No existe la magia de la ONU

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Nuria González López, abogada.

México es uno de los países más violentos del mundo. El 40% de las ciudades más peligrosas del mundo son mexicanas y tiene 5 ciudades en el top ten de ciudades más violentas del mundo en el ranking de 2019. (fuente El Economista). Fácilmente, pueden imaginar que, en cuanto a la violencia contra las mujeres, las tasas se multiplican. México es uno de los países más feminicidas del mundo. Una asesinada cada 10 horas, por lo menos, ya que en esa ratio no se cuentan las desparecidas, que son miles cada día.

A la violencia feminicida le acompañan la violencia sexual, la institucional, la obstétrica, la policial, la judicial, la política y cualquier tipo de violencia contra mujeres y niñas que vuestra cabeza pueda llegar a imaginar. México, es un auténtico infierno en la tierra para las mujeres. Para todas, puesto que la violencia no entiende de clases, ni de estratos sociales, ni de nacionalidad. Cualquier mujer en México, sea de donde sea su pasaporte o lleve el dinero que lleve en el monedero, es susceptible de sufrir todo tipo de violencia salvaje, incluido el feminicidio, con bastante más probabilidad que en muchas otras partes del mundo. Y dentro de México, uno de los estados más violento y más peligroso para las mujeres es el Estado de México.

Para que sitúen, estamos hablando de un lugar que se extiende alrededor de la Ciudad de México, cuya dimensión es aproximadamente como la de la Comunidad Valenciana, pero donde habitan más de 16 millones de personas. Es un estado donde mayoritariamente vive la gente pobre que va y viene a diario de la Ciudad de México, para trabajar, estudiar o intentar sobrevivir de alguna manera.

Los barrios a las afueras de las enormes ciudades como Ecatepec, Toluca, Chalco o Chimalhuacán, están hechos de bloques de obra gris, sin fachadas, con calles sin asfaltar, sin iluminar, sin cloacas y sin seguridad, por supuesto.

Las mujeres desaparecen en el trayecto para ir a montarse en el autobús, las niñas cuando van al colegio, o son asesinadas en sus barrios por algún vecino y, como no en sus destartaladas casas.

El Estado de México está atravesado por el río de Los Remedios que, a su paso por las zonas más pobladas, se ha convertido en un canal de aguas negras donde se arrojan, además de todo tipo desperdicios y heces, los cadáveres de mujeres por docenas. No es una exageración. Cada vez que drenan un trocito del río aparecen los restos de cientos de mujeres asesinadas por feminicidas que actúan con total impunidad, bajo las narices de un sistema judicial corrupto y un estado fallido, con un presidente que menosprecia la violencia machista y no ha dejado de recortar los fondos públicos para luchar contra ella desde que llegó al poder. Andrés Manuel López Obrador, otro de esos líderes mesiánicos que se autoproclama de izquierda, pero que su proceder es igual de totalitario y neoliberal que el de todos sus predecesores.

Abro un paréntesis para aclarar que esta afirmación sobre el presidente mexicano la puedo hacer ahora porque escribo desde España. Si la hubiera hecho contra él o contra cualquier otro político desde suelo mexicano, me hubieran podido aplicar el art. 33 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, por el cual se establece que ningún extranjero puede opinar ni participar de la política del país, y me hubieran podido extraditar ipso facto. Y que nadie me mal interprete. México es un país maravilloso, al que amo profundamente, pero, lástima de la jauría de sátrapas que lo han gobernado toda la vida. Cierro paréntesis.

En un lugar así, se podría espera que organizaciones tan potentes como ONU Mujeres estuvieran siempre al pie del cañón, y falta de manos y dinero para acudir a tantos lugares como debe ser requerida su presencia y su ayuda. Así es. Lo que pasa en realidad es que ONU Mujeres no responde a tales reclamos. Al menos, no en México.

Tenemos tendencia a pensar que cuando aparece la ONU en algún lugar es como si apareciera una especie de ente mágico y que, en ese lugar, con esa aparición, ya están salvaguardadas la justicia y los derechos, incluso los de las mujeres. Nada más lejos de la realidad.

No existe la magia de la Organización de Naciones Unidas, o por lo menos, no hace su presencia si la foto de rigor no es lo suficientemente rentable.

Así nos pasó en México, de manera constante, cuando solicitamos ayuda reiteradamente para poder reabrir o dar seguimiento a casos de feminicidios en el Estado de México. Casos en los que las familias de las asesinadas no tenían absolutamente ningún recurso para acceder a una justicia.

Un día, en la Cámara de Diputados de México, junto a otras activistas y luchadoras por los derechos humanos de las mujeres (de las que se juegan el físico y sin necesidad de dar lecciones de moral por ello), tuve la oportunidad de encontrarme cara a cara con la directora de ONU Mujeres México. Yo y otra compañera nos acercamos a ella para solicitarle ayuda para que las madres de las asesinadas pudieran, al menos, pagarse el transporte, las fotocopias o la comida cuando acudían a los juzgados, donde se les niega la justicia una y otra vez. Yo incluso me acerqué más esperanzada puesto que la directora era española y pensé, estúpidamente, que entre paisanas habría más fácil entendimiento.

Nos despachó en treinta segundos y con una mirada de desprecio. Lo que tardó en decirnos que “esos casos no eran prioritarios para ONU Mujeres”.

A los treinta segundos siguientes nos quedó claro a mi compañera y amiga lo que sí era prioritario para ONU Mujeres México y su directora: salir en muchas fotos como haciendo que hacía algo por alguien, vivir con sueldo millonarios de 15.000 dólares al mes, piso, chófer y prebendas aparte, y trabajar en lujosísimas oficinas en el barrio más cool del país, sin mezclarse con las pobres mexicanas más allá del tiempo imprescindible para figurar.

Lo cuento así porque nadie me lo contó a mí. Más de una vez lo vi, lo sentí, lo percibí. En México, en Guatemala, en misma sede central de la ONU en Nueva York, el desprecio y el fraude que son esas grandes organizaciones que sólo justifican su existencia en el mantenimiento de una especie de aristocracia funcionarial mundial, capaz de vivir en la opulencia en mitad de la miseria de los y las necesitadas que, irónicamente, justifican su existencia como organización.

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