Ceguera partidista

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Pilar Aguilar Carrascoanalista y crítica de cine.

No me gusta nada criticar a mujeres con quienes globalmente comparto posiciones feministas, pero, a veces, no queda más remedio que recordarles que, en pro de salvaguardar el maltrecho “honor” de su partido, no pueden hacernos tragar cualquier pócima. Me refiero a la entrevista de Carmen Calvo en República el día 5 de este mes.

Sé que algunas feministas (feministas auténticas, no de boquilla, feministas que han hecho mucho por el feminismo) siguen militando en el PSOE porque creen que pueden cambiarlo desde dentro o que, al menos, deben intentarlo. Es una opción que respeto.

Y, por supuesto, sé que el PSOE promovió leyes trascendentes y apoyó movilizaciones significativas que mejoraron la vida de las mujeres. No cuestiono tales evidencias ni voy a racanear mi reconocimiento.

Pero si se habla del aquí y del ahora, no acepto que una feminista, a fin de esconder las vergüenzas su partido, intente que comulguemos con ruedas de molino (o incluso de tractor).

Así, Calvo asegura que “el feminismo socialista es muy diferente al que defiende Unidas Podemos”. ¿Ah sí? ¿Y en qué se nota? Porque, a ver, el PSOE está en el gobierno. En consecuencia, todo lo que emana (o no emana) del gobierno es su responsabilidad. No puede escudarse en “algo intenté, pero no me dejaron…”.

Y ahora, si en estos dos años y medio no han hecho nada significativo por mejorar la vida de las mujeres ¿es por culpa de UP? Pues cabe recordarle a Carmen sus propias palabras: el PSOE tiene muchos más diputados.

Añade Calvo: “Mi partido, el PSOE, siempre ha sido abolicionista”. ¿Qué entiende ella por siempre?

Porque, a ver, el PSOE gobernó desde el 1982 a 1996 (o sea catorce años, 11 de ellos con mayoría absoluta) y no solo no hizo ninguna ley que fuera en esa dirección, sino que, por el contrario, en 1995, siendo presidente González y ministro de Justicia e Interior Belloch se despenalizó la tercería locativa. Bonita manera de ser abolicionista…

Luego, el PSOE volvió a gobernar desde 2004 a 2011 y tampoco en esos siete años dejó la más mínima constancia de su abolicionismo. Así es que ¿ese siempre de cuándo data? ¿O ser abolicionista es palabrería que a nada compromete?

¿Y pretenden, acaso, redimirse ahora con una ley que, lejos de ser abolicionista, es un parchecillo vergonzante que ni siquiera garantiza ningún derecho para las mujeres prostituidas ni penaliza a los puteros? Nosotras, las abolicionistas que no estamos cegadas por el amor al PSOE o a UP, afirmamos: “Por sus actos los conoceréis”. Y sus actos son de vergüenza ajena.

Como es público y notorio, en el PSOE, cierto, hay militantes feministas, pero también hay militantes y altos cargos que son pro trans, por prostitución, pro vientres de alquiler… es decir agresivamente antifeministas. Calvo lo justifica alegando: “Mi partido, desde que nació, ha tenido una gran vida de debate ideológico, lo que considero muy bueno. ¿Qué menos que lo haya con un temazo tan importante como el feminismo?”.

Me tuve que leer dos veces la frasecita para creérmela. O sea, como es tema importante, cabe todo ¿no? Yo creí que un partido medio serio, cuando aborda asuntos importantes, traza un programa claro. Por supuesto que, en aspectos menores, puntuales o novedosos puede haber debate, pero, en temas fundamentales y que vienen de antiguo, las grandes líneas maestras están trazadas (si, en efecto, el asunto importa).

Y, de hecho: ¿en qué otros “temazos importantes” el PSOE admite que ciertos cargos con responsabilidades organizativas y decisorias sostengan una cosa y otros su contraria? ¿En qué otros asuntos clave el PSOE no mueve ni una ceja cuando algunos militantes insultan y agreden pública y persistentemente a otros/as militantes?

Que no nos vendan como “riqueza de debate”, lo que es permisividad pura y dura, que no se funda en la importancia del tema sino justamente en lo contrario: “Vale, que se saquen los ojos si quieren. Como partido intentaremos capear el temporal, no vaya a ser que vengan mal dadas y tengamos que recoger velas…”.

Pero, claro, mientras, el gobierno no es neutro: hace o deja de hacer, practica una u otra política. Y así, apoya y promueve la ley trans, avala siniestros protocolos educativos en las comunidades donde gobierna, no considera urgencia social atajar con medidas concretas la violencia misógina…

Y ya, el colofón lo pone Carmen Calvo cuando le preguntan por el indulto a María Salmerón. Intenta practicar un vergonzante surf y termina diciendo: “Luego hay cosas que se pueden y cosas que no se pueden hacer, y las que topan con la legalidad son más difíciles”. Aquí, confieso que me invade la indignación. En primer lugar, porque como todo el mundo sabe, así, a bote pronto, se pueden enumerar media docena de asuntos que “se han topado con la legalidad” y se han resuelto tan divinamente. Pero, sobre todo: que no estamos ante “una cosa abstracta y difícil”, sino del destrozo de la vida concreta de una mujer y de su hija. ¿Frente a semejante violencia institucional una feminista puede opinar con esa liviandad? ¿Y puede, luego, dormir tan tranquila? ¿Sí? ¿Una feminista?

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