Una historia de traiciones

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Por Paz Galache Payá

A veces, sobre todo en momentos de crisis, es importante echar la vista atrás y hacer memoria. Es lo que pedimos a la Historia: que sirva para explicarnos la verdad de los hechos acaecidos, que con esa información observemos bajo la luz de la justicia los acontecimientos, que reparemos los daños causados por la impunidad de los ganadores, y que aprendamos para que tales desmanes no se repitan jamás. Todas estas premisas, que tan acostumbradas estamos a escuchar cuando se habla de memoria democrática, cuando tratamos la verdad, la justicia y la reparación, para la no repetición de la violencia de la dictadura franquista, pocas veces lo vemos aplicado a lo acaecido en la lucha por la emancipación de las mujeres.

Porque nuestra lucha, compañeras, ha sido una historia de traiciones en las que siempre hemos sido el «bando» perdedor, nosotras no hemos construido el relato de lo sucedido, la verdad se ha ocultado, la justicia no se ha ejercido, la reparación nunca se ha llevado a cabo y, por eso, la vemos repetida una y otra vez.

De traiciones sabían mucho las mujeres coetáneas de Olympe de Gouges que participaron muy activamente en la Revolución Francesa. En las jornadas del 5 y 6 de octubre de 1789, las mujeres protagonizaron la Marcha de Octubre que las llevó de París a Versalles y de Versalles a París, acompañadas de la corrupta familia real. Más de 4.000 mujeres, seguidas por unos 400 hombres, demandaron pan y derechos civiles en esa marcha. Mujeres de diferentes estamentos sociales, trabajadoras y burguesas, se organizaron en sociedades y clubs, se politizaron, hablaron y votaron, se pusieron la escarapela tricolor… se denominaron a sí mismas ciudadanas. Pero tanto protagonismo femenino no fue bien visto por los líderes revolucionarios; fueron insultadas, detenidas y, muchas de ellas, guillotinadas. De Gouges tuvo que escribir, en 1791, su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, porquelas mujeres, traicionadas, habían quedado fuera de la que se redactó en 1789 para los varones.

Y ya sabemos cómo terminó todo: el 30 de octubre de 1793 se prohibieron todas las sociedades políticas femeninas y, unos días después, De Gouges subió al cadalso para pagar su osadía. Con el cierre de todos los clubes femeninos y la represión de las jornadas populares de la primavera de 1795 – organizadas fundamentalmente por mujeres– se las expulsó del espacio público que habían conquistado. En definitiva, los varones dejaron a las ciudadanas sin ciudadanía.

También fueron mujeres las principales impulsoras de la abolición de la esclavitud. Si nos vamos al siglo siguiente, Lucretia Mott, las hermanas Grimké y muchas otras se unieron e impulsaron el movimiento antiesclavista en Estados Unidos. En esa lucha, las mujeres tomaron conciencia de la naturaleza de la opresión de unos seres humanos sobre otros y, extrapolando, pudieron extraer importantes lecciones acerca de su propia subyugación; aprendieron cómo desafiar la dominación del opresor y descubrieron que el sexismo que parecía inalterable podía ser cuestionado y combatido en la arena de la lucha política.

También en esta ocasión, las mujeres tuvieron que escribir, en 1848, su propia Declaración de Sentimientos y Resoluciones de Seneca Falls, redactada por Elizabeth Cady Stanton, al haber sido privadas de firma en la que previamente habían redactado los hombres en el congreso fundacional de la Sociedad Antiesclavista Americana.

La decimotercera enmienda, que suponía el fin de la esclavitud ꟷla de los hombres, la de las mujeres continua en pleno siglo XXI bajo el nombre de prostituciónꟷ en EEUU, se aprobó en 1865 y, como siempre, se obligó a las mujeres organizadas y movilizadas a volver a sus hogares, cosa harto difícil cuando ya habían tomado conciencia de su opresión.

Saltemos ahora a la Rusia de 1917. La Revolución Rusa comenzó el Día Internacional de la Mujer, el 23 de febrero de 1917 (8 de marzo en nuestro calendario). Ese día, las mujeres que tomaron las calles para exigir pan y paz desencadenaron la tempestad que acabó con el zarismo. Esta Revolución de Febrero empezó desde abajo, con la espontánea iniciativa de la parte más oprimida del proletariado: las obreras del textil. Desde las primeras horas del día, las trabajadoras se declararon en huelga y organizaron manifestaciones masivas en la capital rusa, pidiendo a los trabajadores varones que se unieran a ellas. Ese día, 90.000 personas se declararon en huelga y más de 100.000 participaron en una gran manifestación en Petrogrado. El movimiento de las trabajadoras que puso en marcha a toda la clase obrera, marcando la primera etapa de la Revolución Rusa, causó la abdicación del zar y llevó a la formación de un gobierno provisional en el que adivinad quiénes no estaban: las mujeres. 

Cierto es que, tras la Revolución de Octubre, las mujeres rusas consiguieron derechos pioneros, incluyendo el voto femenino, la igualdad salarial, la legalización del aborto, el divorcio y el matrimonio civil. Además, lograron romper las cadenas del trabajo doméstico y, mediante una amplia red de cafeterías y comedores, lavanderías, hospitales y guarderías, la socialización de las tareas del hogar. 

Las mujeres bolcheviques crearon el Departamento de Mujeres Trabajadoras (Zhenotdel) para fomentar la alfabetización y la participación femenina en la construcción del nuevo Estado. Al frente de Zhenotdel estaba Inessa Armand, y cuando ella murió en 1920, Aleksandra Kolontái tomó el relevo. El objetivo principal era animar a las mujeres a participar en la política y crear un grupo más amplio de cuadros femeninos con experiencia para el trabajo del partido y del gobierno. 

A pesar de todo, pocas mujeres ocuparon puestos de autoridad y, con el auge del estalinismo, llegó también la regresión y el desmoronamiento de muchos de los logros de la revolución. La burocracia estalinista proclamó que se había alcanzado el socialismo y, en 1930, cerró el Zhenotdel con el argumento de que «la cuestión de las mujeres ya estaba resuelta en la Unión Soviética». El estalinismo comprendió que para aplastar a las vanguardias revolucionarias debía volver a someter a las mujeres. Tras disolver el Zhenotdel, el aborto fue ilegalizado, se dificultó el divorcio, desapareció cualquier intento de igualdad salarial de las mujeres y la traición estaba servida: se las envió de nuevo a la casa y a las cocinas.

Son unas cuantas traiciones, aunque hay muchas más; las mujeres siempre utilizadas y exprimidas en las guerras y en los momentos de crisis, y recluidas de nuevo en los hogares tras la resolución de los conflictos. Por no hablar de traiciones menos estudiadas o conocidas, tanto colectivas como individuales (apropiaciones artísticas y científicas, autorías no reconocidas, cancelaciones…), pero traiciones igualmente.

¿Y en la actualidad? Ahora vivimos la mayor de las vilezas. ¡Hasta usurpan nuestro nombre! Tenemos que aguantar que «cuerpos peneportantes» nos suplanten en nuestros espacios, nuestros deportes, nuestras cuotas… nuestras vidas, disfrazando la agenda transhumanista bajo el nombre de «feminismos», para regular la prostitución, legalizar los vientres de alquiler, desterrar la coeducación de las escuelas, experimentar con la infancia y la adolescencia y blanquear las prácticas sexuales de las «disidencias». 

 Y es que no debemos olvidar nunca que las mujeres lo que sufrimos en las sociedades patriarcales tiene la categoría de opresión y conviene recordar que este concepto, a diferencia del de discriminación, implica la necesidad de que existan personas opresoras y personas oprimidas. De la misma forma que en la opresión de clase social, para que haya ricos tiene que haber pobres, en la de clase sexual, para que haya hombres privilegiados tiene que haber mujeres subyugadas. Esto no tiene nada que ver con una «guerra entre sexos» personal o individual. El conflicto es el resultado de un sistema jerárquico que otorga más valor y poder a lo masculino, generando desigualdad y resistencia. Es evidente que el feminismo no pretende acabar con los hombres. Las feministas no odiamos a los hombres, tan solo pretendemos liberar a las mujeres y terminar con el sistema de opresión que nos sojuzga. 

Ahora bien, a lo largo de la historia, ningún estamento dominante ha cedido sus posiciones ante la razón, sino ante una correlación de fuerzas capaz de acabar con su hegemonía. La pérdida de privilegios nunca es consentida libremente, es necesario forzarla. Hablando de consentimientos forzados, las mujeres tenemos en eso todo un doctorado.

Conseguir esa correlación de fuerzas, alcanzar esa «masa crítica» necesaria para generar un cambio autosostenible que termine con los privilegios que el Patriarcado otorga a los varones debe ser el objetivo fundamental del movimiento feminista. 

Necesitamos una masa crítica de mujeres organizadas y unidas para acabar con nuestra opresión. Como en la Química, si la masa esta dispersa, la reacción no se produce; si la masa se junta, pero es menor a la masa crítica, la reacción se detiene; si es superior, la reacción crece exponencialmente. El concepto de «masa crítica» también se aplica en la política. En un partido político es el volumen mínimo de afiliación, de apoyo social o de representación parlamentaria necesario para alcanzar influencia real o superar barreras electorales. Actúa como un punto de inflexión que convierte pequeños esfuerzos en reacciones en cadena, fundamental para la movilización y el crecimiento.

La potencia feminista en nuestro país es claramente notoria; no hay ciudad o pueblo medianamente importante que no cuente con asociación feminista. Pero el asociacionismo tiene un techo, la presión que ejerce es muy importante, pero electoralmente utilizable por los partidos políticos tradicionales. Solo la llegada directa del feminismo al poder político puede forzar los cambios que necesitamos. 

En resumen, las feministas tenemos la responsabilidad de conseguir esa masa crítica política necesaria para que nuestra lucha deje de ser manipulable, para entrar en las instituciones, para que nosotras hagamos las leyes, para que nuestros derechos se graben en piedra, para terminar con las traiciones y que nunca más puedan enviarnos a las cocinas tras usarnos.

Ya estamos tardando en politizarnos e ir a por ello.

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