Enturbiar la convivencia para debilitar lo comunitario

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Por Reis Vidal

¿Qué se esconde detrás del recurrente debate veraniego sobre los establecimientos solo para adultos? El debate suele derivar en una defensa abstracta de la infancia que enturbia la reflexión. Sin embargo, este fenómeno nos permite observar cómo el individualismo neoliberal erosiona las normas compartidas de convivencia y alimenta una percepción de desorden social. Esta sensación puede ser aprovechada por el mercado —a río revuelto, ganancia de pescadores— para generar demandas aparentemente opuestas: un mayor orden autoritario, o una mayor libertad individual. En ambos casos, se debilita nuestro poder comunitario.

Estaba un día por las redes sociales cuando me encontré con un post que me pareció arriesgado por todo lo que podía desencadenar. Hablaba de “Ya estamos otra vez con el temita recurrente de los últimos veranos: hoteles y establecimientos solo para adultos” (https://x.com/zurine3/status/2086841066481746336?s=46).

Este mensaje generó muchas reacciones. Y entiendo que provoque muchas reacciones porque este tipo de debates suelen esconder algunas trampas argumentales.

En cuanto aparecen conductas de algunos menores que alteran la convivencia, la conversación suele convertirse rápidamente en un supuesto ataque a la infancia. Quien cuestiona un comportamiento público puede ser tachada de intransigente, intolerante o de “no soportar a los niños”. Y así, casi sin darnos cuenta, se diluyen las responsabilidades de las familias y de la propia sociedad.

Las niñas y los niños, está claro, tienen que jugar, experimentar, equivocarse, hacer ruido y aprender. Precisamente por eso, requieren adultos que los acompañen y orienten. El problema surge cuando se confunde respetar a la infancia con la imposibilidad de decirles nada. Esto ocurre cuando cualquier límite se interpreta como una frustración que debe evitarse y cualquier llamada de atención externa se percibe como un ataque directo.

Y quizá aquí esté el verdadero problema: hemos dejado de pensarnos como sociedad para pensarnos cada vez más como individuos y consumidores libres, cada uno con derecho a hacer aquello que considera oportuno o que le proporciona su propia “felicidad”.

Del control disciplinario a la anomia: paradoja de la “libertad”

El cuestionamiento de la autoridad tradicional ha dado paso a nuevas formas de poder menos visibles, en las que la libertad individual se confunde con la ausencia de normas compartidas.

Antes existía un marco de autoridad y normas sociales visibles y compartidas. La infancia encontraba referencias relativamente cohesionadas entre la familia, la escuela, la institución religiosa y la comunidad, con la figura del “padre” como autoridad suprema.

Ese modelo fue cuestionado, y con razones legítimas. Era necesario poner en cuestión formas de autoridad basadas en la imposición que perpetuaban la desigualdad y la obediencia incuestionable. Pero rechazar esa autoridad represiva no debería habernos llevado a cuestionar la necesidad de normas compartidas de respeto para la convivencia en sociedad.

Hemos terminado confundiendo las normas de respeto con la represión, y la ausencia de responsabilidad con la libertad. No es lo mismo una norma impuesta para controlar a la población, que unas normas compartidas de convivencia que garantizan la protección de quienes la integran. Del mismo modo, cuestionar las formas autoritarias no debería implicar negar la legitimidad de las personas adultas que orienten a la infancia cuando determinadas conductas afectan a la convivencia. Cuando hablo de adultez, lo hago desde una diferencia de experiencia y responsabilidad, no desde una relación de poder jerárquico.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas de este proceso: la superación de un sistema autoritario visible se presenta como la desaparición de las relaciones jerárquicas de poder, como si la libertad individual nos conformara en una sociedad libre. Persisten las desigualdades sociales y sexuales, aunque sus formas de ejercicio sean menos visibles, los mandatos del “padre” persisten cada vez más vinculados a las lógicas del mercado y al poder fáctico de las grandes corporaciones.

El control social cambia de forma: de la autoridad al mercado

La desaparición de las formas visibles de autoridad no implica el fin del control social, sino su transformación en mecanismos más difusos y menos visibles.

El control social no ha desaparecido, pero ha cambiado la forma en que se ejerce. Las desigualdades de clase y sexo persisten, mientras el mercado y las grandes corporaciones, a través de la publicidad, los algoritmos y las nuevas formas de consumo, producen modelos de conducta, deseos y aspiraciones que influyen en aquello que consideramos aceptable, deseable o normal.

En este contexto, el discurso neoliberal que apela a la libertad de elección y a la realización personal se extiende, bajo la idea de que “si lo deseas, puedes conseguirlo”, y presenta las normas de convivencia como límites que deben transgredirse en nombre del desarrollo individual. Pero el desarrollo individual se construye socialmente, y la libertad individual no puede desvincularse de la responsabilidad social.

Esta forma de entender la libertad tiene consecuencias directas sobre la convivencia y la educación. Cuando la libertad individual se sitúa por encima de las normas compartidas, la educación para respetar a las demás personas, la naturaleza y los espacios comunes pasa a entenderse como una cuestión individual de cada persona o familia, en lugar de como una responsabilidad social compartida. 

Y cuando una cuestión de convivencia se convierte en un asunto exclusivamente privado, también se cuestiona la legitimidad de las personas adultas para orientar o reconducir respetuosamente las conductas que afectan a los demás. Cualquier intento de hacerlo puede interpretarse como una ofensa o como el ejercicio de una autoridad arbitraria, debilitando así la capacidad de la propia sociedad para educar.

El problema no es la infancia

Proteger a la infancia no significa eliminar los límites, significa crear las condiciones para acompañarla en el aprendizaje de convivir en sociedad.

Porque el problema no es la infancia. Se ha extendido un discurso según el cual se debe ser feliz, libre y capaz de elegir, pero hemos dejado en segundo plano algo igualmente importante: que las niñas y los niños viven con otras personas, que sus actos tienen consecuencias y que todavía están desarrollando sus capacidades cognitivas para valorar determinadas decisiones.

Por eso, respetar a la infancia no significa evitar cualquier norma de convivencia que pueda generar frustración, interpretando esa frustración como un daño o renunciar a los límites para evitar un conflicto con el menor. Precisamente porque están aprendiendo a convivir y todavía están desarrollándose, necesitan adultos que acompañen, enseñen y ayuden a establecer esos límites para aprender a respetar y ser respetados. 

La infancia tiene el derecho a recibir una educación social y eso requiere compromiso adulto y tiempo. Educar necesita tiempo. Acompañar, orientar, establecer límites y enseñar a convivir exige disponibilidad, y la actual organización económica y social la dificulta cada vez más: jornadas laborales extensas, precariedad, hiperproductividad y una permanente sensación de falta de tiempo. Educar no es fast food: requiere presencia, continuidad y capacidad para sostener los conflictos.

A esto se suma que educar requiere conocimientos, herramientas y una red de apoyo para afrontar una sociedad cada vez más compleja, especialmente ante la influencia de las pantallas y las nuevas formas de relación y ocio.

Reconocer estas dificultades no significa diluir la responsabilidad familiar. Las condiciones sociales pueden hacer más difícil educar, pero no eliminan la obligación de hacerlo. Al mismo tiempo, educar tampoco consiste en evitar cualquier frustración o conflicto: igual que una planta puede secarse tanto por falta de agua como por exceso, la infancia necesita cuidados, pero también límites y acompañamiento para crecer.

Pero ¿quién soporta las dificultades?

Las dificultades no se distribuyen por igual: recaen de forma desproporcionada sobre las mujeres, mientras las condiciones económicas y sociales que sostienen el mercado siguen descansando en buena medida sobre su trabajo de cuidados.

Las madres siguen soportando una parte desproporcionada de los cuidados y de la carga mental. Muchas sostienen lo que podemos describir como jornadas laborales más que triples: trabajo remunerado, trabajo doméstico y cuidados de las hijas e hijos y algún que otro familiar sin remunerar. Pero esta carga no se limita al tiempo dedicado a las tareas visibles: incluye también todo un trabajo invisible de organización y gestión de la vida familiar: citas, colegios, actividades, enfermedades, conflictos.

Reconocer esta desigualdad no significa reivindicar que las mujeres vuelvan al hogar ni que asuman jornadas aún más extensas de trabajo no remunerado. Tampoco significa trasladarles en exclusiva la responsabilidad educativa. Significa reclamar corresponsabilidad: distribuir de forma equitativa los cuidados, la carga mental y la responsabilidad de educar.

Cuando la educación cotidiana recae principalmente sobre una persona, también recaen sobre ella los conflictos que inevitablemente genera educar. Poner límites genera protestas. Decir “no” genera conflictos. Respetar una norma genera resistencia. Educar significa gestionar muchas veces esos conflictos.

El progenitor, normalmente el padre, que pasa menos tiempo con las hijas e hijos puede adoptar un papel más permisivo para evitar conflictos y hacer más agradable el tiempo compartido. Así se genera una dinámica de “poli bueno y poli malo”, en la que quien asume la mayor carga educativa acaba siendo percibido como “la mala”, mientras quien interviene menos puede aparecer como quien “lo hace mejor”.

Esta situación puede hacer que las madres acaben sintiéndose responsables y culpables de las conductas que alteran la convivencia, lo que puede afectar a su autoestima y favorecer, en ocasiones, una defensa a ultranza de sus hijos e hijas, incluso cuando son ellos quienes presentan las conductas más disruptivas. Comprender esta dinámica no significa justificar esas conductas ni eximir a las familias de su responsabilidad educativa como adultos

La desigualdad persistente

Aunque los roles tradicionales parecen haber cambiado, la socialización por razón de sexo continúa distribuyendo de forma desigual el poder, el espacio y la libertad entre chicas y chicos.

Esta desigualdad entre mujeres y hombres también persiste en la forma en que educamos a chicas y chicos, aunque aparentemente los roles tradicionales hayan cambiado. Todavía pervive la idea de que los chicos son más nerviosos, inquietos o difíciles de controlar, mientras que a las chicas se les exige mayor autocontrol y consideración hacia los demás.

Determinadas conductas de los chicos: ocupar más espacio, hacer más ruido, competir, asumir riesgos, interrumpir o imponer sus preferencias, continúan siendo interpretadas con frecuencia como “cosas de chicos” e incluso como rasgos de liderazgo, mientras que a las chicas se les sigue exigiendo mayor autocontrol, capacidad de adaptación y consideración hacia los chicos.

Esto no significa que todos los niños sean disruptivos ni que todas las niñas sean cuidadosas. Significa que existe una socialización diferencial que también distribuye poder y espacio. Cuando determinadas conductas de los chicos se justifican como propias de su naturaleza o como una necesidad de “desfogarse”, podemos estar transmitiendo algo más profundo: que sus deseos y necesidades tienen prioridad sobre los de otras personas.

Cuando la responsabilidad educativa se queda sin comunidad

Educar para la convivencia requiere una responsabilidad compartida entre familias, escuela y comunidad, sin que ninguna de ellas pueda asumir por sí sola todo el proceso educativo

Esta socialización diferenciada no ocurre solo en las familias: también se reproduce en la escuela y en otros espacios de convivencia. Por eso, educar para la igualdad es también educar para la convivencia desde una responsabilidad compartida. Pero compartir esta responsabilidad no significa diluirla: la escuela no puede compensar todas las carencias educativas de las familias, ni estas resolver por sí solas todos los problemas sociales a los que se enfrentan sus hijas e hijos.

Los padres y las madres siguen siendo responsables de enseñar a sus hijos e hijas a respetar los límites, reparar cuando hacen daño, y comprender que no siempre pueden hacer lo que quieren. La comunidad, por su parte, debe poder ofrecer apoyo y recursos, además de acompañar y orientar cuando determinadas conductas afectan a la convivencia, sin sustituir a las familias.

Necesitamos una sociedad en la que recordar a un menor una norma de convivencia no se interprete como un ataque a la infancia, sino como parte de su aprendizaje para convivir en sociedad.

Así, cuando las familias disponen de poco tiempo y recursos, se debilita la capacidad de la comunidad para acompañar y orientar, al tiempo que la escuela no puede asumir por sí sola toda la socialización. Este vacío deja a la infancia y la adolescencia más expuestas a otros referentes, como los iguales, las redes sociales, los algoritmos y el mercado.

¿Quién educa cuando desaparecen los referentes comunitarios?

La presión del grupo de iguales

Al debilitarse la autoridad adulta y de la escuela, la infancia y la adolescencia pueden buscar con mayor intensidad la aceptación de sus iguales, donde la popularidad y la influencia pueden pesar más que la experiencia o la madurez a la hora de obtener reconocimiento.

El algoritmo como “educador”

Las redes sociales han ocupado gran parte del espacio de socialización que antes proporcionaban el barrio, la comunidad y la escuela. Los referentes pueden pasar de las personas adultas cercanas a creadores de contenido y algoritmos diseñados para captar y rentabilizar la atención de las nuevas generaciones.

El mercado como referente

El mercado nos vende modelos de felicidad, rendimiento, belleza y reconocimiento, centrados en el éxito individual. En este contexto, la educación puede acabar orientándose más hacia competir, destacar y consumir que hacia aprender a convivir.

Y entonces …

Volvemos al problema de la convivencia

Aquí volvemos al principio. Cuando una sociedad deja de compartir unas normas básicas de convivencia y algunas familias no pueden, no saben o no quieren asumir su responsabilidad educativa, el resto de la sociedad termina pagando las consecuencias.

Los hoteles, restaurantes y establecimientos solo para adultos no necesariamente responden a un rechazo a la infancia, sino a la necesidad de proteger la convivencia cuando no confían en que las normas compartidas vayan a respetarse.

No molesta que haya niños y niñas en un restaurante, hotel, etc. Molesta la falta de responsabilidad de algunas familias. En general, existe tolerancia hacia la infancia, entendemos que puede haber rabietas, necesidades especiales o situaciones puntuales, y que no siempre es posible evitar las molestias. Cuando las familias intentan reconducirlas, las demás personas suelen comprenderlo y ser tolerantes. El problema aparece cuando determinadas conductas molestas se repiten y no se asume la responsabilidad de corregirlas.

En un caso real compartido en un post (https://x.com/colmejm/status/2087621927414206477?s=46), criaturas que jugaban en un restaurante acabaron tirando agua sobre la comida de otra mesa. 

¿Por qué tienen que ser los demás clientes o el personal quienes soporten las consecuencias de una conducta que corresponde a esas familias reconducir? Hay, además, una contradicción que atraviesa muchas de estas situaciones: probablemente las mismas familias cuyos menores tiraron agua sobre la comida de otra mesa se habrían molestado si alguien hubiera hecho lo mismo en su comida. Otras familias con menores también pueden sentirse molestas cuando tienen que soportar las consecuencias de conductas ajenas que afectan la convivencia.

En verano esta situación se hace todavía más visible. Desaparece la estructura cotidiana de la escuela, aumenta el tiempo de convivencia y también la presencia de menores en espacios compartidos. Es entonces cuando algunas familias pueden reproducir la dinámica de “preocuparse sin ocuparse”: defender a sus hijos e hijas ante cualquier observación, pero sin asumir al mismo tiempo la responsabilidad de reconducir aquellas conductas que afectan a las demás personas.

Y entonces aparece el argumento: “Estás quitándole su libertad”. Pero ¿dónde queda la libertad de los demás?

La libertad no consiste en hacer lo que uno quiera cuando supone molestar o perjudicar la convivencia, sino en aprender a convivir respetando a la sociedad. Enseñar esto a una niña o niño no es atacar, humillar ni negar su infancia.

Es educar.

De la infancia a la convivencia social

Quizá lo que necesitamos no sea más libertad individual, sino más conciencia social: familias corresponsables, una escuela con autoridad pedagógica, una comunidad que acompañe e instituciones que hagan posible todo ello.

Y esta reflexión no se limita a la infancia. La convivencia nos interpela a toda la ciudadanía: cuando fumamos y hacemos llegar el humo a otras mesas, cuando llevamos las molestias de nuestras mascotas a otros espacios, cuando ponemos la música a todo volumen o cuando ensuciamos o aparcamos en las aceras. Son comportamientos que pueden parecer sin importancia, pero que, acumulados van debilitando las normas básicas de convivencia y generando un consenso social sobre lo que estamos dispuestos a tolerar.

Cuando esa responsabilidad se debilita, suelen aparecer respuestas aparentemente opuestas que, en realidad, fagocitan el tejido social: por un lado, el imaginario de recuperar un orden autoritario idealizado y, por otro, el deseo de una libertad sin límites basada en la transgresión. Y aunque parezcan contrarias, ambas terminan coexistiendo dentro del mismo mercado neoliberal capitalista, que convierte tanto la necesidad de orden como el deseo de libertad individual en formas de debilitamiento comunitario, generando más desigualdad, más malestar y menos libertad.

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