Nat Turner y la resistencia palestina

0

Édisson @Edisson_hilos @Edisson_hilos

Nat Turner nació esclavizado en la Estados Unidos blanca, en Virginia, por allá en 1800. Desde niño ya lo veían distinto. Aprendió a leer solo, cosa que a los amos supremacistas no les gustaba, porque un esclavo letrado era peligroso. Creció siendo muy religioso: ayunaba, oraba y tenía visiones. La gente de las plantaciones cercanas lo respetaba como predicador. Su idea de Dios y la lectura que hacía de la Biblia eran revolucionarias. Lo impulsaba una mística de justicia y liberación. Vivió, como cualquier ser humano negro a manos de esclavistas, horrores inimaginables para nosotros hoy en día. Bueno, excepto para pueblos como Palestina, Sudán, Líbano…

En 1831 vio un eclipse solar. Lo interpretó como una señal de su Dios justo y amoroso. Reunió a unos cuantos esclavos de confianza y, una noche de agosto, empezaron. Fueron de casa en casa, liberando esclavos y matando a propietarios y miembros de sus familias. En dos días murieron alrededor de sesenta personas blancas. La milicia sofocó la insurrección rápidamente. Turner escapó al bosque, pero lo capturaron dos meses después. Lo ahorcaron. Como represalia, turbas blancas mataron a más de doscientos negros que no tenían nada que ver con la revuelta. Después vinieron leyes más duras: prohibido enseñar a leer a los esclavos, prohibido predicar sin vigilancia, más patrullas.

Esa es la historia corta. Ahora, si usted cree que fue un loco, un terrorista o un fanático, seguramente no tiene la más remota idea de lo que era el esclavismo. De lo que era convivir con supremacistas blancos capaces de convertir el sufrimiento de otro ser humano en placer. Turner calculó. Sabía que sería un mártir. Sabía que, después de la revuelta, los supremacistas iban a arrasar con gente inocente de su propio pueblo. Y aun así lo hizo. Porque, si no hacía nada, los supremacistas igual seguirían matando, robando, violando y destruyendo a los suyos. Vivir a manos de supremacistas crueles, que nos roban, nos matan, nos violan, nos torturan y nos humillan… la pregunta no es por qué explotamos. La pregunta es cómo aguantamos tanto.

Los dueños de esclavos usaban violencia todos los días. Una violencia irracional, respaldada por leyes y por la Biblia. Marcaban con hierro. Mutilaban si habían rebeliones. Violaban a mujeres y niños sin consecuencias. Esa violencia era legítima para ellos. Era el orden natural. Cuando Turner toma un hacha y empieza a matar al supremacista y a sus familias, está usando el mismo idioma. No hay otro que el amo entienda. Podemos pedir, rogar y rezar durante siglos. El amo solo escucha cuando tiembla. Y tiembla cuando ve sangre suya en el suelo de su propia cocina. La violencia del esclavo es sucia, sí. Es desordenada. A veces mata inocentes. Pero el sistema que enfrenta mata inocentes todo el tiempo como condición básica de su existencia.

¿Ya saben de quién nos profetizó Turner? De pueblos como el palestino. De su resistencia. De Hamás. De sus Turner. La lógica es siempre la misma. El poderoso define qué violencia es civilizada y cuál es bestial. La suya es orden. La del otro es caos; la violencia originaria, la causa de su mal como esclavo, como colonizado. Turner fue voz en el desierto de una verdad incómoda, que luego Frantz Fanon amplificó: «el colonialismo no es una máquina de pensar, no es un cuerpo dotado de razón. Es la violencia en estado de naturaleza y no puede inclinarse sino ante una violencia mayor». Hace poco, Daniel Lobato en una entrevista decía: «El caníbal en Papúa Nueva Guinea que se comía al invasor inglés recibe todo mi apoyo inequívoco e inmutable». No debería escandalizarnos la violencia del colonizado, el explotado, a ese que llaman caníbal, cuando ha sido él el primero en ser devorado.

El colonialismo —y, con él, la modernidad capitalista— se pintan como civilización, pero son un sistema antropofágico: un sistema que se alimenta de la sangre y la vida de los pueblos para garantizar su propia reproducción. Cuando el oprimido les devuelve el golpe, chillan diciendo que su víctima ha inaugurado la barbarie y tratan de invisibilizar que, en realidad, está respondiendo. La contradicción fundamental no reside en la violencia del oprimido, sino en la estructura que lo consume y luego lo acusa. Solo cuando esa maquinaria haya sido desmantelada podremos hablar de un nuevo horizonte de relaciones humanas, en el que nadie necesite devorar al otro para afirmarse y existir.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.