Sobre reclusiones

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Vito Martínez

La Gran Reclusión. Este es el nombre elegido por el FMI para caracterizar la que probablemente sea la mayor crisis económica de los últimos cien años. Dejando de lado diversas consideraciones sobre la idoneidad del nombre, parece claro que este término -y sus sinónimos- se ha popularizado enormemente a partir de las medidas tomadas por la mayoría de los gobiernos del mundo ante la pandemia global. Encierro. Confinamiento. Cuarentena. Aislamiento.

A medida que se extienden los efectos de la suspensión del contacto físico, otras “suspensiones” están teniendo lugar. Uno de los síntomas sociales más alarmantes de la crisis del coronavirus es el bloqueo total del pensamiento crítico: el aislamiento social ha traído como consecuencia el resurgimiento de diversas teorías de la conspiración, que aluden a la implantación del 5G o a otros enrevesados escenarios geopolíticos como causa de la expansión del virus. Además, hemos podido ver cómo nuestros vecinos, compañeros de trabajo o incluso familiares, entregados al pánico general, se convertían en policías de balcón y acusaban -y en algunos casos agredían- a cualquiera que a su juicio infringiese el estado de alerta.

Esta situación se extiende a aquellos a los que se les podría presuponer una mayor capacidad de análisis. En la recopilación de artículos críticos realizada por el editor argentino Pablo Amadeo, en la que aparecen nombres como Byung-Chul Han, Franco Berardi o Giorgio Agamben, se observa la misma disparidad de planteamientos y asombro generalizado que podría darse en cualquier patio de vecinos: desde los que apuestan por una salida revolucionaria de la crisis hasta los que creen que las medidas del estado de alerta perderán su excepcionalidad y pasarán a ser habituales, pasando por los que defienden posturas abiertamente negacionistas.

A nivel político, la improvisación del gobierno, aunque común a la mayoría de los gobiernos europeos, da alas a las irresponsables acusaciones de negligencia que formula la ultraderecha. Las medidas tomadas hasta ahora tienen la marca socioliberal, pues todas ellas (ERTE, ayudas sociales, medidas acerca del alquiler, etc.) tienen una letra pequeña que protege a los grandes empresarios españoles y desprotegen a la clase trabajadora española. En resumen, la ausencia de referentes ideológicos, culturales y políticos claros no hace sino aumentar la desorientación general: reducidos a defender -cuando podemos y queremos- las medidas del gobierno, la izquierda en España está actualmente acorralada, atemorizada y a la defensiva, dejando pasar oportunidades de oro respecto a la República, la Unión Europea o la soberanía productiva. A nosotros, y solo a nosotros, nos corresponde salir de este letargo ideológico y ofrecer a la clase
trabajadora una alternativa creíble cuando comience la mayor crisis económica de nuestra historia reciente.

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