Jesús Carretero Ajo
No fui negligente en mi confesión
y con la paciencia y sangre fría de un cirujano
realicé un examen de conciencia exhaustivo
analizando mi conducta con la intención
de buscar en algún recoveco de la glándula pineal
-el principal asiento del alma según Descartes-
alguna culpa
falta
yerro
o debilidad
pero no encontré evidencias de pertenecer
a ninguna categoría del pecador contumaz
-aunque posiblemente sí lo sea para la iglesia
y hasta un delincuente para la justicia-
y como de nada me tenía que arrepentir
mi corazón
en vez de un montón de escombros
se transformó en una máquina alegre
que no necesitaba propósito de enmienda.
Aun así
utilizando como confesionario
la barra de un bar me acusé ante el camarero
que me sirvió una cerveza
de ser un pobre parado sin derecho a subsidio
y de coger alimentos necesarios donde hay en abundancia
sin pasar por caja
porque uno tiene el vicio de comer
y también de okupar una vivienda vacía
en poder de una entidad financiera
pues según me he informado es un derecho fundamental
vivir bajo un techo que te cobije.
El camarero
tras escuchar mi confesión
me dijo que la penitencia -picar piedras entre rejas-
se la impondría
si en sus manos estuviera
a los banqueros por lo que roban
a los empresarios por lo que explotan
y a los jerarcas de la iglesia por lo que roban explotan y mienten.
Cuando acabó su plática
y al no haber pecado que absolver
me preguntó si quería otra cerveza y yo le respondí: «así sea».








