Transcripción del documental Khamenei’s last move (Jedaal English, 19 de septiembre de 2026) realizada por Édisson @Edisson_hilos @Edisson_hilos
28 de febrero de 2026. El ejército más poderoso del mundo acaba de matar a un hombre. Lo celebran a rabiar. ¿Pero entienden ellos lo que acaba de pasar? Acaban de perder el juego. ¿Absurdo?
Parte 1 de 3
Cuando el ayatolá Jomeini murió en 1989, la República Islámica nunca había reemplazado a un líder supremo. La transición tomó menos de un día. Fue elegido Seyyed Ali Jamenei. Tenía 50 años y llevaba ocho como presidente, durante la guerra con Irak. Durante su presidencia, un atentado le había dejado la mano derecha permanentemente paralizada. Llegó al cargo sin el carisma, la autoridad ni la talla religiosa de su predecesor.
Durante las dos primeras décadas de su mandato, el hombre más poderoso del país era otro. Ese otro era el clérigo que le había entregado el título: Akbar Hashemi Rafsanyaní, presidente del Parlamento durante la guerra, arquitecto de la reconstrucción de posguerra y primer presidente de la Segunda República de Irán. Rafsanyaní había tenido un papel decisivo en la elección de Jamenei. Esperaba moldear el Irán de posguerra, con Jamenei en un papel más simbólico.
Ambos hombres habían vivido la misma guerra, pero sacaron conclusiones distintas. Rafsanyaní veía un país que necesitaba reconstruirse, desarrollarse, atraer inversión y ocupar un lugar en la economía global. Jamenei veía otra cosa. Jamenei veía un país invadido por un vecino respaldado por buena parte del mundo. Había aprendido lo que la guerra le hacía a un país. No en los libros, sino en el cuerpo. Las costosas armas del Sha no habían asegurado las fronteras de Irán cuando empezó la guerra. Ni siquiera se podían mantener una vez que dejaron de llegar los repuestos. De la guerra sacó una lección que definiría los siguientes 36 años: Irán tendría que sostenerse por sí mismo. Lo que construyó en las tres décadas siguientes fue una doctrina. La doctrina era seguridad regional, autosuficiencia y resistencia. Seguridad antes que prosperidad, antes que reformas, antes que reputación. Así que siguió construyendo, lenta y pacientemente. Bajo sanciones, bajo sabotaje, bajo el asedio económico más largo que haya vivido un país moderno. Construyó un programa de misiles y drones armado con piezas obtenidas por ingeniería inversa. Una red de socios regionales que extendía el alcance de Irán sin extender sus fronteras. Y un programa nuclear mantenido, por diseño deliberado, en el umbral.
Mientras tanto, Rafsanyaní construía otra cosa. Pasó los años noventa privatizando las industrias del país y poniéndolas en manos de sus aliados. Fundó una clase política y económica que aún no tenía nombre, pero que ya tenía una visión del mundo. El país necesitaba desarrollo. Para desarrollarse, necesitaba hacer negocios con el mundo, y para hacer negocios con el mundo, necesitaba suavizar sus aristas revolucionarias.
Rafsanyaní se convirtió en el adversario político más poderoso de Jamenei. A Jamenei le tomó casi todo su mandato superarlo. Pero para cuando por fin lo hizo, la visión de Rafsanyaní ya había superado al propio hombre y tenía alumnos. Jamenei creía que la seguridad iba primero. Sus rivales creían que iba primero la prosperidad. Los llamaban reformistas, pragmáticos, moderados. Pero el nombre que mejor se difundió fue el que usaban sus críticos: los liberales.
Eran los diplomáticos formados en los años posteriores a la caída de la Unión Soviética, cuando el poder estadounidense parecía permanente y la globalización parecía inevitable. Hablaban el lenguaje de las negociaciones y los mercados. El lenguaje que muchos iraníes querían oír. Su argumento era simple. El problema de Irán no era Estados Unidos. Su problema eran las decisiones tomadas en Teherán. Y si esas decisiones cambiaban, las sanciones se irían disipando, volvería la inversión e Irán por fin podría convertirse en un país normal.
Con el tiempo, la división política desbordó las instituciones y entró en la vida cotidiana. La política exterior se volvió una cuestión personal. La seguridad nacional se volvió una cuestión de supervivencia económica. En 2009, la rivalidad entró en una nueva fase. Tras la disputada reelección de Ahmadineyad, ampliamente visto como el candidato de Jamenei, los liberales llevaron su batalla política a las calles. Su base social, la clase media urbana, llenó la capital. Su visión del mundo podía oírse en una sola consigna. “Ni Gaza ni Líbano: mi vida por Irán.” Era más que un eslogan. Rechazaba el supuesto central de la doctrina de Jamenei: que la seguridad de Irán comenzaba más allá de sus propias fronteras.
A medida que el país se dividía cada vez más, la lucha política se convirtió en un desafío directo al propio Jamenei. Para muchos de sus opositores, ya no era simplemente el líder supremo. Se había convertido en el dictador. Pero Jamenei veía un mundo distinto. Por dentro, la república se fracturaba. Por fuera, Irán estaba siendo rodeado. Dos de sus vecinos estaban ocupados por ejércitos estadounidenses. (Afganistán en 2001 e Irak en 2003). Las bases de EE. UU. se extendían por toda la región. Wesley Clark, excomandante de la OTAN: “Me llegó esto de arriba, de la oficina del Secretario de Defensa, hoy, y dijo: este es un memorando que describe cómo vamos a derrocar a siete países en cinco años empezando por Irak, luego Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán, y terminando con Irán.” Para Jamenei, no eran hechos aislados. Estados Unidos acabaría viniendo por Irán.
Durante décadas, Irán vivió al borde de la confrontación: empujando los límites y retrocediendo cuando debía. A través de crisis y momentos críticos, evitó que llegara la guerra. La paciencia estratégica no consistía en impedir la guerra. Consistía en asegurarse de que llegara en los términos de Irán.
Las sanciones habían comenzado por el programa nuclear y nunca cesaron. Ronda tras ronda se endurecían, y los liberales tenían una explicación y una solución. La explicación era simple. Ali Jamenei y su doctrina habían traído las sanciones sobre el país. La solución era ellos mismos. Los hombres capaces de ir a Washington y traer alivio a casa. Durante años, ese fue el argumento que le vendieron al país. El costo de la resistencia era una elección. Según ellos, otra Irán era posible. Hassan Rouhani, presidente de Irán (2013-2021): “Pueblo estadounidense, les traigo paz y amistad de parte de los iraníes a Estados Unidos.” Jamenei se mantuvo escéptico, pero dejó que las negociaciones siguieran su curso: “Negociar sobre temas concretos es aceptable. Pero ya he dicho que no confío en ellos. Aun así, si quieren negociar, que lo hagan.”
Tras años de conversaciones, Irán y las principales potencias del mundo firmaron el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC). En inglés: Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA). Barack Obama: “La comunidad internacional podrá verificar que la República Islámica de Irán no desarrollará un arma nuclear. Recibirá alivio de las sanciones que impusimos por causa del programa nuclear de Irán.” La Prensa Occidental: “Una nación asfixiada por años de sanciones internacionales, debería ahora ser libre de prosperar gracias a este acuerdo.” Para los liberales, era el momento en que su argumento parecía por fin demostrado: “Los iraníes ya pueden ver la luz al final del túnel.”
Pero entonces llegó Donald Trump.
Fuentes: Canal de Youtube Jedaal English; Transcripción








