Todas idénticas, todas cancelables

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Alícia Boluda Albinyana, profesora de secundaria (enseñanza pública) en Valencia. Miembro de DoFemCo.

En el debate sobre valorar al artista y su obra como un todo o de forma independiente hay dos posiciones. Desde el feminismo predomina el análisis holístico, conjunto. La perspectiva feminista plantea que ideas, conocimiento, imaginación y belleza, todo lo creado intelectualmente y desde el arte, aporta información valiosa y si su autor fue, poco o mucho, un misógino debemos replantearnos hasta dónde llega su genialidad. El tándem creación-autor tiene una lectura política que interesa porque ayuda a descifrar y a desmontar el patriarcado. Frente a esta posición tenemos la contraria, la de muchos partidarios (y partidarias) de separar al genio de su creación. Este sector, además, suele defender que es absurdo cuestionar al hombre, pues las críticas a él como persona constituyen una especie de devaluación o de condena. Ahora bien, ¿se exige igualmente un tratamiento diferenciado cuando hablamos de mujeres creadoras? ¿Se ha tenido la misma deferencia, por ejemplo, en el caso de Patricia Sornosa, invitada por Victoria Martín y Carolina Iglesias a su exitoso podcast Estirando el chicle? ¿Hay distinción en la lectura de los y las artistas? Veamos algunos ejemplos que quizás nos puedan aclarar la respuesta.

En las artes plásticas destacan muchos hombres cuyo genio es indudable y sus producciones magníficas, las más prestigiosas, aunque su misoginia les haga cuestionables feminista y éticamente hablando. En la vertiente pictórica tenemos a algún grandísimo pintor español cuya fama de mujeriego y machista parece tan probada como caros se subastan hoy sus cuadros. O al pintor francés que, trasladándose a unas islas paradisíacas, tomó como “esposa” a una niña de trece años siguiendo los usos y costumbres del lugar. Con todo, hay quien ve cuesta arriba cuestionar su genialidad ciñéndose a la grandeza de su arte. Pasando a lo escultórico tenemos al artista en bronce que admitió a la vez como ayudante, musa y amante a una escultora, Camille Claudel. Según cuentan, él le debía algo más que inspiración, pero a nadie le extrañó que su falta de reconocimiento la afectara psicológicamente… (acabó sus días internada en un psiquiátrico a instancias de un notable escritor, su propio hermano). Qué decir de los maestros de la piedra que glorificaron el rapto de muchachas: parece que la mano del dios, en vez del mármol, agarre la carne de ella -¡qué meritorio!-, cuyo rostro refleja el horror. En cuanto a la arquitectura, pensemos en los vanguardistas ideólogos que concibieron la vivienda moderna con una gran mejora para la vida -¿de las mujeres?-: cocinas espaciosas unidas al salón, open concept, para que del fogón a la mesa y de la mesa al fregadero no hubiese un trecho largo que recorrer. Para terminar, están esos teóricos sagrados que siguen siendo bibliografía imprescindible en la historia del arte sin incluir su obra a ninguna mujer genial, detalle que jamás se comenta en las aulas universitarias.

Pasemos a la literatura donde también tenemos a grandes genios, como el poeta que relata en su biografía que agarra, desnuda y tumba en la cama a una mujer de baja casta social para perpetrar una violación, mistificándola al decir que lo han hecho con una estatua, como profanando la divinidad de un templo (me lo descubrió Laura Freixas). Hay historias que tratan de relaciones de señores con prostitutas tristes (a saber por qué lo estarían), algo tan normalizado que no nos parece anormal. Y por extensión están los actuales trovadores, músicos aclamados, capaces de dedicar canciones de dolor y desamor y, a la vez, de atormentar a sus compañeras física y psicológicamente (en los 70 o en tiempos más recientes). A veces dedican sus letras a mujeres prostituidas en quienes encuentran el único amor verdadero: ellas son auténticas, nobles, espartanas. No se quejan de nada, jamás hablan de las facturas, de la declaración de la renta ni de las citas de pediatría o tutoría. ¿Qué puede ensombrecer a los autores de tales libros y música, ediciones sin cesar desde que vieron la luz?

Los cineastas merecen mención aparte, ya que pueden ser ídolos pese a todo, como los que se enamoran y tienen sexo con la hija adoptiva de su esposa, o los que han cometido violaciones -alguna probada y sentenciada- que les obligan, proscritos, a no pisar un territorio para no acabar entre rejas. Los actores tampoco ven manchada su genialidad nunca. Grandes y míticos intérpretes exigieron a sus compañeras de reparto, actrices consagradas, que se dejaran de monsergas sobre el tono y el matiz del papel y que se limitaran a lo suyo: ser sexis. Algunos, en un arrebato, quisieron acceder al cuerpo de esa joven y hermosa actriz incipiente que tendría que callar si quería un porvenir en la meca del cine. La brillante obra predomina sobre cualquier sombra en el expediente, hay quien sostiene que así debe ser porque una cosa es la película (la ficción) y otra la realidad (la verdad).

En historia, literatura, lengua, música, ciencia… y todo lo relativo a formación le debo lo que pienso a Ana López Navajas. Ella me hizo ver cómo en los manuales de uso común el logro de cualquier autor eclipsa siempre al de las autoras (imitando el saber heredado en la Universidad). Los libros de texto que desde hace décadas se usan cotidianamente en las aulas se han apropiado para los hombres de todas las glorias: de las políticas, excluyendo a las reinas cuyo papel fue imprescindible; de las científicas, no reconociendo a las mujeres que colaboraron en grandes y revolucionarias teorías; de las músicas, de las artistas… Hay quién dice que reivindicarlas es querer restar mérito a los genios, que no seamos quisquillosas, que ya son otros tiempos, que en clase debemos pasar por encima de “polémicas” (muy despacito, no sea que el hielo se rompa y nos hundamos en la gélida agua con nuestro alumnado y se descubra la verdad).

Qué decir de los ases del deporte, como el aclamado dios futbolístico que al morir borró toda su misoginia y fue homenajeado el 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, por políticos de extremísima izquierda -de derecha también, la verdad, around the world-. Paula Dapena sabe algo del asunto. Actualmente cabe señalar que hay hombres que afirman ser mujeres, compiten y se quedan con trofeos, premios y becas que les corresponden a chicas, las cuales se han entrenado desde su infancia para, como vemos, no llegar a ninguna parte. Estos también deben ser separados de su obra en el nombre del feminismo y la inclusividad -ampliando así las acepciones de ‘cinismo’-.

Abreviaré con los ejemplos que me quedan. Como los políticos loables, históricos, indignados al exigir Clara Campoamor el voto de las mujeres (por si no votaban lo que ellos querían). Sobre psicología, comentó Esperanza Bosch en una conferencia que Freud, probando a psicoanalizarse, al parecer descubrió un episodio turbio con una muchacha. Concluyó que, quizás, los recuerdos también se fabrican y a veces no son más que proyecciones. Sobre filosofía citaré El amor, la muerte y las mujeres, de Schopenhauer, un grande. No sé si a alguna más le habrá sucedido leer este libro entre la indignación y la risa. La Antropología es el campo que ha despertado mi interés más recientemente a través de una conferencia de Silvia Carrasco y Marina Pibernat donde desmontaron el mito del matriarcado y el de la desigualdad de la mujer por la apropiación de los medios de producción y los excedentes, desde la antigüedad (según Morgan, Engels y Marx). ¿Qué importa si todos los fenomenales pensadores presentan sesgos sexistas, si las suyas son consideradas las grandes ideas? El autor y su obra conforman una duplicidad, un par divisible. Si su genialidad está probada se le perdona incluso la misoginia (practicada o como punto de vista).

Dicho todo esto mi querelle es que, con las autoras, no se actúa del mismo modo: absolutamente no. Es constatable a poco que se preste atención. ¿Cómo se analiza la obra de una pintora? Los críticos dicen que plasma en ella vida, sentimientos, emoción… La prolífica producción de una escritora, ¿cómo se comenta? Según los estudiosos, se basa en vivencias, relaciones amorosas, experiencia de infancia… La actriz: ¿cómo se valora? Por su belleza, canónica o peculiar, por sus gestos naturales, su forma de moverse, su voz… Jamás se alabarán sus dotes adquiridas: en la mujer todo es innato, espontáneo. No es solo que no se separe a la autora de su obra, es que se percibe la obra como una extensión de su vida misma. Como si su creación no fuera el resultado del trabajo intelectual, del esfuerzo y de la maestría. Creadora y creación no se pueden dividir, son número impar, solo resultarían molestos decimales.

Es el caso de Patricia Sornosa, buenísima en el campo del humor, que no se corta en dar sus opiniones feministas, por si fuera poco. Pero Su opinión crítica con la ideología de la identidad de género es, para cierta gente, un discurso de odio (¿?) que no se puede separar de la artista. Es profesional, la más divertida, pero es “terfa”, y a una “terfa” no se le concede nada: se la cancela. Nada que ver con todas las figuras masculinas citadas arriba, a quienes cualquier desliz machista se puede perdonar. Algo parecido les ocurrió a las autoras de Estirando el chicle, Carolina Iglesias y Victoria Martín, sentenciadas por el grupo que se proclama vanguardia de la tolerancia -se dicen seres de luz pero creo que son más bien de claroscuro-. El pecado de invitar a una malvada “terf” les trajo un buen disgusto, tuvieron que emitir un comunicado en el que poco menos que pedían perdón (¿perdón?) por invitar a quien quisieron, en todo su derecho, a su podcast.

Patricia Sornosa es feminista abolicionista y se dedica al noble y necesario arte de la comedia. Victoria Martín y Carolina Iglesias, lo mismo: son dos mujeres exitosas haciendo humor -defienden “lo trans” y critican a quien difiere-. Pero por más que una y otras piensen sobre el género de forma distinta, nos guste unánimemente o no, ¿dónde está escrito que no se puedan reunir para hacer comedia? ¿No es esto una democracia? Señores de ideas antónimas comparten espacios audiovisuales contínuamente: lo llaman tolerancia, respeto y debate. ¿Por qué entonces tal cosa nos está vetada a las mujeres? Al parecer, y más según el transactivismo, nosotras no tenemos que dirigirnos la palabra si discrepamos un ápice en nuestros argumentos. Y si somos críticas con la ideología de la identidad sentida o nos juntamos con quien lo es, el castigo es la quema en la plaza pública.

Me viene a la mente aquel pensamiento de Celia Amorós, afirmaba que los hombres se ven entre ellos como seres únicos, diferentes (hasta enemigos) pero capaces de convivir porque son sus iguales; en cambio nosotras somos una repetición ad infinitum del mismo patrón y nos consideran a todas las idénticas. Así actúa el autoproclamado gran movimiento por el (supuesto) feminismo, la diversidad y la diferencia: no importa cómo sean y qué tipo de obras hagan, las artistas y su obra están condenadas a ser un todo, salvable o descartable al mínimo atisbo de “terfidia”. Por eso nos conviene tener presente que todas, absolutamente todas las mujeres, somos idéntica y potencialmente cancelables.

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