Un País prostituído

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Lidia Falcón

La amenaza se va a cumplir. Lo que durante dos décadas ha constituido una amenaza se va a convertir en cuerpo de ley. Ya se ha anunciado en las últimas semanas considerando la prostitución un trabajo que requiere la protección de los poderes públicos. Lo
más triste es que desde la supuesta “izquierda” se apoye semejante perversión.

Acomete el desánimo al comprobar que después de tanto como hemos luchado para que se dignificara a las mujeres, al comenzar el siglo XXI, se va a consolidar la explotación femenina más grave, retrotrayéndonos a los tiempos medievales. La prostitución es una explotación fundamentalmente femenina -incluidas las niñas-. Los hombres, muchachos y niños que se están utilizando actualmente en este comercio, son, afortunadamente, un número mucho más pequeño, y fundamentalmente homosexual. Porque la prostitución es una explotación sexual inventada, organizada y disfrutada por hombres, según las normas del patriarcado. Por eso es tan antigua. Por eso el modelo actual sigue siendo mujer prostituida, hombre prostituidor. Y por eso, porque son los que detentan el poder y el dinero, son los hombres los que pagan y las mujeres las que se prostituyen para vivir.

Esta actividad no puede ser considerada un trabajo, porque carece del respeto y la dignidad que se merece el trabajo. La prostitución no es un oficio, ni un empleo, ni una tarea. La prostitución es una explotación, la más grave de todas porque afecta a lo más íntimo del ser humano que es la sexualidad. Reduce a las mujeres a la categoría de objetos sexuales para disfrute de los hombres. De hombres que disfrutan con tal clase de dominio.

Pero situémonos, ante la perspectiva de legalizarla, como si se tratara de cualquier otro trabajo. Se estipularán en el contrato de trabajo las horas que deberán dedicar las “empleadas” a soportar relaciones sexuales -no precisamente escogidas por ellas- el número de hombres que tendrán que recibir cada día, las remuneraciones que percibirán contadas por horas, por la cantidad de clientes o por la diversidad de actividades sexuales. Así, es de suponer que la que deba satisfacer a 20 hombres ganará menos que la que lo haga con 40 y más que la que atienda a 10.

Acaso se estipulará que las que se sometan a un coito anal cobrarán más que por uno vaginal. Quizá el bucal será más barato, y me despierta la curiosidad conocer a cuánto se cotizará el sadomasoquismo. Finalmente, ¿a qué precio se señalará cada “servicio normal” en las casas de lenocinio “normales”? ¿Cuál será la escala de salarios que se le aplicará? ¿La más baja correspondiente a la de la mujer de limpieza, dada la innecesariedad de cualificación profesional? O se tallará y pesará a las mujeres como al ganado, o se las escogerá en concurso público, una variante del antiguo mercado de esclavas, según la edad y las características físicas. También debemos precisar si las mujeres prostituidas dispondrán de los servicios generales de los demás trabajadores. Así, en el momento en que se encuentren en paro podrán ir al INEM a solicitar un empleo en un burdel y el INEM deberá tener una bolsa de trabajo entre las ofertas que se puedan plantear. Cabe la posibilidad de que a cualquier mujer que se encuentre en el paro se le ofrezca el “empleo” en un prostíbulo. Y si rechaza semejante oferta se la podrá eliminar de las listas y los beneficios de la seguridad social.

Y, ¿tendremos que instalar centros de enseñanza de tal actividad y las niñas cuando terminen la enseñanza primaria, a los 14 o 15 años, podrán ir allí aprender las mejores formas de satisfacer la sexualidad de los hombres que las paguen? Siempre que se sea más experta se podrá ganar más dinero. No se sorprendan. En la moderna Barcelona se ha instalado hace más de seis años una escuela de prostitución que está financiada por el Ayuntamiento, para entrenar a las neófitas, ahora que en tiempo de crisis no se encuentra otro “trabajo”.

Se afirma también que las mujeres “contratan” con total libertad. Lo cierto es que todas las prostitutas son víctimas de violencia, violaciones, maltrato psíquico, desprecios y
humillaciones. Ninguna de las mujeres que se encuentran sometidas a esa explotación sexual la han escogido voluntaria y libremente como se pretende, ni se encuentran satisfechas con semejante esclavitud. Todas son utilizadas por uno o varios chulos, todas son expoliadas por el proxeneta y todas son maltratadas por los clientes y por los macarras.

Hablamos de la libertad del pobre. El 99% de las prostitutas, como nos enseñan todas las estadísticas mundiales, son pobres. Nadie puede imaginarse que se sea prostituta por vocación, ni por afición. ¿Qué libertad es la que poseen mujeres que no tienen qué comer, que no pueden alimentar a los hijos o, que han sido ya violadas por los hombres de su entorno desde la infancia o desde la pubertad, o que son maltratadas y apaleadas por el padre, novio, marido, amante, que tantas veces son los chulos que las explotan? Han sido vejadas en su dignidad de persona y no se consideran por tanto iguales a las otras más afortunadas. Y nuestra sociedad, cuando legalice la prostitución, seguirá sin considerarlas dignas de compararse con las mujeres decentes.

El estigma, de que tanto hablan los legalistas, es el que les imponen éstos a las mujeres que consideran buenas para ser prostituidas. Porque ninguno de los padres ni maridos ni
hermanos ni hijos de buena familia desea que sus hijas, su esposa, su hermana o su madre se dedique a la prostitución. Como tampoco ninguna de las mujeres que se consideran decentes tiene semejante horizonte entre sus expectativas. Todos ellos y todas ellas, se consideran a sí mismas diferentes a las “otras”, aquellas que sí pueden, y a lo mejor deben, dedicarse a la prostitución.

La violencia y el machismo están presentes en todos los aspectos de la vida de las mujeres prostituidas. Si un sector de hombres maltrata habitualmente a su compañera de vida y varias decenas las asesinan cada año, ¿qué trato pueden esperar las prostitutas?

Esa es la tan cacareada libertad de las mujeres prostituidas.

La legalización no resolverá ninguno de estos problemas. La campaña de la legalización ha sido promovida por las mafias de la prostitución. Esas mafias lo que pretenden es que las legislaciones de los países desarrollados, en los otros son ellos los que imponen las leyes, no les persigan. No enfrentar más el riesgo de que algunos de sus esbirros sean encausados y a veces encarcelados, y ahorrarse el dinero que ahora les suponen las mordidas y los sobornos. No crean que los impuestos les saldrán más caros porque ahora pagan los mismos por hoteles, clubs, cafeterías, pubs, etc. Lo que pretenden los proxenetas es la total impunidad. Ni denuncias, ni investigaciones, ni molestias de los vecinos ni admoniciones moralistas de las feministas. Traficar con mujeres -tantas menores de edad-, esclavizarlas en los puticlubs, ganar mil por uno, apalearlas si se resisten, y seguir siendo tratados como honrados empresarios de “alterne”.

España se está convirtiendo en un parque temático sexual europeo, con el tráfico de 500.000 esclavas sexuales que entran cada día en la Unión Europea a través de nuestro país. Cuando nuestros gobernantes no se plantean acabar con esa repugnante explotación sino legalizarla, se están haciendo cómplices de ese tráfico.

¿Y ese es el país que queremos?

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