Eid Mubarak y feliz libertad

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Almudena Rodrigo Mora, Integradora Social, Educadora Infantil e integrante de Espai Figa.

Hace unos días, el fin de semana del 9 al 13 de julio, se celebró una de las fiestas más importantes del Islam, el Eid al-Adha, también conocida como Fiesta del Cordero. Su origen está en un pasaje del Corán en el que Ibrahim decide sacrificar a su hijo Ismael por ser esta la voluntad de Dios (en la Biblia lo encontraremos con los nombres de Abraham e Isaac), pero en el último momento, en un arrebato de conmiseración, el susodicho decide cambiar a Ismael por un cordero. La comunidad musulmana celebra el autosacrificio y la misericordia reflejados en este pasaje y lo festejan matando al estilo halal (rápido y sin sufrimiento, según los preceptos del Islam) un cordero y consumiendo su carne durante los pertinentes días festivos. También son días para compartir con la familia y el vecindario, y con las personas que menos recursos tienen, para intercambiar regalos y estrenar ropa. Podría decirse que es el equivalente a la Navidad. Y desde numerosas cuentas institucionales en RRSS se ha emitido el Eid Mubarak, el tradicional mensaje asociado a estos días que significa Feliz Fiesta.

Más allá de celebraciones, rituales, creencias o cultura, se agradece el poder aprender y compartir el folclore de otros pueblos o religiones, máxime cuando son comunidades con las que convivimos diariamente. Pero sería aún más de agradecer, si no de exigir, que esas mismas instituciones que se implican tan activamente en no herir los sentimientos de la comunidad musulmana bajo el escudo de la islamofobia, hiciesen lo propio con las mujeres pertenecientes a dicha comunidad. Porque al final, acabamos borrando con el codo lo que escribimos con la mano. Enaltecer fiestas religiosas (de cualquier religión) en un país aconfesional ya tiene lo suyo, pero además en el caso del islam somos testimonio constantemente de discursos que blanquean la misoginia pintándola de diversidad cultural a través de, por ejemplo, la promoción del uso del velo, una herramienta de opresión y sumisión que se utiliza con las mujeres musulmanas, sin ningún tipo de pudor. Cómo nos lo quieren vender disfrazado de falso empoderamiento y libre elección y cómo nos señalan a las no musulmanas como blancas-hegemónicas-colonialistas, como imbuidas de una suerte de Síndrome del Salvador Blanco. Las voces de las mujeres oprimidas por el islam son silenciadas, ocultadas, no casan con los postulados de los neofeminismos posmodernos que defienden las instituciones actualmente.

Una de esas mujeres es mi buena amiga Aisha (nombre ficticio con el fin de preservar su anonimato y seguridad). Aisha es musulmana, concretamente de un país del sur de Asia. En uno de estos días festivos me la encontré en el centro comercial en donde trabaja y pudimos hablar unos minutos, lo justo para ponernos al día. Lo primero que destacaba en ella es que ya no lleva el velo. Hace tiempo que dejó de ponerse la abaya. Recuerdo cuando salíamos juntas de su casa y en la escalera se la desabrochaba y al volver a casa se ponía un imperdible a la altura del cuello, antes de que su madre la viera. Y cómo se apartaba el velo de la cara, echándoselo hacia atrás, mostrando su pelo cuando caminábamos por la calle, si no se lo bajaba del todo directamente.

Recuerdo las batallas cada vez que su familia intentaba prometerla con hombres que ella no conocía ni deseaba conocer. Cómo se las ingeniaba para que ellos rompieran siempre el compromiso. Mi amiga no quería casarse, mi amiga quería seguir estudiando, trabajando… Ella quería ser una joven de veintitantos como otra cualquiera, salir, viajar, tener amigos del sexo masculino. Pero no podía, o debía hacerlo a escondidas. Su destino estaba marcado por haber nacido mujer en una familia musulmana. Llegó a viajar a su país para casarse, obligada por su familia, pero tuvo la suerte de que el novio rompió el compromiso. Para la familia, una afrenta, para ella, una dosis extra de tiempo y alivio.

En nuestra breve conversación de ese día me contaba que no estaba celebrando nada. Ha roto la relación con su familia, lo que la ha convertido en una repudiada en su comunidad, y está compartiendo piso con una amiga. Me lo contaba como si no fuese una heroicidad, pero lo que yo vi es a una mujer que ha sido capaz de romper sus cadenas de una forma feroz y valiente, mirar de frente al patriarcado y la misoginia imperante de las religiones y decir «Hasta aquí». Yo sí que la felicité, como la superviviente que es, no pude más que con un gran orgullo decirle: «Feliz libertad».

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