El respeto

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Eva Gutiérrez Olivares

A lo largo de la historia, las mujeres siempre hemos tenido que ganarnos el respeto. Si éramos reinas, si éramos las pioneras en algún campo -da igual en cuál- científico, deportivo, artístico, militar, político…, hemos tenido que ser excepcionales y excelentes para que por fin en los libros de Historia, en los periódicos que leían los señores en los clubes de caballeros donde no nos dejaban entrar, se pudiera leer la frase por la que se luchaba toda una vida: “se ganó el respeto” (de los hombres, por supuesto). Había que ganar un premio Nobel, o dos, o como Elizabeth Blackwell, ser la primera doctora en EEUU y, además, la mejor de su promoción. Porque al médico siempre se le ha respetado pero, si eras mujer, hasta tenías que fundar tu propia escuela de Medicina. Y seguimos escribiendo los obituarios de esas pioneras así, porque a los hombres les basta con llegar primero, pero nosotras tenemos que hacerlo con honores.

El patriarcado siempre nos ha querido tener en esos sitios donde no se nos ve, y cuando a nosotras no nos dio la gana de seguir en la sombra -porque queríamos “hacer cosas de hombres”-, para ganarnos el respeto no bastaba, ni basta, con hacerlo igual de bien. Se diría que lo teníamos que conquistar por meternos en otros menesteres que no eran los nuestros. Y resulta que no es así. Hasta para hacer lo que nos “corresponde” según el patriarcado, también tenemos que dar el callo, porque el título de “buena madre” se puede perder en cualquier momento, mientras que el padre solo necesita estar ahí para ser respetado como tal. No necesita hacer nada más. Con no meter demasiado la pata es suficiente.

Tanto en la esfera profesional como en la privada, a los hombres se les presupone el debido respeto. Las mujeres tenemos que hacernos respetar. Tapándonos. Vistiendo decentemente. Cumpliendo todas las normas. Hablando bajito. No podemos perder los papeles. Juntarnos con buenas compañías. No ir a ciertos sitios. Callando.

¿Funciona esto? No. Por mucho que intentamos hacernos respetar, siguen sin hacerlo.

Hace unos días fue el 25N. ¿Qué pedimos ese día? Respeto. A nuestra integridad física, a nuestro derecho a decir no, a las decisiones sobre nuestro cuerpo, a nuestros espacios, a la vida… A que nos escuchen.

¿Tienen que pedir ese respeto los hombres? A nosotras no.

Pero resulta que sí hay un grupo que no suele tener ese privilegio, que ha sido humillado, y que hemos sido las feministas, las mujeres, las que lo hemos acogido. Les hemos ayudado, les hemos dejado entrar en nuestros espacios, como “una más” en muchos ámbitos.

Y en los últimos tiempos, muy últimos, hay un grupo en concreto que reclama ser el más oprimido, que reclama para sí todas las discriminaciones posibles, las que sufren los hombres y las mujeres, y exige respeto. Pero, sobre todo, exigen no ser ofendido. Porque, claro, que nosotras llevemos años y años, décadas, luchando para no ser llamadas locas por decidir por nuestra cuenta, ni golfas por estar con quien queramos, ni intrusas por desempeñar un oficio o una profesión, ni marimachos por hacer deporte o ponernos pantalones… Cada vez que nos hemos salido un milímetro del guion impuesto, nos han insultado, ofendido, encarcelado, lapidado, violado, ejecutado, mutilado…

A nosotras nos pueden seguir ofendiendo, estamos acostumbradas.

Y nos cambian los nombres en lo cotidiano, porque ya no somos mujeres embarazadas, somos personas gestantes, vulvoportantes, personas menstruantes, porque podemos ofender a ese colectivo tan oprimido, que es tan “oprimido” que pesa más y puede decir lo que quiera y censura más que nadie. Porque el respeto que nosotras merecemos nos lo han vuelto a quitar. Siglos de lucha para demostrar una verdad material: que las mujeres somos personas. Siglos de lucha reclamando una obviedad que para nosotras es revolucionaria. Y ahora ya no podemos nombrar a la mujer, por respeto a hombres que se sienten mujeres.

Y si en el grupo de lactancia de Facebook hay una mujer trans y te empiezan a llamar “persona gestante” y tú, que has parido, que has amamantado a tu bebé o aún lo estás haciendo, exiges respeto y que se diga “mujer embarazada”, a la que van a acabar echando de ese grupo es a ti. Anécdota real. Y tú te quedas alucinada porque, por respeto, no dijiste nada por el hecho de que alguien que no puede amamantar estuviera en ese grupo, ni preguntaste los motivos por no incomodar a nadie. Y ya tienes la etiqueta de intolerante puesta.

Porque el respeto que nosotras reclamamos, que creemos merecer, que nos estamos trabajando todos los días, tanto en los ámbitos que nos reserva el patriarcado como en los que nos niega, desaparece en cuanto lo reclama un hombre. Y entonces ya no respetan ni nuestra voz ni nuestros nombres.

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