Por Gala García
Seguro que todos habréis oído alguna vez la expresión chulo piscinas. Aunque, de no ser así, puedo refrescaros la memoria. Ese término era el que algunas personas de mi entorno, posiblemente acomplejadas por una naturaleza poco generosa con ellas, solían utilizar para referirse a un individuo que, con mucha fe en su atractivo, se pavoneaba alrededor del vaso de la piscina municipal para deleite de los espectadores y engorde de su propio ego.
Hoy vengo a escribir sobre algo similar: sobre ese chulo piscinas que es el ayuntamiento de mi pueblo, donde el guaperas, más que admiración, despierta ojeriza. Un guapo rematadamente tonto.
Ese ayuntamiento tan controvertido está compuesto por ediles de jeta cetrina que no son precisamente usuarios asiduos de la única instalación recreativa que se encuentra en un estado óptimo dentro del municipio. Son ellos mismos quienes se han encargado de subir el precio de la piscina mediante una modificación de la ordenanza municipal aprobada en acuerdo de Pleno, algo que no admite discusión. Porque, nos guste o no, los ayuntamientos tienen la legitimidad para establecer modificaciones en los precios públicos mediante acuerdo plenario. Y, como tienen el poder, lo ejercen.

Pero lo reprochable no es eso, sino la forma en que lo han hecho: antes, mal y pronto. Porque esa subida, aunque legítima, debería haber entrado en vigor al día siguiente de su publicación definitiva en el boletín oficial correspondiente, en este caso el de la provincia.
La cronología es la siguiente. En mayo, el ayuntamiento decide mediante acuerdo plenario aumentar el precio y, como va tarde pero quiere recaudar, imprime directamente los tickets con la nueva tarifa. Posteriormente abre la piscina a mediados de junio, cobrando el importe que figura religiosamente en el papelito y que los usuarios pagan sin cuestionarse, al más puro estilo Joaquín Prat, si ese es realmente el precio justo. El verano sigue su curso, con cuatro olas de calor que hacen olvidar al usuario cualquier preocupación por el importe abonado.
En agosto llega el drama. A finales de mes, cuando el calor todavía aprieta, cuando la piscina está a pocos días de cerrar y el bronceado comienza a desaparecer, es cuando la nueva tarifa entra finalmente en vigor.
Lo significativo es que estas prácticas dejan al descubierto la incompetencia, ya no solo de quienes gobiernan a nivel local, sino también de quienes les asesoran. Y esto me lleva a reflexionar sobre otro aspecto: la actuación de una oposición completamente ausente, apática e igualmente incompetente, incapaz siquiera de señalar y amplificar los errores de un gobierno local que decepciona a diestro y siniestro.
Lo que queda claro es que los vecinos de este municipio, pese al silencio generalizado y ante lo que consideran un auténtico atraco, no son idiotas. A veces solo esperan que otras voces recojan sus denuncias y las eleven públicamente para impedir que los chulos piscinas se regodeen contemplando cómo les han birlado la cartera.








