Las mujeres NO son mercancía. En defensa de la abolición del sistema prostitucional (III)

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Abolicionistas Huesca.

(Viene de las partes primera y segunda).

Frente a la exigencia al Estado para que establezca políticas que puedan caminar hacia la igualdad entre los sexos, como abolir el mercado de mujeres, puede oírse de todo en nuestro entorno. Por ejemplo, que no es el momento, porque divide a la izquierda (es histórico el consabido desideratum para postergar los derechos de las mujeres en la “izquierda”); que el sistema prostitucional siempre ha existido… y siempre existirá (aceptando, en un signo de inmovilismo conservador a ultranza, la realidad social y política como inmodificable; y escamoteando, perversamente, la historia de las mujeres, un claro ejemplo de lucha política que ha humanizado la realidad social. Parece inevitable en cualquier lance encontrarse con topicazos y lugares comunes del proxenetismo que medios, colectivos, partidos o sindicatos recitan: que ser prostituida, explotada y humillada es un “trabajo”; que es cuestión particular entre sujetos: ¿qué hay de malo?, una vende / el putero compra y… ¡todos ganan! Es inevitable, también, encontrarse con el “argumento” de que existe un “debate” que impide a la gente pronunciarse. Hay múltiples debates en la sociedad que no imposibilitan situarse a las personas; sin embargo, ese “debate” funciona como pretexto para “mirar para otro lado” (“yo soy abolicionista, pero si ellas quieren” …). Incluso, desde el gobierno hemos leído que es, en fin, un muy “complejo” asunto que hay que seguir analizando (al parecer, sine die).

Conviene recordar aquí la capacidad de la lucha feminista para hacer pedagogía en sus análisis sobre las agresiones a las mujeres y para influir en el “sentido común” y, por tanto, para propiciar la acción política y la conciencia social. Por ejemplo, hasta no hace muchas décadas, el denominado “crimen pasional” o “crimen doméstico” se contemplaba, dentro del imaginario patriarcal, como cuestión menor, un tema de índole individual, quizá desafortunado, pero, en cualquier caso, relativo a la esfera privada que debía permanecer en casa y no convenía “airear”. Hoy la percepción social y política de esa realidad bárbara ha cambiado. El feminismo politizó el fenómeno, conceptualizó la práctica y su legitimación como parte de una estructura de dominio basada en la violencia sistemática sobre las mujeres; de forma que explicó esa agresividad, (recordando a Celia Amorós) como parte del “terrorismo patriarcal”, un término que apunta directamente a la responsabilidad de los Estados y de los maltratadores, un abordaje crítico que exige políticas de intervención y, en su caso, de penalización de las agresiones.

En esa misma línea de análisis, el sistema prostitucional para el feminismo es resultado de relaciones de poder, por tanto, puede y debe revertirse. No es un “trabajo”, como quiere vender el proxenetismo o una cuestión de deseo o de “libre elección” individual, como machaconamente repite el ideario neoliberal. Es conveniente que “no nos vendan la moto” porque no es la posibilidad de elegir ser prostituida la que está amenazada, todo lo contrario: esa opción tiene al sistema y muchos voceros de todos los colores y tendencias a su favor.

Por el contrario, es el derecho de las mujeres a no ser traficadas y prostituidas lo que está en juego.  El feminismo es una teoría del poder, una lucha colectiva que aspira a suprimir un sistema objetivo de privilegios basados en la coacción; no trata de subjetividades, deseos particulares o realidades percibidas. Porque sabe que desde la perspectiva neoliberal y posmoderna que incorpora esas conceptualizaciones, tan funcionales a los intereses del capitalismo, se hurta arteramente a la ciudadanía la posibilidad de abordar el fenómeno desde la racionalidad crítica y el enfoque político.

Nuestro Estado ha suscrito Declaraciones y Convenios en la línea abolicionista, por tanto, es responsable directo de la grave situación que viven muchas mujeres supervivientes del sistema prostitucional. Por esa razón se le debe exigir que cumpla ya los mandatos que ha secundado en orden a no vulnerar los derechos de las mujeres y a establecer mecanismos para que los principios constitucionales o los derechos humanos no se queden en papel mojado. Hablamos de un problema de trascendencia política, de uno de los elementos nodales del sistema patriarcal, en el que el Estado debe interceder generando leyes, como ha ocurrido en otros ámbitos de violencia machista

Las sufragistas tuvieron coraje y valentía para luchar por los derechos de todas las mujeres, entre otros, la capacidad de no ser traficadas y mercantilizadas.

Hace apenas unas décadas estaba fuera del “sentido común” (ahormado durante milenios por el patriarcado) que las mujeres pudieran votar, salir de los espacios privados, tener acceso a estudios superiores, gozar de autonomía… Hoy, en muchos países, nadie discute esos derechos ganados por el feminismo, al menos de forma explícita. Porque, como señala Rosa Cobo, el feminismo es el movimiento social de la Modernidad que más ha ensanchado los derechos civiles, políticos y sociales de la humanidad. El feminismo asume el deber de continuar mejorando la vida de las mujeres y, por tanto, de la sociedad con sus análisis y sus vindicaciones: abatir el sistema de violencia y agresión es uno de sus horizontes. No consiguieron silenciar a las sufragistas y tampoco callarán al feminismo del siglo XXI, como demuestra el grado de compromiso de las asociaciones feministas (más de 200) que secundaron la masiva manifestación del día 28 de mayo en Madrid exigiendo al gobierno la admisión a trámite de la LOASP. Sin dilación.

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