Revolución en las aulas

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Reis A. Peláez, presidenta de la AT Noroeste del PFAC

Este verano decidí, aunque soy atea practicante, como dice un buen amigo, por mi edad, mi corazón, mi colesterol y, sobre todo, porque a mis cincuenta casi todos estoy aprendiendo a quererme, priorizarme…, hacer andando las últimas etapas del Camino de Santiago.  No sé si mi corazón o mi colesterol lo habrán agradecido, pero estoy segura de que mi cerebro ha funcionado mejor que nunca. Desde el mismo momento que entré en esa especie de feria del pseudo turismo saludable, recordé aquella campaña feroz del gobierno de Fraga en 1993, año en que la UNESCO declaró el Camino de Santiago patrimonio de la humanidad, que colocó Galicia al nivel de la Barcelona recientemente olímpica por aquel entonces en el mapa de destinos deseables para el turismo internacional. En los últimos estertores de la economía industrial del Noroeste español, el circo de convertir lo poco que quedaba de la España del destape y la vergüenza en otro parque de atracciones más para la burguesía geopolítica del nuevo capitalismo neoliberal  entró como una ciclogénesis a devastar los escasos restos de la economía de aquel Capitalismo más amable que temía al bloque soviético y se esforzaba por mantener ciertos derechos de la clase trabajadora e incluso de las mujeres.

Lo que estaba ocurriendo entonces y se alargó durante toda la década era el cambio necesario para pertenecer al nuevo orden mundial que nos vendieron desde la Unión Europea y se firmó en el tratado de Maastricht contra el que tanto nos advirtió el bien añorado Julio Anguita. España dejaba de ser productiva para empezar a ser explotada. La desindustrialización pertinaz iniciada en la década de los setenta y coronada en los noventa era la roturación de la España vendida como un erial seguro (seguimos siendo uno de los países turísticos con menores índices de criminalidad contra los hombres del mundo) para el turismo internacional. De la mano de esta venta sin precedentes en aquella década se fraguó la reforma integral de la violencia sexual legal contra las mujeres, más conocida con el eufemismo de prostitución.

Y, cómo no, de manera paralela, el sistema educativo debía dar respuesta a esta “Nueva España”. En octubre de 1990 se introdujo la primera gran reforma educativa, aunque más que reforma habría que llamarla derrocamiento, porque cambió todo el sistema educativo de raíz. Aparentemente cargada de buenas intenciones, liquidó la Ley General de 1970, avanzadísima para su época y cuyo éxito es hoy innegable, de apenas dos décadas de vida. Al innegable avance de elevar a los 16 años la obligatoriedad de la escolarización se unieron los desastres de, de un lado, cargarse una Formación Profesional que era la envidia de Europa y se ocupaba de generar personas trabajadora cualificadas difíciles de manipular y explotar y, de otro, descender de nivel curricular lo necesario para garantizar el título de ESO a todo el mundo. El cultivo ya estaba abonado: la España de la clase trabajadora manipulable, de buenas camareras y buenos camareros, de una ciudadanía tolerante con el horror de la proliferación de campos de concentración, como tan bien bautizó  Amelia Tiganus, por todo el territorio y de la posterior extensión de la cultura de la violación que se culmina con lo que estamos viviendo en nuestros días. A este golpe de estado al sentido común se le fueron sumando más leyes: LOCE, LOE, LOMCE, LOMLOE, cuya finalidad de minimizar el espíritu crítico y el humanismo cada vez es más descarada y menos disimulada.

Pero no todo era distopía en las aulas. El movimiento feminista, paralelamente, iba haciendo de las suyas y entró con fuerza de regalo envenenado para el sistema patriarcal en la educación y dio un respiro a aquel avance hacia la ignominia. La educación feminista entró en el Caballo de Troya de la coeducación y frenó el progreso de una educación para el crecimiento imparable del neoliberalismo. El destino de la coeducación sería el mismo que el de nuestra tristemente recordada II República: logró mucho y fue aniquilada por un golpe de estado que la apartó para siempre. Así asistimos atónitas a cómo, al cambiar a la segunda década del siglo XXI, se introduce la educación afectivo-sexual no como un elemento más de la conocida como “educación en valores”, sino como un sustituto de la coeducación que desapareció de las aulas para siempre. La educación afectivo-sexual es el regalo cargado de soldados de la política neoliberal disfrazada de transgresión que conocemos como queer, woke, posmoderna… El transhumanismo desplazando los últimos remanentes del humanismo.

Este es el camino que nos ha conducido a la situación catastrófica actual: un sistema educativo disfrazado de neotecnología donde los conocimientos son el ínfimo porcentaje de lo que se transmite en las aulas, un profesorado sobrecargado de trabajo burocrático hastioso hasta la saciedad, sin tiempo ni energías para nada más que lograr terminar sus jornadas inhumanas, una sociedad empantallada sin un ápice de sentimiento colectivo… Traducido todo ello en un patriarcado reforzado y un retroceso de derechos sin precedentes para las mujeres de la zona del globo con menos opresión.

La única solución pasa por ejercer en la docencia la auténtica revolución: la huelga metodológica de negarnos a ajustarnos a las leyes que nos imponen este dislate social, unido todo ello al refuerzo sindical que de verdad luche por volver al colectivismo y proteja así las docentes (y espero que también los docentes) que se nieguen a seguir el juego infernal al ascenso neoliberal en la formación de la ciudadanía. Este es mi deseo para el nuevo curso.

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