trasladaron prejuicios misóginos a diferentes ámbitos de conocimiento y la sociedad; o creencias posmodernas, no menos patriarcales, que niegan la realidad sexuada de la especie humana sobre la que se asientan mandatos y normas que subordinan a las mujeres. En el capitalismo desbocado del XXI el poderoso lobby proxeneta ha conseguido vender a partidos políticos —de izquierda o derecha— sindicatos u organismos internacionales la violencia, la tortura o la humillación de mujeres y niñas como “trabajo”.Grupos de presión macarra, potenciados por los grandes medios de comunicación, promueven sin cortapisas su negocio criminal como “ocio” y justifican la esclavitud sexual de las mujeres como “libre elección” en un Estado, pasivo y proxeneta, el español, que ostenta el dudoso mérito de ser el primer país putero de Europa.

Ante tantos frentes —a izquierda y derecha— la lucha de las mujeres es clara: sus legítimas demandas de dignidad en un mundo más justo no pueden perderse ni confundirse en un batiburrillo el día 8 de marzo. Así, un manifiesto que no incluya la exigencia de abolición de mecanismos e instituciones que sustentan y justifican el sometimiento de las mujeres —la prostitución, la pornografía, y la trata que las alimenta; pero también prácticas como los “vientres de alquiler”, la “donación de óvulos”, la persistencia de la brecha salarial, las normas transgeneristas que invisibilizan y/o sustituyen al sujeto político mujeres, que sancionan la cosificación y mercantilización de estas, etc.— honestamente, en rigor, no puede llamarse feminista. 

Por tanto, de la misma forma que es impensable que una manifestación del primero de mayo incluya las exigencias de patronos y explotadores; del mismo modo que en una protesta contra el racismo carecería de sentido que integrara a supremacistas…debería entenderse que en marchas feministas no haya espacio para misóginos y/o abusadores; ni ellos ni sus discursos —sean en versión rancia y oscurantista o la más posmoprogre de colorines— porque sus intereses son antagónicos, abiertamente contrarios a la lucha de las mujeres por convivencias en igualdad entre los dos sexos. 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.