Nagoro Karabaj: El pueblo pierde

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Samuel Fernández, analista y miembro del programa de debate El Naranjero.

Octubre de 2018. Llevábamos una semana recorriendo Armenia cuando decidimos viajar a Nagorno Karabaj. Así que contratamos un guía y metimos en la furgoneta los bártulos para pasar un par de días. Salimos de Ereván y después de más de diez horas llegamos de noche a un hostal en Stepanakert, la capital. Aún en la oscuridad, me resultó imposible no pensar en lo mucho que se parecía a Asturias.

A la mañana siguiente, después de desayunar un delicioso jachapuri po adjarski (una especie de pizza de la zona) con tahn (una bebida armenia a base de yogur, agua y sal), lo primero que hacemos es pasar a que me sellen el pasaporte (todos los que vienen conmigo son armenios, así que no necesitan hacerlo). Cuando Norik, nuestro guía, le dice al funcionario que quiero que me ponga el sello en el pasaporte y no en una hoja aparte; el tipo, de casi dos metros, se levanta solemnemente y me estrecha la mano con una mirada de sincero agradecimiento. ¿Fue aquello una forma de tomar partido en un conflicto que ni por asomo llegaba a entender en toda su dimensión en ese momento? Espero que no, porque yo intentaba permanecer neutral en ese conflicto, aunque la neutralidad es algo imposible por mucho que se pretenda. Si lo es para mí, que no me toca de forma directa, no me imagino lo difícil que será para dos pueblos que están siendo carne de cañón para satisfacer los intereses de potencias extranjeras.

Vaya por delante algo incontestable: lo que ocurre en Nagorno Karabaj, o Artsaj para los armenios, no es más que el resultado de la derrota de la Unión Soviética en la Guerra Fría. Nadie puede imaginarse este escenario con una URSS en su apogeo. Después se pueden debatir las razones de que el conflicto haya resurgido en cuanto cayó el socialismo (en realidad en 1988, con un estado soviético en descomposición), pero la relación directa entre los mejores años de vida para ambos pueblos y la URSS es algo que no deberían perder de vista. Ni los azeríes, ni los armenios ni nosotros.

Los armenios, en especial, no deberían olvidar cómo sus propios dirigentes les hurtaron la posibilidad de votar en el referéndum de 1991 sobre la permanencia en la URSS. De aquellas aguas estos lodos. 

Los armenios invocan como un mantra el Tratado de Kars (donde la recién formada Unión Soviética tuvo que realizar un intercambio de territorios con Turquía y entre las naciones transcaucásicas), sin tener en cuenta las circunstancias que dieron lugar a ese tratado, y olvidando que fue gracias a ese tratado que pudieron mantener el territorio que conforma Armenia hoy en día. El gobierno de Azerbaiyán contesta remontándose a los movimientos de los imperios ruso y persa, los cuales expulsaron a la población azerí de la zona. Y así en un bucle hasta llegar a los tiempos del Imperio Armenio si fuera menester, ambos bandos esgrimen sus razones históricas para reclamar esa tierra, y ambos usan la historia a su antojo para justificar su postura, en lugar de usarla para entender.

¿Entender qué? Pues precisamente entender que este conflicto solamente tiene una solución, y es centrarse en la fase de la historia más reciente donde pudieron trabajar todos unidos. Donde a pesar de las tensiones, que siempre existen cuando hablamos de dos regiones tan cercanas en el mapa y tan diferentes en sus concepciones históricas y religiosas, pudieron convivir en una relativa paz.

La intervención de Turquía en el conflicto es evidente, por mucho que el embajador de Azerbaiyán en España, Anar Maharramov, lo niegue en sus entrevistas. Y la participación de mercenarios sirios de la división “Sultan Murad”, libios y uigures, que han cometido auténticas barbaridades entre la población armenia, a tenor de los documentos y vídeos que se están difundiendo, parece también innegable. Como lo es que Ganja, la segunda ciudad más importante de Azerbaiyán, fue bombardeada por fuerzas armenias, causando varios muertos y heridos entre la población civil. Además, el gobierno de Azerbaiyán dice haber abatido mercenarios sirios participando a favor de Armenia y acusan al gobierno armenio de haber empezado las hostilidades. Algo que el gobierno armenio niega totalmente. En este sentido, ninguna novedad con respecto a cualquier otro conflicto. Ya sabemos que la primera víctima de una guerra es la verdad. Y la segunda son siempre los pueblos.

Por supuesto, pensar que este conflicto no está alimentado artificialmente por las potencias occidentales para desestabilizar a Rusia, intentando crear otro Afganistán, sería de una tremenda ingenuidad. Esa es la razón principal de que Putin esté siendo tan cauto. Es cierto que también hay otros factores, como las resoluciones  822, 853, 874 y 853 del Consejo de Seguridad de la ONU. Los movimientos del nuevo gobierno armenio, saboteando los tratados para la devolución de los cinco distritos del Bajo Karabaj y el nombramiento como Ministro de Defensa de David Tonoián, tampoco fueron vistos con muy buenos ojos en el Kremlin. Pero la razón principal es no caer en una trampa y acabar empantanado en un conflicto que bajo el paradigma capitalista no tiene ninguna solución.

De todas formas, basta escuchar los debates que se están produciendo en las televisiones rusas para ver que la intervención de Rusia, más o menos directa, para poner orden, si Turquía sigue en sus trece de azuzar el conflicto, es cuestión de tiempo.

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