La Batalla de Cádiz

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Lidia Falcón, Presidenta del Partido Feminista de España.

Desde hace dos semanas las calles de Cádiz, de Puerto Real, de Algeciras, arden con los incendios provocados por los trabajadores del metal de la provincia, un carácter de lucha transversal, en una provincia en la que la tasa de paro ronda el 23%, según la última EPA de octubre, hartos de soportar las condiciones de trabajo decimonónicas que las empresas han impuesto, al amparo de las normas laborales que aprobó el Partido Popular bajo el ínclito gobierno de Mariano Rajoy.

Pero que nadie crea que los únicos responsables del desmantelamiento de las empresas del sector son los representantes de la derecha, que para eso están. A finales de los años 80 hasta entrado 1990, todavía en la era de Felipe González, se cerraron los astilleros gaditanos para cumplir con el convenio de adhesión que impuso el club Europeo. El entusiasmo que despertó en el pueblo español nuestra entrada en el Mercado Común no estaba justificado más que por el ahogo que sentíamos después de los interminables cuarenta años de dictadura. Ya éramos europeos y dejábamos de ser los desgraciados sometidos al fascismo. Pocos fuimos los que hicimos un análisis certero y profundo de las condiciones que aceptaba nuestro amado gobierno socialista para ser incluidos entre los socios del club más rico y avanzado del mundo. Poder y Libertad, la revista del Partido Feminista de España, en 1992, publicó un monográfico sobre el Tratado de Maastricht, donde predecíamos las desgracias que nos están aconteciendo, y no todas, que ahí se ha descolgado el Reino Unido sin que lo esperáramos.

Como los socios pobres, aquellos que se aceptan en el club de los ricos, siempre que se sienten en un rincón y esperen humildemente que los escuchen, España fue recibida en el Mercado Común, y forma parte de la Unión Europea, con la obligación de eliminar su sector industrial. Debía cerrar Altos Hornos, astilleros, trenes de laminado, minas, sector naval y de aviación. Y así lo hicieron, con extremada eficacia y crueldad, primero los líderes del Partido Socialista Obrero Español, que abrieron el camino a las medidas que más tarde siguió adoptando el Partido Popular, para convertir nuestro país en un país turístico, dedicado únicamente a dar de comer y entretener a los jubilados europeos.

Desde 1984, solo dos años después del triunfo socialista, los trabajadores de los astilleros de Puerto Real, de Algeciras, de Cádiz, están en pie de guerra, intentando heroicamente defender su supervivencia y la de su familia. Huelgas que se extienden semanas, acción directa en las calles, asambleas, manifestaciones, que han sido apoyadas por parte de la sociedad. Treinta y siete años más tarde tienen que volver a la calle con las pancartas y los megáfonos, mientras en este periodo de tiempo se han cerrado plantas de producción, se han menguado las plantillas, las cargas de trabajo son intermitentes, y los propósitos de la empresa son rebajar sueldos, tener convenios colectivos de máxima duración para que las condiciones se eternicen y proceder a despidos y jubilaciones anticipadas. Ya no tienen encargos españoles, ni el sector privado ni el público fabrican barcos ni aviones en las empresas gaditanas. Todo lo que les llega viene de algún otro país europeo, atraído por los bajos salarios de nuestros trabajadores.

El propósito de la patronal está claro: obtener el mayor beneficio con el menor gasto posible. Cerrar el sector naval y el de aviación para llevarse las plantas de producción a Hungría o a Indonesia, donde no existen medidas de protección de los trabajadores y los salarios son de miseria. Es el plan del capitalismo actual, regido por la “libertad” de comercio, de producción, de movilidad. Lo que llaman globalización. Es decir los grandes consorcios dominan la producción y el comercio en todo el planeta, donde se mueven libremente, y los trabajadores permanecen anclados en su tierra, con trabajo o sin él, como los antiguos siervos de la gleba.

Antes, en 1983, se sublevaron los trabajadores de Altos Hornos de Sagunto, que levantaron 13 huelgas generales en toda la provincia en aquel año, pero no consiguieron que se mantuvieran. Después fueron Altos Hornos de Bilbao, y Euskalduna y Astilleros, y la gran ciudad industrial de tradición centenaria se quedó reducida a una urbe de provincias, con un bonito museo.

Después, en 1984, los mineros de Gales iniciaron la huelga más larga de la historia del Reino Unido. Durante un año resistieron a las presiones de las empresas, el acoso del gobierno de Margaret Thatcher, la indiferencia de los partidos socialistas y el hambre y el frío. Pero los derrotaron. Los mineros españoles no se unieron a la huelga y cuando los eliminaron a ellos también ya no había quien les ayudara.

Las huelgas de los estibadores españoles en 2019 no fueron secundadas por el resto del sector en Europa, como tampoco lo fueron las de los trabajadores de la minería de Gales ni las de altos hornos de Sagunto. El capitalismo ha logrado su mayor ambición: dividir la cohesión y la solidaridad internacional y dejar aislados a los trabajadores de cada país.

Este es el llamamiento que debería hacer la izquierda en España, que está cumpliendo un papel vergonzoso, incluyendo a ese Partido Comunista rendido a las órdenes del imperialismo, y las mujeres políticas que se reunieron en Valencia, para augurarnos un futuro “maravilloso”.

La sublevación de Cádiz tiene que provocar la de todos los sectores de la producción industrial de España y de Europa. Que ninguno crea que este es un problema aislado de una pobre provincia en este país turístico. El capitalismo ha decidido hundir en la miseria a los trabajadores para que se rindan a la patronal. Se “deslocalizarán” las empresas, se eliminarán puestos de trabajo, se rebajarán los salarios, todos los empleos serán eventuales, y los niveles de renta descenderá hasta hundir en la pobreza a la mayoría de la población, si las clases trabajadoras no se dan cuenta de que la lucha de Cádiz es la lucha de todos y de todas. Y se volverá a cumplir la profecía de Brecht: cuando vayan a por los demás ya no habrá nadie para defenderlos.

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