La política del plural

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Por María Loureiro (Profesora de Educación Secundaria e integrante de DoFemCo)

Hace unos años hablábamos de la maternidad, de la pobreza, del feminismo o de la infancia. Hoy proliferan las «maternidades», las «pobrezas», los «feminismos» o las «infancias». El «Instituto de la Mujer» pasó a denominarse «Instituto de las Mujeres» y «la mujer» casi ha desaparecido del discurso político. El cambio está tan normalizado que ahora es el singular el que llama la atención.

El neoliberalismo disuelve los intereses colectivos en demandas individuales. La proliferación de los plurales avanza en paralelo, poniendo el foco en las diferencias. Las palabras reproducen el pensamiento, pero no crean la realidad. Sin embargo, el lenguaje tampoco es inocente, pues la forma de nombrar el mundo contribuye a normalizar esa mirada fragmentada.

Hay palabras en las que el singular nombra el grupo, la clase, lo común, y el plural presenta esa unidad como una suma de individualidades. Se ha asentado la idea de que el singular uniformiza y que el plural recoge la diversidad, pero abstraer no es homogeneizar. Toda categoría selecciona lo relevante para explicar el conjunto. Las diferencias importan y es necesario analizarlas, pero no todas deben convertirse en criterios para dividir una y otra vez, pues entonces la categoría pierde su razón de ser.

Por ejemplo, la interseccionalidad, pensada para analizar la superposición de distintas formas de opresión sobre las mujeres, permite tener en cuenta las diferencias de raza, clase o procedencia. Sin embargo, a medida que se cruzan más ejes aparecen grupos cada vez más específicos, el sujeto común se deshace y el análisis acaba pasando de las estructuras de poder a las jerarquías entre grupos.

Las categorías también pueden fragmentarse indefinidamente hasta disolverse en un continuo y acabar coincidiendo con la biografía de cada individuo, como ocurre cuando se presenta el sexo como un «espectro». Al diluirse la categoría, se dificulta el análisis de las diferencias entre mujeres y hombres y de las desigualdades basadas en el sexo.

Algo similar ocurre con la discapacidad. Al presentarla como un continuo de diferencias en el que todo el mundo cabe, se difumina la línea entre tener y no tener una discapacidad «diversidad funcional» expresa esa disolución. Las barreras materiales permanecen mientras se erosiona la categoría que delimita el derecho a recursos, apoyos y protecciones específicas.

El género —definido como los roles, comportamientos y atributos sociales asignados a mujeres y hombres— sustenta la subordinación de las mujeres. Presentarlo como simple diversidad individual reduce una relación de dominación a un catálogo de «géneros» subjetivos y autodefinidos. Así se pierde una categoría política necesaria para explicar la opresión y combatir el patriarcado.

Una mujer rica y una pobre, una gallega y una afgana viven realidades muy diferentes, pero comparten un hecho material: son del sexo femenino. Ese elemento común permite hablar de la mujer como clase sexual y del feminismo como movimiento político por su emancipación. Cuando el sexo deja de delimitar la categoría, se borra la diferencia conceptual y política entre mujeres y hombres y se conculcan los derechos específicos de las mujeres. En la lengua, la pluralización de «feminismo» en «feminismos» diluye la idea de un movimiento político común. Ya no hay que discutir si una postura es compatible con el feminismo; basta con llamarla «otro feminismo» y listo. El plural resuelve la contradicción ideológica mediante la mera ampliación del catálogo.

También la infancia se multiplica en «infancias» para recoger las distintas experiencias de niñas y niños. Pese a esas diferencias, comparten una vulnerabilidad que justifica una protección específica. Diluir la categoría pone en riesgo esa protección.

También se descomponen los problemas. La violencia machista responde a una relación de dominación de los hombres sobre las mujeres. Cuando se pierde de vista la causa y se analizan por separado sus manifestaciones, la violencia machista se fragmenta en «violencias» autónomas y se abre la puerta a otros tipos de agresión. La Ley 17/2020 de Cataluña, por ejemplo, incorpora a la política contra las «violències masclistes» situaciones ajenas a esa relación de dominación, diluyendo la causa común.

La pobreza ha acabado dividida en «pobrezas», como la energética, la alimentaria, la menstrual o la digital. Proliferan las etiquetas mientras el análisis de clase queda en segundo plano. Ya no se combate la concentración de la riqueza, se parchean las distintas manifestaciones de la pobreza.

Sigamos poniendo plurales: «feminismos», para que quepa también el antifeminismo; «masculinidades», para que cada hombre escoja su propio disfraz patriarcal; «ciudadanías», para que cada individuo tenga la suya; «justicias», para que lo justo deje de ser común; «igualdades», para hablar de diversidad; «izquierdas», para que entre la derecha.

Buena parte de la izquierda está asumiendo ideas compatibles con el individualismo neoliberal. «Conceptualizar es politizar», decía Celia Amorós. Construir categorías permite reconocer lo común sin negar las diferencias; deshacerlas despolitiza. Sin esas categorías no hay estructura que analizar, intereses comunes que defender ni sujeto político capaz de hacerlo.

Cuando ya nadie pueda nombrar el conjunto, ¿quién gana?

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