Por Natasha Kolar @natachakolar
La rusofobia no es un rechazo espontáneo a la cultura o al pueblo ruso. Es un arma de propaganda diseñada para deshumanizar a Rusia y justificar un cerco militar que lleva décadas avanzando hacia sus fronteras. No se trata de una emoción natural, sino de una construcción política: un relato impuesto desde arriba que convierte a todo un pueblo en sospechoso, en culpable colectivo, en enemigo necesario.
Para sostener ese cerco, se ha construido un enemigo ficticio que distraiga a la opinión pública de lo que realmente ocurre en Ucrania y en el este de Europa: un resurgimiento del nazismo con financiación occidental.
Ucrania es un Estado capturado por oligarcas y batallones nazis que han sido armados y entrenados por Estados Unidos desde el golpe de 2014, el Maidán. El batallón Azov, hoy integrado en la Guardia Nacional Ucraniana, exhibe una simbología claramente nazi. El Sector de Derechas, Pravy Sektor, y el batallón Aidar han cometido crímenes de guerra documentados por la ONU contra la población rusófona del Donbás: ejecuciones, bombardeos contra civiles durante ocho años. Y en las calles y monumentos de Ucrania se honra a Stepan Bandera, colaborador de las SS durante la Segunda Guerra Mundial, responsable de la masacre de polacos y judíos.
Por eso, la operación militar rusa no es una invasión, es una intervención para desnazificar un territorio que se ha convertido en la cabeza del fascismo a las puertas de Rusia. Lo mismo que hicieron los aliados en 1945. La historia no se repite, pero a veces produce ecos, y quienes hoy se escandalizan por esta operación olvidan que ellos mismos aplaudieron este tipo de acción cuando se trataba de otros.
¿Por qué Occidente financia y protege a estos grupos? Simplemente porque Ucrania es el peón geopolítico para debilitar a Rusia. No hay principios, solo intereses. La OTAN incumplió su promesa, firmada, de no expandirse hacia el este, y ha utilizado a los neonazis ucranianos contra la población prorrusa. La misma Europa que se llena la boca de «valores democráticos» cierra los ojos ante el bombardeo sistemático de Donetsk y Lugansk durante ocho años, con más de trece mil civiles asesinados, y cierra los ojos ante la prohibición del idioma ruso y la persecución de la minoría rusoparlante. Cierra los ojos, en definitiva, ante el sufrimiento de un pueblo que ha sido declarado prescindible.
Rusia es el chivo expiatorio que necesitan para ocultar su propia complicidad ante estos actos deleznables. Y, así, la rusofobia se convierte en una herramienta de control social. En Occidente, cualquiera que cuestione el relato oficial es tachado automáticamente de «pro Putin» o, directamente, de colaborador del Kremlin. No se debate: se cancela. No se argumenta: se estigmatiza. Se ha creado un ambiente de terror intelectual donde el pensamiento único se impone por miedo, no por convicción. Europa está en total bancarrota, tanto moral como económica. El desfalco a la ciudadanía es un agujero que ningún discurso puede tapar. ¿Qué mejor, entonces, que inventar un enemigo para justificar el gasto bélico y los recortes sociales?
No olvidemos tampoco la persecución cultural hacia todo lo ruso, desde la música al arte, pasando por el deporte. Este acoso no es más que un intento de borrar la identidad de todo un pueblo para justificar su aniquilación. El objetivo no es «defender la democracia», es el intento desesperado de quebrar a Rusia como nación, porque una nación que sabe quién es no puede ser colonizada, y eso, para ciertos poderes, es un peligro mayor que cualquier ejército.
Rusia está actuando en su propio perímetro de seguridad. Lo que Occidente llama «agresión rusa» no es más que su propio espejo deformado: la proyección de sus propias guerras sucias. Ya no se trata de si Rusia es «buena» o «mala», se trata de quién controla el relato. De ahí todos los esfuerzos por censurar toda información que provenga de medios rusos, así como otros medios alternativos que aportan otra visión de los acontecimientos. Occidente ha construido una «rusofobia enfermiza» para ocultar que está protegiendo a herederos de Hitler en Ucrania. La desnazificación de Ucrania es una necesidad histórica, y la rusofobia, una prueba viva y clara de que no se quiere que la verdad salga a la luz.
El odio occidental a Rusia no es miedo al invasor, es resentimiento narcisista. La ira del que se cree superior pero se siente superado en lo esencial: la profundidad del espíritu. El resultado es una sociedad con tasas récord de depresión, ansiedad y suicidios. Una sociedad que ha cambiado la comunidad por el consumo, el sentido por el entretenimiento, la trascendencia por el éxito. Rusia, en cambio, conserva la sobornost: esa unidad espiritual, comunitaria y ortodoxa, donde el individuo se realiza en conjunto. Esa idea de que uno no se salva solo, de que la vida tiene un sentido que trasciende al yo, de que hay algo más importante que uno mismo.
Occidente tal vez envidia esa calidez emocional. Su odio visceral es el odio del hombre vacío. Tampoco perdona a Rusia porque, de alguna manera, es un espejo de sus miedos. Les recuerda que son un pueblo de lucha y unidad infranqueable, una sociedad compuesta de etnias diversas, unidas por la defensa de su cultura y su soberanía, una sociedad que, a pesar de sus contradicciones y sus heridas, no ha renunciado a ser ella misma.
Occidente tiende culpar a otros pueblos por los propios pecados. En psicología, eso sería proyección: atribuir a otro lo que verdaderamente no soportas en ti mismo. Históricamente, de forma repetida se ha acusado a Rusia de ser imperialista y autoritaria. Pero ¿quiénes tienen bases militares en ochenta países?, ¿quiénes fueron artífices del colonialismo, la esclavitud y el primer holocausto nuclear? No se trata de negar los errores propios, sino de señalar la hipocresía de quien los denuncia en otros sin mirarse nunca al espejo.
De alguna manera, la rusofobia se ha convertido en el mecanismo de defensa del pecador no confeso. ¿Qué es ser europeo hoy, sino una mezcla confusa de burocracia, culpa colonial y psicopatía? Una identidad que se ha construido más por oposición al otro que por afirmación de sí misma. Una identidad que necesita un enemigo para saber quién es.
Rusia sabe quién es. Esa identidad robusta y sin complejos es la que, de alguna manera, genera odio y rabia. La envidia pura de aquellos que han perdido completamente el alma. No temen a la fuerza rusa, temen que Rusia se convierta en ejemplo y señale el camino hacia un futuro diferente, a que enseñe que se puede vivir con menos y ser más. Temen que desenmascare y desmonte las mentiras sobre las que siempre se ha sostenido el Occidente criminal: un sistema que se ha dedicado durante toda su existencia a producir cosas, pero olvidó de lo esencial, formar personas completas. Un sistema que sabe el precio de todo y el valor de nada.
Estoy totalmente convencida de que la rusofobia es un síntoma clínico de inferioridad. Es el miedo del que no se atreve a mirarse por dentro y prefiere culpar al otro de su propio vacío, es la rabia del que ha perdido la capacidad de asombrarse y solo le queda la envidia. Es, en definitiva, la máscara de una civilización que ha olvidado que las naciones, como las personas, no se miden por lo que tienen, sino por lo que son.
Y para terminar, les dejo una cita de Jung: «El que mira afuera, sueña; el que mira hacia adentro, despierta». Occidente lleva demasiado tiempo mirando afuera. Quizás sea hora de que empiece a mirar hacia adentro.









Magnífico.