La ventana que no debería abrirse: del blanqueamiento mediático a la impunidad institucional

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Autora: Esther Coronado (Espai FIGA)

Lo que se dijo en voz alta

En un podcast emitido por Podimo, plataforma con más de dos millones de suscriptores en España, Miguel Agnes, figura de referencia del underground cultural madrileño y veterano del podcasting de contracultura, lanzó una propuesta: dado que la policía ya dispone de material de abuso sexual a menores incautado, ¿por qué no distribuirlo a los pedófilos que lo soliciten? El razonamiento es el de la tolerancia a las drogas —cada vez quieres más, así que dales lo que ya existe y quizás no generarán material nuevo. La entrevistadora no interrumpió con rechazo. Respondió que podría ser interesante, de novedoso y chocante.

Detengámonos un momento en lo que eso significa: las imágenes de la violación de una criatura —material incautado precisamente porque documenta un delito— convertidas en recurso de gestión para el agresor. La víctima ya no es una persona: es contenido. Un archivo. Una especie de ‘cromo’. Algo que se cataloga, se almacena y se distribuye. La misma lógica que convierte un cuerpo en pornografía lo convierte ahora en política pública: la criatura abusada, despojada de su humanidad por segunda vez, reducida a material con el que otros hombres se masturban bajo la supervisión del estado. Si alguna vez hubo una idea que ilustra lo que significa tratar el abuso sexual infantil como un problema técnico y no como un crimen contra una persona concreta, es esta. La deshumanización absoluta de la víctima.

La premisa empírica, además, es falsa. La criminología lleva décadas documentando que la exposición a material de abuso sexual infantil no reduce la demanda, la escala. La propia interlocutora lo dijo sin darse cuenta: «cada vez quiero más». Exacto. Esa escalada no es una anomalía: es la regla. Por eso no existe ninguna evidencia que avale la propuesta. Lo que sí existe es la voluntad de enunciarla en voz alta, en un micrófono, ante miles de personas. Y eso ya ha hecho su trabajo.

La ventana de Overton y sus deslizamientos

El concepto de ventana de Overton describe cómo lo impensable en un momento histórico puede volverse, gradualmente, debatible, luego razonable, luego política pública. El mecanismo no exige mala fe en todos los eslabones: basta con que nadie diga que algo no se debate. Basta con un «podría ser». Basta con que la plataforma no retire el contenido.

El podcast de Podimo no es un foro oscuro ni un reducto de extrema derecha. Es entretenimiento mainstream, producción profesional, audiencia masiva. Que en ese espacio la distribución de pornografía infantil policial se presente como una ocurrencia «novedosa y chocante» —y no como lo que es, una apología de la reutilización de material de agresión sexual— es exactamente un desplazamiento de la ventana. Pequeño, quizás. Pero los desplazamientos pequeños son los que no se ven hasta que ya es tarde.

El lenguaje de los derechos como cobertura

El desplazamiento tiene también una vía institucional. En septiembre de 2022, la entonces ministra de Igualdad Irene Montero compareció en el Congreso y afirmó que los niños y niñas tienen derecho «a conocer que pueden amar o tener relaciones sexuales con quien les dé la gana, basadas en el consentimiento». La cita fue instrumentalizada por sectores de derechas con lecturas que van más allá de lo que dijo. Pero lo que sí dijo tampoco es inocuo, y desde el feminismo radical tenemos la responsabilidad de decirlo, aunque incomode a quienes comparten trinchera.

La teoría queer disuelve la categoría ‘mujer’ hasta hacerla políticamente inútil. Hace exactamente lo mismo con la categoría ‘menor’: si el consentimiento es siempre una construcción negociable y la autonomía sexual un derecho que no admite límites estructurales, la asimetría de poder entre un adulto y una criatura desaparece del análisis. No porque nadie lo diga explícitamente, sino porque el marco no tiene herramientas para sostenerla. El consentimiento no existe en el vacío. Existe en contextos de poder. Y el contexto de poder más radical que existe es el que separa a un adulto de una criatura. Ignorar ese contexto en nombre de la autonomía sexual infantil no libera a los niños. Los deja solos frente a quienes saben exactamente cómo usar ese lenguaje.

Los organismos internacionales y sus zonas grises

La educación sexual bien diseñada protege a la infancia. Los datos son inequívocos en esto y no es lo que cuestionamos. Lo que merece escrutinio es el marco teórico que subyace a algunas de las orientaciones internacionales de la OMS y la UNESCO: documentos reales, con autoridad institucional, que en ciertos tramos aplican una lógica de autonomía sexual sin anclarla suficientemente en el análisis de las relaciones de poder. No se trata de los bulos que circulan en redes atribuyendo a estos organismos intenciones que no tienen. Se trata de algo más sutil: un vocabulario que, sin el contrapeso del feminismo material, puede ser capturado por quienes tienen interés en borrar las fronteras de protección.

Alemania es el ejemplo más doloroso. Fue pionera en la educación sexual integral desde edades tempranas y también el país donde el escándalo del proyecto Kentler —que durante décadas colocó deliberadamente a niños en acogida con pedófilos conocidos, con la aquiescencia de las autoridades— demostró hasta qué punto el lenguaje de la «liberación sexual» puede convertirse en coartada. No afirmamos equivalencia entre los marcos de la OMS y ese horror. Afirmamos que cualquier marco que hable de sexualidad y menores sin colocar la asimetría de poder en el centro deja abiertas puertas que no deberían abrirse.

Bernedo: el abuso en nombre del progresismo

El caso del campamento Sarrea Euskal Udaleku Elkartea en Bernedo (Álava), que este diario ha tratado en profundidad, condensa con brutal claridad el argumento de este artículo. Cientos de menores de entre 13 y 15 años —más de 526 a lo largo de los años en que operó el campamento, según las investigaciones de la Ertzaintza— fueron sometidos a duchas mixtas obligatorias con monitores adultos desnudos. Las niñas que se negaban eran ignoradas. El atestado de la Ertzaintza llegó al juzgado en abril de 2025. El campamento se celebró igualmente ese verano. La fiscal superior del País Vasco tuvo que denunciar públicamente que el expediente «se quedó en el limbo».

Lo más revelador no son los hechos en sí, sino el lenguaje con que se justificaban: no el del deseo o la depredación, sino el de la «superación de los estereotipos de género» y la «normalización del cuerpo». Es decir, exactamente el mismo vocabulario que circula en documentos institucionales, en leyes, en programas educativos con sello oficial. El abuso, en nombre del progresismo. Una niña de 13 años que dice «no quiero ducharme desnuda con un monitor adulto» está ejerciendo exactamente la autonomía corporal que el feminismo debería proteger. Que su negativa fuera ignorada no es una paradoja: es la consecuencia lógica de un marco que coloca la identidad de género por encima del sexo como realidad material y, con ello, por encima del cuerpo concreto y vulnerable de esa niña.

Que el caso fuera instrumentalizado por la derecha era previsible. Que parte de la prensa progresista dedicara más energía a denunciar esa instrumentalización que a proteger a las menores afectadas también lo era, y también forma parte del problema.

La ventana que debemos cerrar

El feminismo radical ha sido el movimiento que se ha negado sistemáticamente al silencio cómodo. Lo hemos dicho sobre la prostitución, sobre los vientres de alquiler, sobre la teoría queer. Lo decimos ahora sobre la infancia: no hay marco de autonomía, no hay lenguaje de derechos, no hay plataforma de entretenimiento que pueda hacer legítimo lo que es, en su raíz, la explotación sexual de los seres más vulnerables.

La ventana de Overton se puede desplazar en las dos direcciones. Lo impensable puede volver a ser impensable, si hay suficiente presión. Pero esa presión requiere que las plataformas respondan por lo que emiten —Podimo no ha retirado el contenido en el momento de publicar este artículo—, que las instituciones no dejen atestados «en el limbo» mientras los agresores siguen operando, y que quienes tenemos voz la usemos sin esperar a que alguien se escandalice primero.

El patriarcado no necesita ya presentarse como tal. Aprende el idioma de cada época y lo usa: hoy habla de autonomía, de identidad, de derechos. Se cuela en plataformas de entretenimiento, en campamentos de verano, en discursos parlamentarios. Convierte la explotación en derecho y el daño en liberación. Lo que este artículo describe no es una serie de casos inconexos. Es un patrón que se repite porque nadie lo llama por su nombre. Nosotras sí.

Lo nombramos.

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