En los tiempos políticamente convulsos en que vivimos creo conveniente hacer un par de aclaraciones antes de entrar en materia.
No escribo este artículo con el ánimo de decirle a nadie lo que tiene que hacer, ni muchísimo menos. Ni es tampoco nada parecido a una bronca. Comprendo perfectamente el miedo, de sobra justificado, ante un posible gobierno PP-Vox, porque yo también lo siento, y soy consciente del retroceso y la debacle que va a suponer para este sufrido país y muy especialmente para las mujeres. Además, sé de sobra la cantidad de gente que hay al límite económicamente, que quedaría desamparada con un gobierno de ese cariz.
Por lo tanto, estas palabras no pretender ser nada más que una reflexión compartida con la mejor de las intenciones.
Vivimos un auge (con precedentes en la historia reciente) de la derecha en España, en Europa y en el continente Americano. Y de la derecha sin azúcares añadidos, no del liberalismo de cara amable socialdemócrata, no. De la derecha en toda su crudeza de “que se jodan los pobres” y “sálvese quien pueda”, de la desaparición de cualquier atisbo de estado del bienestar, de la derecha profundamente machista, profundamente racista, belicista y autoritaria.
Esto se viene cociendo desde arriba (desde muy arriba) desde el final de la segunda guerra mundial, y se ha acelerado desde la caída de la URSS hasta llegar al apogeo actual, treinta años después.
No somos los mismos, nos han ido construyendo más ignorantes, más estúpidos y sobre todo más individualistas. Y lo han hecho destruyendo la educación y eliminando los ascensores sociales (el estado del bienestar), para que, enfangados en la lucha diaria por sobrevivir, no tengamos tiempo, ni ganas, ni recursos, ni capacidad de analizar lo que nos están haciendo. Han sacado el pan de la ecuación del Imperio Romano y nos han enchufado a un circo constante en nuestros teléfonos móviles. De los idiotizadores tradicionales solo quedan el fútbol y la religión, y esta última vive una época dorada con las sectas evangélicas de financiación sionista y de la CIA que ya está causando estragos en el continente americano y lo harán en España.
Con estos mimbres nos enfrentamos a unas elecciones generales, las terceras bajo el mantra de “hay que frenar a la derecha”. Sí, esto no es nuevo, Vox no nació ayer y de hecho co-gobierna en varias comunidades autónomas.
En este escenario, una vez más, insisto, se nos casi exige un voto útil que no permita formar un gobierno tan horrendo.
Pero ¿por qué volvemos a estar en esta situación? Obviamente, porque cada vez hay más gente dispuesta a votar a la derecha fascista. Y la hay porque, además de la ignorancia dirigida, la gente está cada vez más desesperada y harta de supuestos gobiernos de izquierdas que les hunden cada día un poquito más en la mierda. Ante esto, quienes todavía conservan cierta conciencia de clase y ven venir el desastre, optan por el sempiterno mal menor.
Y eso nos vuelve a dejar en la casilla de salida, porque estamos en esta situación de miseria después de dos gobiernos de coalición del PSOE con los partidos a su izquierda. La cara amable, suavizada, del mismo capitalismo salvaje.
Vuelvo a repetir, a riesgo de resultar pesada, que soy consciente de que esa “amabilidad” es el finísimo cordel que mantiene a mucha gente fuera de la pobreza pura y dura. Pero ese cordel es cada día más fino y cada vez menos gente puede agarrarse a él: ya es casi imposible acceder a una vivienda mientras fondos buitre y lobbies turísticos campan a sus anchas, la sanidad pública está hecha jirones, la educación pública se cae a pedazos, las becas y ayudas desaparecen, la justicia y las fuerzas policiales están cada día más al servicio del capital y el fascismo…
Seamos realistas, el “hay que frenar a la derecha” no es ni siquiera elegir entre susto o muerte, es elegir entre el paredón o ser la rana en la cazuela. Y el agua no está templada, ya ha empezado a hervir.
Así que, al igual que no voy a reprochar a nadie seguir en remojo, tampoco acepto que nadie me exija volver a la olla. Ante esta terrible y falsa dicotomía escojo pelear, pelear desde el feminismo y desde la izquierda. Y no, ni el Frente Amplio ni sus adláteres son lo uno ni lo otro y además han sido colaboradores necesarios de la situación en la que nos encontramos. Los que podáis, saltad de la olla y pelead conmigo, pelead con nosotras.








