Más allá de lo que ves, lecciones disruptivas de Marx y Lenin para hackear la realidad (2)

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Juan López Páez

El algoritmo de las redes sociales y la colonización de la atención

Hoy, dejamos las calles de la entrega anterior para hackear las pantallas y desarmar el espejismo del scroll infinito. En la era digital, la atención humana se ha convertido en el territorio más codiciado del planeta. Creemos que somos usuarios soberanos eligiendo qué mirar, cuando en realidad  somos el trabajo vivo no remunerado de una maquinaria invisible de extracción de valor,  somos la materia prima de la que se extrae la plusvalía digital dentro de una maquinaria invisible de acumulación capitalista.

Para romper este hechizo, aplicamos el bisturí de la dialéctica al smartphone(interfaz) que deslizamos (scroll) cada mañana, la atención humana en la era digital es un territorio de extracción de valor y plusvalía digital

«Soy liviano
pero te quito el sueño al amanecer.
No soy comida, pero te alimento la curiosidad
Soy la ventana que más buscas,
y lo primero que quieres ver”.

  1. El Concreto Representado (La Superficie)

Como bien plantea el acertijo, para el ciudadano del siglo XXI, el día no comienza con la luz del sol, sino con el resplandor azul de una interfaz. Es un acto reflejo, casi biológico: antes de que la conciencia termine de despertar, la mano ya ha colonizado el dispositivo y el pulgar inicia su danza mecánica de scroll infinito. Lo que percibimos como un gesto soberano de conexión o simple ocio es, en realidad, el engranaje inicial de una maquinaria de explotación invisible.

Qué observamos a simple vista: Personas de todas las edades en el transporte público, jóvenes encerrados en su cuarto deslizando el pulgar hacia abajo de forma casi inconsciente sobre una pantalla táctil para actualizar el flujo de contenidos (feed). Vemos videos cortos, memes, publicaciones de amigos y creadores de contenido que se reproducen uno tras otro sin interrupción. La experiencia de recorrer este muro digital se siente fluida, divertida y adaptada perfectamente a nuestros gustos personales.

  • La narrativa oficial (Doxa)

 Las redes sociales se presentan como «plataformas democráticas de conectividad global» y herramientas de «entretenimiento gratuito». El algoritmo es vendido como un asistente benévolo de Inteligencia Artificial que solo busca «mejorar la experiencia del usuario» y «conectar a las personas con lo que les apasiona«. El scroll infinito se percibe como una comodidad de diseño, y la adicción digital como un problema de «falta de autocontrol» o una falla psicológica individual.

 El diseño no es accidental, es la psicología de la tragamonedas. La fluidez de la interfaz no responde a la estética, sino a la ingeniería del control conductual. El mecanismo del scroll infinito es una transposición directa de las máquinas tragamonedas de Las Vegas, utilizando la «recompensa variable intermitente» para anular la voluntad crítica.

  1. El Análisis Crítico (Descomposición)

Si dejamos de consumir pasivamente y empezamos a desarmar la arquitectura de la pantalla en sus componentes esenciales, emergen las contradicciones del modelo:

El mito de la gratuidad: Si el producto es un software de acceso libre, el verdadero valor de cambio en juego no es la aplicación, sino el tiempo de vida y los datos psicométricos que el usuario entrega en cada segundo de conexión.

La asimetría del código: El usuario no compite contra una máquina neutral, sino contra un superordenador que analiza sus pulsaciones, el tiempo que se detiene en una imagen y sus reacciones microemocionales para predecir y manipular su comportamiento futuro.

El diseño persuasivo como control conductual: El mecanismo del scroll infinito está inspirado directamente en las máquinas tragamonedas de Las Vegas (recompensa variable intermitente). No hay un botón de «parar» porque la incertidumbre de saber si el próximo video será mejor mantiene al cerebro en un estado de dopamina constante, anulando la voluntad crítica.

  •  Lo Abstracto-Universal (Las Categorías Fundamentales)

Al llegar al núcleo del sistema, descubrimos que las leyes de la acumulación capitalista operan con una precisión matemática detrás de cada pixel:

Subsunción real del tiempo de ocio: Marx analizó cómo el capital históricamente colonizó la jornada laboral en la fábrica. Hoy, mediante el algoritmo, el capitalismo de plataformas logra la subsunción real de las esferas que antes escapaban al mercado: el descanso, la socialización y el pensamiento íntimo. El tiempo de no-trabajo se transforma en tiempo de producción de datos y consumo de publicidad.

La plusvalía de la atención y los datos: El algoritmo no es magia; es un medio de producción de alta tecnología de propiedad privada. Al optimizar los flujos de información, reduce a cero los «tiempos muertos» de la mente humana. Convierte la actividad cerebral y emocional del usuario en mercancía empaquetada (perfiles de comportamiento) listos para ser vendidos al mejor postor en el mercado publicitario.

Fetiche de la mercancía digital y alienación:

La pantalla produce una desconexión radical entre la apariencia del contenido (el video gracioso o la opinión política del momento) y la esencia de su producción (servidores de alto consumo energético, minerales extraídos en condiciones de semiesclavitud y programadores ultraexplotados). El usuario queda alienado, aislado en su burbuja de filtros personalizados, confundiendo la agitación de la Doxa digital con la verdadera praxis política y social

El sistema no solo extrae valor, sino que gestiona activamente la disidencia mediante la ingeniería social. La alienación se profundiza con los think tanks (laboratorios de ideas), vinculados al establishment demócrata en EEUU o la socialdemocracia europea, corriente de pensamiento y análisis esencialmente reformista, que atomizan a la población promoviendo políticas de identidad hiper fragmentadas (woke). Si bien otorgan gran importancia a movimientos sociales específicos, subestima al movimiento obrero, el más grande y unificador de todos los movimientos de masas, considera que el origen económico y la clase social a la que pertenece una persona se consideran de importancia secundaria. La clase se percibe como una identidad más, pero nunca como la decisiva o definitoria, la lucha de clases como motor de la historia, la clase social queda relegada a un segundo plano.

Desplazan la contradicción fundamental: la división entre poseedores del algoritmo y productores del dato, hacia batallas culturales en el feed, el capital logra que los usuarios se enfrenten entre sí por cuestiones de reconocimiento simbólico, dinamitando cualquier posibilidad de solidaridad de clase.

Bajo esta misma lógica fetichista, el sistema mercantiliza su propio veneno ofreciendo el detox digital como una supuesta cura. Esta desintoxicación individual no es más que un bálsamo burgués y un privilegio de clase: no destruye la maquinaria de extracción de plusvalía, sino que actúa como el viejo descanso dominical de la fábrica, reparando temporalmente la atención del consumidor para devolverlo, dócil y productivo, al engranaje del scroll infinito.

¿Cómo sería ese «hackeo» o resistencia colectiva desde la perspectiva de Marx y Lenin?

Si cruzamos ambas visiones, el algoritmo deja de ser un «software de entretenimiento» y se revela en su verdadera esencia dual: es máquina económica de extracción (Marx) y aparato político de dominación (Lenin).

Se rechazan términos neutrales y se enfoca la definición en la enajenación de la conciencia y el control monopolístico. Nos creemos usuarios soberanos eligiendo qué mirar, cuando en realidad somos la masa celular rentabilizada por el capitalismo parasitario, que extrae dividendos de nuestro aislamiento mediante una maquinaria invisible de control digital. Mientras Marx se habría enfocado en cómo el algoritmo extrae plusvalía de tu tiempo de atención (teoría del valor), Lenin enfatizaría que el algoritmo es el mecanismo de propaganda y control monopolístico definitivo para evitar que las masas adquieran conciencia de clase.

  1. El Viaje de Retorno (La Síntesis o Praxis Digital)

Llegados a este punto, la indignación pasiva no sirve de nada. Quedarse en el lamento moralista sobre «lo adictivas que son las pantallas» es caer en la trampa del intelectualismo inerte. Marx nos recordó en su XI Tesis sobre Feuerbach que el objetivo no es solo interpretar el mundo de distintas formas, sino transformarlo. Por su parte, Lenin, en su texto ¿Qué hacer?, dejó claro que.la conciencia de clase no brota de manera natural ni espontánea en los trabajadores a través de su día a día.

Para Lenin, si dejamos a la clase obrera abandonada a su propia suerte y a sus luchas cotidianas, lo único que desarrollará de forma espontánea es una «conciencia tradeunionista» (sindical). Es decir, una mentalidad que busca mejorar las condiciones dentro del sistema (pedir mejores salarios, menos horas de trabajo, mejores contratos), pero sin cuestionar la existencia misma del capitalismo.

Para pasar de la queja abstracta al «hackeo» político de las pantallas, la praxis digital exige transitar tres pasos leninistas

-De la agitación atomizada a la organización colectiva: El algoritmo triunfa porque nos aísla en burbujas de consumo individuales donde el descontento se desahoga en un tuit o un like estéril. «Hackear» la pantalla no es un acto de desconexión mística individual o «detox digital» (desconexión). Exige colectivizar el uso de las tecnologías. Significa utilizar los canales del enemigo monopolístico para coordinar, agrupar y vertebrar estructuras políticas reales fuera de la red.

-El algoritmo como el Iskra del siglo XXI (La táctica de la infiltración)

 Lenin concibió el periódico no solo como un difusor de ideas, sino como un organizador colectivo que conectaba las células clandestinas y unificaba la agitación. Hoy, ante el repliegue de los espacios físicas de socialización, la vanguardia no puede abandonar la trinchera digital por puro purismo ideológico. Se deben expropiar tácticamente las lógicas de viralización del capital; dominar el lenguaje del formato corto y la estética de la plataforma, no para integrarse dócilmente en la Doxa superficial, sino para infiltrar vectores de agitación e inocular la teoría crítica que sabotee la narrativa burguesa. Sin embargo, no hay que llamarse a engaño: la pantalla jamás sustituirá la organización en el territorio. El uso revolucionario de la red es solo el vector de arranque para despertar la conciencia de clase y arrastrar al usuario fuera de la alienación de la interfaz hacia la praxis real y organizada.

-Desmitificar la neutralidad técnica (La expropiación de la infraestructura)

No podemos ser siervos del ecosistema técnico del adversario de clase. El fetichismo tecnológico imperante pretende presentar las redes de Silicon Valley como herramientas neutrales, cuando en realidad constituyen el aparato de dominación ideológica y control monopólico de la burguesía financiera. La praxis leninista no se conforma con la retirada pacífica hacia pequeños espacios alternativos; exige sentar las bases estratégicas para el asalto y la expropiación forzosa de los medios de producción digital. Esto implica el despliegue inmediato de servidores autónomos, infraestructuras soberanas y redes de comunicación de partido, concebidas no como un fin en sí mismas, sino como plataformas de combate destinadas a centralizar la agitación. Debemos organizar las fuerzas productivas digitales para que, mediante la acción revolucionaria, pasen de manera inmediata y sin indemnización bajo el estricto control obrero.

Conclusión

 Las pantallas se han convertido en el principal frente de la guerra ideológica contemporánea y en un aparato centralizado de dominación monopólica. Entramos en el terreno virtual no para rendirnos al confort del aislamiento doméstico ni al engaño del escapismo identitario, sino para desarmar las leyes científicas de la interfaz, infiltrar vectores de agitación e inocular la teoría crítica en las masas alienadas por el scroll infinito.

No obstante, la vanguardia no olvida que la emancipación no se consuma detrás de un monitor. El uso revolucionario de la tecnología es solo la chispa inicial destinada a organizar la contraofensiva en el mundo material. La revolución no será televisada, ni se disolverá en la simulación de las redes; la revolución tendrá que ser programada, organizada y ejecutada mediante la toma consciente de los medios de producción.

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