Madrid 85 años después

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Hoy me propongo mostrarles un caso práctico de lo que conlleva ignorar o recordar la historia. Cuando el presente artículo llegue a los ojos de mis lectores estaremos muy cerca del 18 de julio, una fecha con connotaciones muy claras y decisivas en nuestra historia reciente. Por cierto, recuerden la palabra «reciente» porque tendrá repercusiones e implicaciones en lo que me propongo explicarles, ya verán.

Hace 85 años el peligro reaccionario que amenazaba a la II República Española desde sus inicios tomó cuerpo. Algunos aún pretenden justificar el golpe de estado de aquel día como un alzamiento contra desórdenes sectarios, pero historiadores competentes, y en este sentido recomiendo fervientemente a Ángel Viñas para informarse al respecto, han demostrado que el sector más inmovilista de la sociedad española de aquella época no tuvo nunca intención de aceptar los cambios que el gobierno republicano intentaba llevar a cabo. Por otra parte ese peligro era muy evidente desde el intento golpista del general Sanjurjo en 1932.

El alzamiento adoptó, como era de esperar, la forma que desde hace ya casi un siglo adopta siempre la derecha cuando ve peligrar los privilegios que defiende: el fascismo. El fascismo mundial, habría que precisar. Porque por mucho que la propaganda franquista afirmara no tener extranjeros entre sus hombres y representar la pureza de España, no solo estaban las feroces tropas africanistas destacadas en Marruecos: el bando sublevado contó desde muy pronto con ayuda de la Italia fascista y la Alemania nazi cuyos aportes de tecnología militar punta fueron muy importantes, de portugueses enviados por Salazar, conocidos popularmente como viriatos y una amalgama de bestias ultraderechistas de todo el mundo. Rusos blancos huidos de la revolución, la Guardia de Hierro rumana, antisemita a ultranza , el batallón Jean D’ Arc de la Croix de Feu francesa, fascistas belgas, polacos, y la brigada irlandesa de Eoin O’ Duffy habían venido como voluntarios. Por último estaban las tropas moras, que despertaban un terror sin igual entre los milicianos y prisioneros de guerra. Gabriel Jackson atribuye al menos en parte este aura de miedo casi místico que los precede a que en cierto modo el recuerdo de la reconquista seguía presente en la población española, pero seguramente tendrá más que ver una de las represalias que los nacionales aplicaban a sus prisioneros y, sobre todo, prisioneras que describe Paul Preston en su famoso El Holocausto Español: varios cabecillas de las tropas sublevadas se jactaban ante la prensa extrajera de que a numerosas cautivas cuyo delito muchas veces solo era ser esposas de un dirigente de izquierdas, haber votado alguna vez a partidos integrados en el Frente Popular o ser parte de un sindicato, «las encerramos con 50 moros». Imaginen lo que ocurría después.

El caso es que contemplando este aniversario desde la posición de uno de los dos o tres villanos de Madrid de izquierdas que aún quedamos, y con la pasión que siento por la historia, no puedo dejar de pensar algo. Y es que mi ciudad ha sido con más frecuencia de la que se cree pionera de muchas cosas. Les explico:

En el momento del golpe, como saben, España queda dividida. Los golpistas, al mando, en un primer momento, de Mola, han logrado controlar una porción que se corresponde con buena parte del tercio norte de nuestro país, excluyendo una franja en la costa cantábrica, mientras que al sur de una línea casi diagonal que parte de Aragón hasta la provincia de Badajoz el gobierno legítimo ha resistido. Madrid ha quedado al sur de esta línea, en manos del gobierno del Frente Popular. Además de esa zona al norte, otras tropas golpistas formadas principalmente por militares destacados en África ha controlado la provincia de Cádiz y casi toda Huelva y Sevilla. Como es lógico suponer, el primer objetivo de los golpistas es unir las dos zonas que controlan.

Entre el alzamiento y el mes de noviembre de 1936, las bestias más destructivas que han pisado la tierra avanzaban incontenibles hacia nuestra villa desde el sudoeste.

La represión allí por donde pasaban era brutal, incluyendo, como han visto, hasta agresiones sexuales. No había piedad, de nada sirvieron ni siquiera los ruegos de conservadores moderados o algunos sacerdotes pidiendo clemencia para los habitantes de las poblaciones que iban dominando. Si acaso sí que sirvieron para que alguno de estos ciudadanos o sacerdotes también fuera represaliado. Sí, en la zona republicana también había habido ajustes de cuentas y represalias, no temo hablar de ello, pero será en otro artículo donde les explique una diferencia sustancial entre ambas cosas.

En fin, en el otoño de 1936, esta horda del terror se dirigía hacia nuestra ciudad. Como es lógico había preocupación, porque, además, muchos extremeños, andaluces o manchegos, pues por esa zona se había producido principalmente el avance de las tropas africanas, se habían refugiado en Madrid si habían podido huir a tiempo y habían contado la ferocidad con la que actuaban los sublevados cada vez que tomaban una población.

Además, Mola, al mando del ejército sublevado en la franja más al norte de la zona que controla este bando, ha establecido su cuartel general en Ávila, y desde allí se jacta a la prensa de que Madrid no podrá resistir. Mientras Franco, Varela y su ejército vienen a intentar juntarse con las tropas de Mola en un movimiento de pinza sobre la Capital, Mola afirma que además de sus cuatro columnas tiene una quinta esperándole entre la población y los prisioneros de Madrid, que será la que a la postre tome la ciudad. La expresión «quinta columna» hizo fortuna, y de inmediato fue adoptada por todos.

Lo cierto es que Mola tiene motivos para pensar así: en las últimas elecciones los partidos de derechas han conseguido el 45% de los votos en la ciudad. De hecho, el gobierno de la República tampoco confía mucho en su capacidad de conservar la villa y, el 6 de noviembre, Largo Caballero y sus ministros evacúan Madrid rumbo a Valencia.

Pero ninguno de ellos contaba con la reacción del pueblo madrileño. Para sorpresa de casi todo el mundo, en la ciudad la población colabora muy activamente en organizar la defensa. Gabriel Jackson lo atribuye a que buena parte de los madrileños, habiendo oído hablar de la clase de monstruos que se les vienen encima, ha visto la luz. Los obreros metalúrgicos construyen granadas, los de la construcción levantan barreras, las mujeres se unen a las milicias o prepararan suministros o puestos de atención. En esta defensa tiene mucho peso el destacamento miliciano creado desde el principio por el Partido Comunista: el Quinto Regimiento. Muchos madrileños se integran en estos días en él, incluso apolíticos o burgueses, de acuerdo con Jackson. Por otro lado la planificación de Enrique Líster demuestra ser plenamente capaz de poner trabas a las tropas nacionales.

Se ha pretendido atribuir todo el mérito de la defensa de Madrid a las brigadas internacionales, que para el 19 de octubre habían empezado a llegar en gran número. También colaboran refuerzos de otros lugares de España, como Durruti y su columna. Tampoco puede olvidarse que en la batalla, por primera vez, las fuerzas republicanas cuentan con una preparación militar competente, donde destacan además del mencionado Líster, Juan Gilloto León, alias Modesto, Valentín González, conocido como El Campesino, y un italiano comunista, Vittorio Vidali, apodado el comandante Carlos. Además la URSS, por cierto, el único país que apoya al gobierno legítimo de forma decidida, se implica activamente proporcionando asesores y material. Pero Paul Preston, Gabriel Jackson, etc, demuestran claramente que es el pueblo madrileño en pleno el que defiende con uñas y dientes su ciudad. Como dice la canción popular sobre el Quinto Regimiento, «Con Líster y el Campesino, con Galán y con Modesto, con el Comandante Carlos, no hay miliciano con miedo». Desgraciadamente también hay una parte de los madrileños dispuestos a pasar por encima de sus conciudadanos. El mismo Preston nos cuenta que las tropas del fascismo mundial tienen muy claro quienes son los de la «quinta columna» de Mola. Ustedes también lo imaginan, supongo. En efecto, Franco se cuida mucho de que no caiga ni una bomba en el barrio de Salamanca. Los señoritos no tienen nada que temer de los que vienen a guardar sus privilegios. No en vano casi todo el capitalismo español y mundial ha tomado partido por el fascismo, como hace siempre que se ve amenazado.

Cuando el 7 de noviembre Mola, Yagüe y Varela lanzan sus tropas al asalto por el sudoeste de la capital, pretendiendo entrar por la Casa de Campo y por el río Manzanares, observan con estupor que Madrid se defiende bien. Ningún miliciano da un paso atrás. Solo logran tomar el Cerro Garabitas. Los madrileños los retienen en la Casa de Campo durante varios días. Desde el principio se hacen famosos los lemas de ¡No pasarán! y Madrid será la tumba del fascismo.

Dos días después, el 9, Varela, aún sorprendido, admite que no podrá pasar por esa zona, y decide intentarlo por el barrio de Usera. Por segunda vez se lleva una terrible sorpresa: sus tropas marroquíes, tan diestras en el tiro en campo abierto, en terreno urbano resultan ser tremendamente vulnerables a las tácticas de los milicianos. De modo que los madrileños logran retener a la bestia tres días más, hasta el 12 de noviembre. Entretanto han llegado refuerzos: la 12ª brigada internacional y los aproximadamente 4000 voluntarios de Durruti.

Durruti entra en combate en la Ciudad Universitaria el día 15, y pese a un comienzo donde la inexperiencia de sus hombres le juega una mala pasada, su columna se rehace y logra retener a los atacantes. Desgraciadamente, Durruti muere en un extraño suceso cuando se dispara un arma dentro de su coche, pero consigue contenerlos. El general Miaja, jefe de la defensa, se presenta en la Plaza de España para animar a sus tropas, que están resistiendo el primer asedio moderno. Como les decía, Madrid es una vez más pionera de la historia. Así lo dicen historiadores como Hugh Thomas:

«Entretanto, Franco, tras haber comentado, según parece, ante unos periodistas portugueses que destruiría Madrid antes que dejárselo a los «marxistas», se lanzó al experimento de forzar la rendición de Madrid a base de bombardeos. A los oficiales alemanes de la nueva Legión Cóndor les interesaba ver la reacción de una población civil ante un intento cuidadosamente planeado de prender fuego a la ciudad barrio por barrio (…) Desde el 19 hasta el 22 de noviembre continuaron los bombardeos por los Savoia 80 y los Junker 52, especialmente de noche, y murieron unas 150 personas. Ninguna ciudad había sido tan puesta a prueba a lo largo de la historia, aunque el ataque no era más que un anticipo de lo que ocurriría al cabo de pocos años en Lodres, Hamburgo, Tokio y Leningrado, como profetizaban elocuentemente los comentaristas que se encontraban en Madrid ».

Pero Madrid resiste. Más allá incluso de lo que esperan los líderes militares. El 22 de noviembre, contra todos los pronósticos, el pueblo madrileño se convierte también en pionero al infligir su primera gran derrota al fascismo mundial. Para entonces las tropas sublevadas tienen que retirarse escaldadas. ¿Cómo de escaldadas? En palabras de Yagüe y Varela: «Estamos acabados. No podemos resistir de ninguna manera si los rojos deciden contraatacar». Como dice otro verso de la canción del Quinto Regimiento: «Suena la ametralladora y Franco se va a paseo».

Por desgracia los rojos, por diversos motivos, no contraatacaron. Madrid sufrió un asedio terrible de dos años y medio, pero resistió, sólo cayó al final por la miserable traición del coronel Casado. Luego padeció la terrible represión y cuarenta años de dictadura, más una fraudulenta «modélica transición» que garantizó a señoritos, oligarcas y capitalistas no tener que rendir cuentas por sus crímenes y su responsabilidad en la Guerra Civil y la represión posterior.

Ahora viene la conclusión y la lección sobre recordar u olvidar la historia que les prometí: mucha gente dirá que esto que rememoro pasó «hace mucho tiempo». Pues bien, no fue hace mucho tiempo. ¿Recuerdan que les dije que tuvieran presente la palabra «reciente» porque tendría importancia en este artículo? No ha pasado aún ni siquiera un siglo, la unidad básica de la historia. 85 años, en el conjunto de la historia, es prácticamente hace tres días. De hecho, aunque sean ancianos, todavía está viva gente que vivió esa época. Y sus consecuencias llegan hasta nuestros días: hoy es alcalde del Madrid que resistió heroicamente hace 85 años un «cercano y moderado» político de derechas. Cuenta con el apoyo de un partido, cuyo grupo municipal, dirigido por un abierto defensor de las malas bestias que nos atacaron, ha saboteado varias veces homenajes e iniciativas contra la violencia de género.

Esta corporación municipal, aunque de puertas para afuera habla de superar hechos dolorosos y otros eufemismos, es muy consciente de que es importante para que ellos puedan mantener sus puestos y posiciones que la gente olvide la historia. Pueden verlo en que han destrozado murales en recuerdo de las víctimas de la represión fascista, oficialmente porque «quieren levantar un monumento a la reconciliación». La tal reconciliación es que en la nueva placa junto a los represaliados ya en tiempos de paz, ni siquiera enemigos, se añaden los nombres de los fascistas que lucharon para que eso pudiera ocurrir. Han destrozado placas conmemorativas del presidente del gobierno durante la batalla de Madrid, Largo Caballero, incluso violando el derecho del autor a decidir lo que se hacía con su obra, como pueden ver aquí. Y quieren levantar una monumental estatua a la Legión, cuerpo con mucho peso en aquella prueba inédita en la historia de la que hablaba Hugh Thomas y el asedio posterior. No, no se engañen a sí mismos diciendo que la Legión ahora ha participado en misiones de paz y otros absurdos. El monumento remite claramente a la legión que asedió Madrid y la bombardeó. Aquí lo tienen.

¿Por qué? A lo mejor porque si la gente recuerda lo que hacían estas bestias en aquella época vería más claro que están aumentando los crímenes de odio desde que la nueva ultraderecha se ha hecho presente. O que recurren a los símbolos nacionales y la violencia para privatizar servicios públicos, con resultados nefastos para el madrileño de a pie. A lo mejor si recordáramos que Madrid fue la primera ciudad en plantar cara con éxito al fascismo mundial en su época más poderosa, hoy no tendríamos la ciudad llena de grupos ultraderechistas de todo el mundo, como el aquelarre conjunto de nicaragüenses, cubanos, venezolanos y bolivianos renegados que me encontré el día antes de escribir este artículo. A lo mejor si recordamos que la presidenta autonómica Ayuso fue «una falangista de rompe y rasga» según el periodista ultra Eduardo García Serrano, no estarían el Santander y el Corte Inglés vacunando y no hubiera podido hacer negocio dejando morir a miles de ancianos. A lo mejor si recordamos su reprensión a las mujeres encerrándolas con moros, no nos colaban hoy sus patrañas sobre los magrebíes que nos atienden en la frutería, a los que quieren colgar precisamente el ser integrantes de la mayoría de las ahora conocidas como manadas. Ojalá pronto los madrileños de hoy tengamos un Sexto Regimiento que nos proteja, pero entretanto, ¿ven la importancia de recordar nuestra historia?

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA EN ESTE ARTÍCULO:

-Jackson, Gabriel. La República Española y la guerra civil, Princeton university press, 1965.
-Preston, Paul. El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después. Ed. Debate, 2011.
-Preston, Paul. La guerra civil española. Ed. De Bolsillo, 2017.
-Thomas, Hugh. La guerra civil española. Ed. Ruedo Ibérico, 1961.

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