Sobre la «Alemania violada»

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Estudiando el funcionamiento de la propaganda política o de guerra uno aprende bastante sobre los mecanismos subjetivos de la percepción de la gente. Uno que el Villano notó en seguida en cuanto profundizó un poco en estos temas es que, aunque creo que nadie duda de que objetivamente el asesinato es peor y más dañino, el crimen que más repugnancia nos provoca son los abusos sexuales, especialmente cuando sus víctimas son manifiestamente débiles o indefensas. Ocurre incluso en las cárceles, donde las normas que se autoimponen los reclusos han castigado tradicionalmente con mucha dureza a violadores y similares —el Villano aclara aquí a los lectores «creativos» que siempre hay que no ha defendido a los delincuentes sexuales, que le provocan la misma repugnancia que ha citado, aunque objetivamente haya un crimen peor—. Y así, la propaganda de guerra se ha servido muy abundantemente de este mecanismo subjetivo en dos direcciones, o legitimando la violencia sexual sobre víctimas del bando contrario, o bien al revés, caracterizando a los adversarios como bestias violadoras capaces de las mayores aberraciones.

Uno de los ejemplos más conocidos es lo que algunos historiadores recientes han denominado «el mito de la Alemania violada». Este relato propagandístico volvió a surgir durante las pasadas celebraciones del 80 aniversario de la caída de la Alemania nazi, para marcar distancias con Rusia, que ahora vuelve a ser vendida como el malo de la película, por los que quieren usurpar el sacrificio y el éxito de la Unión Soviética en la confrontación con las bestias más peligrosas y dañinas que la vida produjo nunca sobre nuestro planeta. Ya conocen el mantra, que los soldados soviéticos violaban sistemática y brutalmente a toda mujer alemana que encontraban en su camino a Berlín como represalia por los horrores sufridos.

Para analizar con objetividad esta propaganda conviene no olvidar una triste realidad: las violaciones de mujeres del bando vencido han ocurrido a lo largo de toda la historia de la humanidad como una consecuencia de la brutalidad y la deshumanización del adversario a las que llevan las guerras. Y la toma de Berlín no fue una excepción. Violaciones hubo. Y son repugnantes aunque las víctimas fueran nazis.

Una vez aclarada esta obviedad, pasemos al análisis de este lugar común tan ampliamente extendido por la propaganda goebbelsiana primero y capitalista después. Para empezar, como siempre se hace con la propaganda anticomunista, se han exagerado hasta extremos verdaderamente grotescos los casos de violaciones. Algunos propagandistas han pretendido la absurda cifra de dos millones de mujeres violadas sobre la suposición, nada menos, de que todo niño nacido en Berlín en 1945 y 1946 era producto de una violación de un soldado del Ejército Rojo.

El relato tan ampliamente difundido vino del ministerio de propaganda de Goebbels, que, en los últimos tiempos del régimen nazi, viendo que ya difícilmente iba a poder la Alemania dictatorial contener el avance ruso con sus medios estrictamente militares, difundió que toda mujer de entre 8 y 80 años que pillaban los soviéticos era sistemáticamente violada con excepcional brutalidad. Así se garantizaba que la población civil recelase y se pusiera en contra del avance soviético. Lo reconoció expresamente su secretaria personal, Brunhilde Pomsel, poco antes de su muerte. Una vez caído el poder nazi, en la nueva realidad de la guerra fría, la propaganda prooccidental encontró aquí, en este relato ya difundido y construido, una poderosa arma propagandística y, como tantas cosas pertenecientes al terror nazi que podían serles útiles, la utilizó a su favor.

Conviene no olvidar tampoco que existe también una amplia documentación al respecto de abusos sexuales por parte de soldados norteamericanos y británicos y, al contrario que en el caso de los soviéticos, no han dejado de aparecer nuevas evidencias al respecto, probablemente porque en el caso del Ejército Rojo se exageró hasta tales extremos que ya nada que aparezca puede empeorar el relato consolidado. Hay mujeres alemanas o incluso francesas que testimonian haber sido violadas cuatro veces por cada miembro de algunos grupos de soldados estadounidenses. Por otro lado, los alemanes también desahogaron su entrepierna pero bien sobre las mujeres soviéticas en los primeros tiempos de la Operación Barbarroja, cuando ganaban terreno rápidamente antes de que la URSS coordinara su reacción, lo que pone un poco en perspectiva las cosas.

Pero con todo esto corremos el riesgo de que este análisis quede reducido a una especie de y tú más entre soviéticos y anglosajones. Por ello referiré que los propios mandos del Ejército Rojo tomaron en muchos casos medidas, ciertamente no siempre eficaces, contra los excesos de la tropa. Un informe de los fiscales militares soviéticos, en concreto del Primer Frente Bielorruso, recogía abusos, represalias y acciones ilegales contra un total 908500 personas. Ya de por sí esto es un testimonio de que el mando militar soviético no consintió sin más las tropelías de sus subordinados. Pero además hay otro dato bastante explícito: entre la cifra de casos que citaba el informe sólo 72 fueron de índole sexual.

Quiere esto decir que los soviéticos, como grupo humano que eran, también tuvieron en sus filas, como desgraciadamente ha ocurrido con todos los ejércitos desde tiempos inmemoriales, elementos que, en parte por su propia crueldad y perversión y en parte por los mecanismos destructores de la guerra, se consideraron legitimados o impunes para violar mujeres del bando contrario. Pero antes de informarse según las mismas fuentes que hoy silencian, cuando no legitiman, las violaciones a prisioneros palestinos en los campos de concentración sionistas o los castigos sexuales que las tropas franquistas infligieron a mujeres rojas, incluso valiéndose de las hoy tan denostadas «manadas» de moros violadores que documentan historiadores como Paul Preston en su Holocausto español, siempre hay que tomar precauciones.

La foto icónica de la propaganda de la «Alemania violada» por el Ejercito Rojo. Preguntémonos por qué no conocemos ninguna similar sobre británicos o estadounidenses, cuando también hay documentacuón al respecto de sus abusos.

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