Los negacionismos matan 

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Gemma Avellan Bisbal, Espai FIGA 

Hace unos años, un meteorólogo me explicó que los fenómenos meteorológicos iban a ser extremos debido al calentamiento global del planeta. Y la DANA, destructora de tierras y vidas, que ha devastado el País Valenciano es una muestra muy patente de la virulencia climática a la que nos enfrentamos. Nadie sin un mínimo de cordura ‒los hay que no tienen ni pizca‒ discute que el cambio climático es un hecho innegable, que ha llegado para quedarse y que nos traerá verdaderos quebraderos de cabeza. 

Las personas mayores de los pueblos valencianos, con un montón de experiencias y riadas históricas a sus espaldas, no recuerdan nada parecido a lo que pasó el 29 de octubre en la cuenca del Magro y del barranco de Chiva. Y esto hace más necesario, si cabe, insistir en la importancia de la ciencia para rebatir el terraplanismo climático, porque hemos podido comprobar de cerca que, con 224 víctimas mortales (de momento), el negacionismo del cambio climático mata.

Pero, ¿qué hacemos con el negacionismo biológico? Paradójicamente, en la mayoría de los casos, quienes abanderan la causa ecologista y progresista también apoyan otra cuestión indefendible desde el punto de vista científico que les lleva a negar un hecho irrefutable: que el sexo es binario, es decir, que las especies, también la especie humana, se dividen en machos y hembras. Y no puedo entender que, si es fundamental basarse en la ciencia cuando hablamos de medio ambiente, ¿por qué se recurre al dogma para dar entidad plena al sexo sentido? Parece que nadie se plantea qué le puede pasar a una persona para que sienta ese deseo, malestar o rechazo por su cuerpo. Pero lo cierto es que el argumento o diagnóstico «ha nacido en un cuerpo equivocado» es totalmente contrario a la biología y, por ende, a la ciencia.

Es realmente aterradora la vehemencia ‒incluso, la violencia‒ con que, desde la progresía mundial, se defienden las teorías queer, unas teorías que requieren tener nivel avanzado en actos de fe, no solo para creerlas, sino también para entenderlas. Y considero que, justamente por eso, porque no hay quién las entienda, las resumen en una sola afirmación: «Son derechos humanos». Y así, lapidan cualquier contraargumento razonado que tenga que ver con lo que defiende el feminismo: los derechos humanos de las mujeres.

Pero lo más preocupante es el daño y el sufrimiento que propician, tanto psicológico como físico, a las personas que no encuentran la manera de encajar en la sociedad porque no cumplen con el canon, el estereotipo establecido que impone qué es una mujer o un hombre. Y, puesto que el capitalismo y el patriarcado en que vivimos ‒y aquí el elemento contradictorio con los valores de la izquierda‒ obliga a ser de una manera determinada, la solución es rápida y «fácil»: adecuar el cuerpo a la idea de feminidad o masculinidad estereotipadas. Parece que cuesta menos que concienciarnos de que cada uno puede ser, vestirse y expresarse como quiera y amar a quién quiera, sin tener que pasar por procesos quirúrgicos dolorosos ni terapias hormonales crueles que, con el tiempo, afectan a la salud de personas cada vez más jóvenes. Por no hablar de los suicidios que no se han podido evitar por no tratar el trastorno que se causa y querer satisfacer deseos, que no derechos. Por eso, el negacionismo de la biología también maltrata y mata.

Finalmente, y ya que desear tiene premio, mi deseo es que la izquierda no caiga en estas contradicciones e incoherencias. El feminismo persigue el fin de la desigualdad entre los sexos y, para lograrla, es imperativa la abolición del género, de los estereotipos sexistas y de los modelos de feminidad y masculinidad conocidos. Así, no solo pondremos fin a la opresión de las mujeres, sino también al sufrimiento y malestar de las personas que solo encuentran solución negando y maltratando su cuerpo. La izquierda, los partidos progresistas no deberían ser cómplices de este negacionismo biológico.

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