La identidad de género: ¿una moda del primer mundo?

0

Hace unos años, pensar en la identidad de género y sentir incomodidad con ella era una situación rara por poco frecuente. Probablemente, la instalación firme de los estereotipos sexistas impedía muy a menudo que las personas que querían salirse de ellos se encontraran tantas dificultades que renunciaran. Seguramente, esas renuncias han significado frustración e infelicidad para muchas y muchos.

Afortunadamente, las sociedades evolucionan en muchos sentidos, y el progreso debería buscar acabar con esas ‘incomodidades’. En el caso del feminismo, la propuesta siempre ha sido clara: la abolición de los estereotipos sexistas había sido vista como la solución para que cada uno adoptara las costumbres y el aspecto que le viniera en gana, sin que esto tuviera que estar determinado por el hecho de ser hombre o mujer. Una auténtica abolición del género o, al menos, de los estereotipos asociados.

Pero en un giro de guion inesperado, desde hace unos años se ha producido la sacralización de esos mismos estereotipos, que para algunos son los que determinan quién es hombre y quién es mujer. Y en otra vuelta de tuerca, quien quiere huir de ellos parece que solo puede encontrar refugio en la negación de la biología y el ‘binarismo’ que esta determina. Y la consecuencia es llamativa, en toda la sociedad pero marcadamente en algunos grupos: por ejemplo, cada vez más niños y adolescentes se identifican como trans o no-binarios y, en especial, destaca la cantidad de hijos e hijas de celebridades de Hollywood que se han declarado como tales. ¿Casualidad o tendencia?

No se puede ignorar el hecho de que esta ola de «disidencia de género» se concentra en sociedades acomodadas y en determinadas capas sociales, con una incidencia particularmente elevada en ciudades como Nueva York, que lidera las estadísticas en número de menores trans. ¿Por qué este fenómeno no se da con la misma intensidad en otras zonas del mundo menos desarrolladas? ¿Podría ser que estemos ante un efecto contagio, una especie de tendencia social más que una realidad biológica inamovible?

En psicología, se habla del efecto contagio cuando un comportamiento se propaga por imitación y por presión social. Esto no significa que todas las ‘personas trans’ hayan adoptado esta identidad por influencia externa, pero sí que invita a reflexionar sobre hasta qué punto el fenómeno está siendo impulsado por factores culturales. La identidad de género ha pasado de ser un asunto puntual a convertirse en un elemento casi imprescindible en ciertos círculos progresistas y de élite. Además, esta identidad se asocia a menudo con valores como la bondad, la necesidad de protección, la libertad y la inclusividad, hecho que contribuye a su atractivo social. De alguna manera, pertenecer a este «club» ofrece un estatus de virtud, lo cual explica por qué tantos adolescentes y jóvenes se sienten atraídos por él.

Un ejemplo paradigmático de esta dinámica es el caso de Karla Sofía Gascon, una persona que, a pesar de haber hecho actuaciones mediocres, ha recibido nominaciones para diversos premios simplemente por su condición ‘trans’. Este fenómeno es aún más evidente cuando observamos cómo se le perdonan tuits ofensivos dirigidos contra varios colectivos, mientras que otras figuras públicas reciben una fuerte cancelación por comentarios mucho menos polémicos. Esto contrasta con el trato que reciben las feministas críticas con la ideología de género, que, incluso cuando se expresan de manera respetuosa y basada en hechos empíricos, se enfrentan a represalias, pérdidas de trabajo y acoso.

Otro aspecto fundamental que hay que tener en cuenta es que muchas de las personas que experimentan disforia de género en realidad están expresando un malestar profundo que puede estar vinculado con otros factores: traumas, ansiedad, depresión o incluso la dificultad de encajar en los cánones de feminidad o masculinidad imperantes. La psicóloga Lisa Littman ya alertó sobre el fenómeno de la «disforia de género de aparición rápida» (ROGD, en sus siglas en inglés), en el que grupos de adolescentes, sobre todo chicas, se declaran ‘trans’ de repente y sin un histórico previo de disforia infantil.

¿Podemos relacionar esta situación con la Pirámide de Maslow? Esta es una teoría psicológica que explica cómo las necesidades humanas se distribuyen en diferentes niveles, desde las básicas (alimentación, seguridad) hasta las más complejas (autorrealización). En una sociedad donde las necesidades fundamentales están cubiertas, las personas buscan nuevos espacios de expresión personal y de diferenciación social. Así, no resulta extraño que las preocupaciones identitarias tengan una mayor incidencia en entornos donde no hay problemas de supervivencia inmediata.

Ahora bien, cuando la realidad golpea con fuerza, ¿qué pasa con estas preocupaciones? Tomemos como ejemplo la DANA del pasado 29 de octubre en el País Valencià, cuando muchas familias lo perdieron todo en inundaciones devastadoras. En momentos de crisis auténtica, la mayoría de la población no está pensando en qué pronombres utilizará, sino en cómo encontrar un lugar donde vivir, comer o incluso ayuda para reconstruir su vida.

Todo esto nos debería hacer reflexionar sobre qué problemas estamos priorizando como sociedad. No se trata de apartar o ignorar cuestiones vitales, sino de determinar cuáles lo son, y dedicarnos a ellas. Es hora de preguntarnos si la identidad de género se ha convertido en una necesidad de validación de aquellos que tienen el lujo de poder olvidar las preocupaciones vitales que todavía afectan a la mayor parte de la humanidad.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.