La guerra híbrida contra el Estado-Nación

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Jesús Ollero, enlace.

Es una guerra, y muchos no se han dado cuenta aún. La descarada ofensiva que se está produciendo contra el Estado-Nación en Europa en general y en España en particular, está alcanzando niveles insospechados.

La sucesión continua de ataques a la soberanía nacional en forma de operaciones bélicas no militares a distintas parcelas del país y a distintas áreas que afectan al propio ciudadano tanto a nivel individual como colectivo, hace inevitable reconocer que nos encontramos inmersos en una guerra híbrida multisectorial.

Parece que se ha llegado a un consenso sobre la crisis de Ceuta, en la que salvo algún que otro desubicado marginal, la amplia mayoría ha tipificado este suceso como una invasión o una operación de guerra híbrida contra la integridad territorial española. Marruecos, en base a sus propios intereses expansionistas mueve piezas para la consecución de sus objetivos, pero este movimiento forma parte de la estrategia de dominación global del anglosionismo y el poder corporativo, ya saben, lo de siempre, la búsqueda de extracción de recursos para seguir aumentando la tasa de ganancia de una élite transnacional de la que no conocemos sus caras aunque usen avatares en forma de Trump o Netanyahu, pero sabemos que forman parte del accionariado de las archiconocidas Blackrock, Vandguard, State Streeth, etcétera.

La perfomance de Sánchez de reconocimiento a Palestina y de su “No a la Guerra” en Irán, no ha sido la causa de lo sucedido en Ceuta, sino más bien, la excusa. El imperio de las multinacionales estadounidense siempre tendrá pretensiones de controlar el Estrecho de Gibraltar, esté la cara progresista del R78 o esté la cara conservadora, al igual que Marruecos siempre querrá apoderarse de todo lo que considere suyo, aunque sea producto de su imaginación y de la tergiversación histórica.

Pero dejando a un lado este amargo episodio, toca pararse y dejar de mirar el árbol que tenemos en frente y observar el bosque en su totalidad.

Resulta que España no sólo sufre invasiones por parte del vecino del sur que nos catapulta a su población civil para desestabilizarnos, España lleva tiempo sufriendo una invasión silenciosa que está desposeyendo a la nación de sus recursos, su suelo y su fuerza de trabajo.

 El capital extranjero tiene vía libre en nuestro país para apoderarse de nuestras viviendas y usarlas como activo financiero. También aprovecha nuestro suelo quemado para establecer ahí sus empresas de energías renovables ecofriendly o para otro tipo de negocios.

Después nos encontramos que ante esta incapacidad del Estado de ofrecer oportunidades de proyecto de vida o de aprovechar el talento de nuestros jóvenes para el interés del pueblo, España pone en bandeja a precio de saldo a fuerza de trabajo productiva para que sean utilizados para enriquecer a empresas extranjeras o para desarrollar otros Estados.

Volviendo a Ceuta, parece que la gente ha comprendido que una población con recursos concretos y limitados no puede acoger de golpe a una masa de personas que duplica su población, parece evidente. Lo que llama la atención es que esta evidencia luego no se hace patente cuando España lleva una década recibiendo a casi un millón de personas de media al año que acceden al país desde el aeropuerto o por otras vías. Obviamente, no es un impacto tan grande, pero igualmente es un impacto que genera tensiones. Tensiones como la que se vive en el mercado laboral, con una gran masa de desempleados que compiten a la baja por los salarios. Tensiones que se viven en el mercado inmobiliario, con una demanda desbordada y que los especuladores están aprovechando como buitres insaciables. Tensiones en los servicios públicos que el Estado y las administraciones parece que no les da por pensar que el continuo aumento de la población podría saturar los servicios si no va coordinado con aumento de recursos e inversión en dichos servicios públicos. Por no hablar del remplazo poblacional que están consolidando para fomentar países sin ciudadanos con arraigo que tengan más dificultades para organizarse y resulten más fáciles de controlar

Todo esto forma parte de la guerra híbrida contra el Estado- Nación por parte del globalismo que existe dentro y fuera de nuestras fronteras. Su objetivo es extraer los recursos reales del territorio y empobrecer y dividir a la población para asegurarse de que no haya resistencia.

Pero no dejemos atrás que en la guerra híbrida existe otro teatro de operaciones fundamental, la mente del ciudadano.

La guerra cognitiva es esa guerra que se produce en nuestra propia conciencia que consigue condicionar cómo pensar y qué opiniones pudiéramos llegar a tener, de esta manera el poder corporativo consigue anticiparse a nuestras acciones e incluso dirigirlas. Ejemplos claros de instrumentos de guerra cognitiva los encontramos en la sobreinformación a través de redes sociales, la propaganda masiva presente en el cine o la televisión, a veces de un modo sutil y otras de una manera completamente evidente. Los algoritmos en las plataformas digitales directamente pueden orientar tu atención hacia dónde se encuentra el interés económico de las corporaciones.

La industria cultural occidental lleva décadas impulsando una agenda que tiene como objetivo principal la atomización total de la sociedad y conformar una masa de individuos aislados. De ahí la agenda woke y sus teorías identitarias como el movimiento LGTBIQ+, que fomenta el irracionalismo y sociedades en las que la institución de la familia no debe existir y que muchos de la autodenominada izquierda compran, sin tener en cuenta que la destrucción de la familia significaría destruir a la comunidad desde sus cimientos.

¿Y qué hacer ante esto? Bueno, pues como a veces ocurre en las guerras, el bando que sufre la ofensiva del enemigo debe cerrar filas para resistir y organizar la defensa.

Para defender el Estado-Nación y la soberanía de un país, las fuerzas políticas conscientes pero divididas deben lograr aglutinarse bajo unas líneas básicas con el objetivo de lograr la supervivencia del país.

Hablo de un soberanismo transversal que pueda agruparse en base a una visión nacional inclusiva y diversa pero consistente.

No confundamos esto con la enésima unión de las izquierdas para frenar a la ultraderecha que lo único que buscan es perpetuar el sistema interpretando una obra de teatro maniquea, cuyo argumento principal es una sobreactuada lucha del bien contra el mal, pero que de ninguna manera van a poner en cuestión ni el neoliberalismo, ni el europeísmo, ni el atlantismo.

De hecho, la coyuntura exige abordar la superación de la dicotomía izquierda-derecha, eso no quiere decir que se invaliden principios del socialismo, porque cualquier análisis racional los avala, quiere decir que debe acabarse la política de packs ideológicos, y pasar a un realismo pragmático asumiendo de una vez los traumas del pasado.

Muchos empezamos a estar cansados de esta España binaria enfrentada que no es capaz de separar lo urgente de lo deseable.

Estamos en guerra y la estamos perdiendo.

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