Se nos acaba el tiempo en Madrid

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Cuando escribo este artículo, han pasado casi veinticuatro horas desde que el gobierno autonómico de mi región que, no lo olvidemos, condensa el 40% de los nuevos contagios que se están produciendo en España en esta segunda ola de la pandemia, por fin ha aparecido para anunciar un paquete de medidas. Si es que esto que nos han puesto delante puede llamarse así. Porque en una síntesis rápida se podría resumir de esta manera: «apáñenselas como puedan, y ustedes, residentes de barrios de zonas con rentas más bajas, hagan el cochino favor de no molestar en La Moraleja, Núñez de Balboa, etc». Solo así puede interpretarse que buena parte de la Milla de oro de Madrid, con una incidencia del virus de 681 casos por cada cien mil habitantes escapen al cierre, mientras en varios municipios, singularmente en el sur de la Comunidad, han quedado confinadas zonas con 611. Solo así puede interpretarse que calles como Goya estén libres de restricciones, mientras otras fronterizas, como Daroca, de la que esencialmente les diferencia el nivel de renta, estén cerradas. También coinciden las zonas confinadas en buena medida con las zonas de voto de izquierdas en las últimas elecciones, como demuestran varios mapas muy contundentes.

Pero no es solo la geografía el elemento de la discordia. También es interesante pararse a ver qué se limita en concreto en este confinamiento selectivo: Los vecinos de estas zonas podrán bajar a la calle siempre y cuando no salgan de su zona, salvo si es para ir al trabajo o al estudio. Es decir, para que gente de zonas como La Moraleja, donde se sitúa por cierto, el domicilio del vicepresidente Ignacio Aguado y parte de su familia, puedan seguir ejerciendo sus actividades sin que les falte mano de obra. Creo que no hay que ser una lumbrera epidemiológica para saber que el virus no va a preguntar el motivo de los desplazamientos.

Mapa de las zonas confinadas (sombreadas en amarillo) sobre el mapa electoral de Madrid, en el cuál ya conocen ustedes los colores de cada partido.

Además, en las zonas afectadas, los parques han quedado cerrados, y sin embargo locales tan recomendables como las casas de apuestas siguen abiertos. En las reuniones privadas no podrán reunirse más de seis personas. Sobre esta restricción cabe preguntarse cómo pretenden controlar la gente que yo meta en mi casa. ¿Piensan meter cámaras y micrófonos en nuestros domicilios?

Como era de esperar la contestación en las redes sociales fue inmediata, y me agrada decir que ayer mismo estuve presente en una manifestación en la Puerta del Sol de las asociaciones de vecinos de los barrios confinados.

Ni que decir tiene que apoyo su movilización, pero déjenme decirles algo: llegan tarde. A lo largo de todo este verano hemos tenido ocasiones más que de sobra para que Ayuso no hubiera llegado hasta este extremo y para no estar en el mapa de las zonas más catastróficas de la pandemia.

Primero cuando salió a la luz la «operación bicho». ¿Alguien se acuerda de esta monstruosidad? Porque no hace ni tres meses que supimos que la presidenta a lo que se había dedicado con las residencias era a privatizar la atención a los mayores, que la había dejado en manos de la hija del gran ideólogo del expolio del sector privado a la sanidad madrileña. Como no podía ser de otra manera, esta hija de semejante gurú era directora general de una entidad sanitaria privada, y se jactaba de haber hecho negocio en la tragedia, con órdenes a las ambulancias que dirigía de evitar todo lo que pudieran los traslados hospitalarios, entre otras cosas.

Segundo, todo el cachondeo que hemos sufrido con respecto a los rastreadores para la pandemia: empezó por intentar que los alumnos de carreras sanitarias le hicieran esta tarea gratis, luego prometió 400 rastreadores cuando según varios cálculos eran necesarios 1210, y finalmente al llegar septiembre solo había justamente 210, el pico sobre los mil primeros que hubiéramos necesitado. El servicio, lógicamente, se ha caído.

Tercero, han sido ocasiones para montar un buen pollo todo lo que íbamos sabiendo sobre la vuelta al cole en la comunidad de Madrid: que se contemplaba como un escenario posible que el virus hubiera desaparecido como por arte de magia, que no se había tomado ninguna medida para garantizar el distanciamiento social, que se habían vendido datos de profesionales de la educación a empresas privadas, que se había convocado sin tiempo a dichos profesionales a un estudio serológico en condiciones caóticas que según todo el que sabe algo de virus era inútil, etc.

Cuarto, el dinero que le cedieron para arreglar el desaguisado de la falta de personal y medios se lo ha gastado a bombo y platillo en favores a constructoras como ese fantasmal hospital de pandemias que ha prometido construir, o sectores muy necesarios, como el taurino.

Finalmente, en lo que parecía una burla a la ciudadanía, pretendió defenderse mostrando su concienzudo plan: unos garabatos en una servilleta.

Los concienzudos apuntes en una servilleta que Ayuso cedió a El Mundo para su publicación.

A la vista de esta trayectoria, yo no sé con qué base podía esperarse que sus medidas no fueran una bofetada a los más necesitados y favores a los empresarios y esos «creadores de riqueza y empleo» que tanto pregonan y publicitan siempre los defensores de la economía neoliberal desde que Pinochet les dio carta de naturaleza.

Sin embargo, parece que la propaganda neoliberal (perdón, pinochetista, que es el verdadero nombre que habría que dar a esa teoría) también ha hecho su efecto de cara a inhibir las protestas. No puede ser casualidad que tras años de propaganda de salvaje individualismo haya ocurrido lo que hemos visto a lo largo del verano: protestaban maestros, sanitarios… Varios colectivos por separado, de forma individualizada, sin nadie que los coordine. Y ahora aún sólo han salido de la cueva los vecinos de los barrios afectados. Mención especial merece el silencio de los que deberían ser la oposición con dos excepciones: Sol Sánchez uno de los rostros más reconocibles de Izquierda Unida en nuestra región en lo económico, y Mónica García, diputada de Más Madrid y sanitaria, en este aspecto.

Ustedes verán. Cuanto antes les paren los pies a los pinochetistas que gobiernan la comunidad, más fácil será recuperar lo nuestro. De hecho, al pinochetismo, aparte del ultraliberalismo económico, lo caracteriza otro elemento: la represión brutal de cualquier intento de oposición. Evidentemente Ayuso aún no cuenta con medios para hacer desaparecer gente, pero ya ha anunciado medidas muy claras destinadas a reforzar la presencia de los cuerpos de seguridad y a ganarse el favor de policías, guardia civiles, etc, como poner los menús de sus hijos a tres euros en los colegios. Los partidos que sustentan el gobierno madrileño no paran de hacer guiños a las fuerzas de orden ⸺y sí, el gobierno central ha prometido a Ayuso tantos efectivos policiales como necesite para llevar a cabo sus garabatos de la servilleta. También habrá que recordárselo a ciertos partidos de izquierdas cuando se pregunten por qué su electorado los abandona⸺. Por último, Pablo Casado, jefe nacional del partido de la presidenta autonómica, ha dicho más de una vez que le parece un magnífico modelo de lo que le gustaría hacer a nivel nacional. No piensen que Abascal y sus acólitos son los únicos representantes en nuestro país a la derecha pinochetista.

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