Modernez carca

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Por Pilar Aguilar Carrasco

¿Habéis ido a ver Emilia Pérez?

Si no habéis ido, no vayáis. Si sentís curiosidad, (cosa que entiendo porque ser curiosa es un encomiable “defecto” que no debemos perder nunca), intentad verla sin pagar. O sea, no contribuyáis con dinero a esta prédica reaccionaria y misógina. 

Inciso: Lo de no pagar no se aplica del ningún modo a las películas realizadas por mujeres, esas hay que verlas pagando y preferiblemente en sala de cine. 

Bien, vamos al grano: Audiard no es un director adocenado, tiene personalidad y talento. Sus films son visualmente impactantes y nada monótonos. Te los bebes sin pestañear. No en vano Audiard es la persona que más premios ha obtenido en los César (equivalentes a nuestros Goyas), diez en total: uno por la mejor ópera prima, dos por mejor película, tres por mejor director y cuatro por mejor guion). 

Porque sí, también es un buen guionista. Audiard no cultiva la palabrería de salón literario a la que el cine francés es proclive (con más o menos éxito y calidad, claro). Todo lo contrario. Sus guiones tienen mucha acción y un ritmo e inventiva encomiables y las peripecias de sus películas a menudo sorprenden e interesan, incluso comprendiendo que, a veces, “se pasan tres pueblos”, se delectan con la violencia (Dheepan) y/o encumbran a personajes extremadamente tramposos, deshonestos y sin escrúpulos (Un prophète). No estoy diciendo, por supuesto, que un cineasta no deba mostrar la brutalidad o la corrupción, pero ¿con qué mirada? Porque la mirada sobre lo narrado siempre existe, incluso el documental más documental que pensarse pueda tiene un punto de vista. 

Emilia Pérez no es, ni muchísimo menos, uno de los mejores films de Audiard aunque seguramente será el más premiado ya que trata del tema “sagrado”: al transactivismo supermoderno-guay. Las feministas sabemos que el transactivismo nace y se alimenta de una ideología muy reaccionaria y misógina que, entre otras cosas, intenta triturar las demandas de igualdad de las mujeres. La versión de Audiard es, además, extremadamente carca. 

A saber: un tipo sanguinario, jefe de un potentísimo cartel, se siente mujer. Pero, al nacer, le “atribuyeron el sexo equivocado”, por lo que no le quedó más remedio que hacerse supermillonario a base de tráficos mafiosos, drogas, crueldad y crímenes ¡Pobrecillo! ¡la transfobia lo obligó a ser un desalmado! 

Cuando, por fin, puede revelar su “verdadero ser” y destapar a la mujer que lleva dentro, no solo cambia su apariencia física (incluida la piel, cosa inaudita) también su carácter, su pensamiento, sus emociones… todo, todo y todo. Salvo una cosa: su orientación sexual. O sea, es “lesbiana” (como Duval, “la” soldado Francisco y un largo etc.). Por lo demás, es tan mujer que se dedica a lo que siempre el patriarcado nos ha asignado como “lo nuestro”: las obras de caridad y los hijos. Bueno, a los hijos se los cuidan una cuadrilla bien nutrida de mucamas (a las que, por cierto, Audiard despersonaliza total y radicalmente). Pero -como luego demuestra- los quiere con una locura similar a la de Belén Esteban: “Yo por mis hijos, mato”.

Sus obras de caridad consisten en desenterrar los cadáveres de los asesinados por bandas mafiosas (la suya entre otras) y devolvérselos “piadosamente” a las familias ¡Qué tierno! ¿verdad? Aunque, ojo, ignorando las más de 3.000 mujeres (sí, 3.000) asesinadas en México en 2023. Por lo visto, ellas no merecen ni la caridad.  

No puedo relatar todos los detalles cutres-reaccionarios de esta película pero sí uno cuya misoginia me irrita profundamente: el rol de Zoe Saldaña. Empieza siendo un personaje interesante, luchadora, inteligente, con proyectos, sueños y hasta madre… termina siendo una figura deslustrada, reducida al papel de servil adoradora de Emilia. Todo un viaje a ese abismo que el patriarcado desea para nosotras, pero con un importante aggiornamento: añadir un nuevo amo al de siempre. Antes, teníamos que ser adoradoras-servidoras de los hombres, ahora, si vas de moderna-guay, también de los trans. Así, en vez de inquietarse por la igualdad hay que inquietarse por la “diversidad”. La diversidad de los hombres trans, claro, porque, como bien sabemos, las otras “diversidades” (opción sexual, etnia, discapacidad, etc.) solo sirven de pretexto y relleno ¿la prueba? La interpretación de Zoe Saldaña es magnífica, pero ¿con quién babea todo el mundo? Con el trans, no con la “racializada” (y menos mal que le acaban de dar un Globo de Oro a Zoe, menos mal). ¿A que nadie conocía el “talento” actoral de Carlos Gascón antes de convertirse en Karla Sofía? Su interpretación en este film es plana e insulsa, sin matices. Pero no hay nada mejor para triunfar que hacerse de la cofradía de los “pobres discriminados”.

En resumen: Audiard siempre fue buen director y guionista aunque, a veces, sus propuestas fueran bastante reaccionarias, pero, en este film, se supera, no en calidad, sino en conservadurismo, carcundia y misoginia

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