La migración: un espejo de nuestras desigualdades

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Por Natasha Kolar @NatachaKolar

La migración no es una anomalía en la historia de la humanidad; es su estado natural. Desde los primeros homínidos, el ser humano se ha visto, obligado en muchas ocasiones, al desplazamiento. Un mecanismo de supervivencia y evolución de nuestra especie.

Sin embargo, en el siglo XXI, este instinto primario se ha topado con un mundo lleno de fronteras rígidas y políticas restrictivas, en lugar de abordar el movimiento desde un prisma más humano. Hablar de migración no es hablar de números o de estadísticas, es hablar de una tensión constante entre la pertenencia y la urgencia de sobrevivir.

Para entender el fenómeno habría que desglosarlo en los factores que impulsan a abandonar el lugar de origen por razones económicas, sociales y políticas. Para muchas personas, emigrar no es una opción, sino la única alternativa a la muerte o la indigencia.

Por otro lado, está la búsqueda de seguridad jurídica, la posibilidad de enviar dinero a sus familias o tener, al menos, acceso de una educación para sus hijos y una sanidad de la que carecen en sus países de origen.

Uno de los mayores errores del discurso es creer que se puede «detener» la migración con muros o con políticas de mano dura. La historia demuestra que las fronteras no disuaden a quien huye del hambre. El verdadero muro no es el que se alza para detenerlos, sino el de la desesperación.

Mientras exista un abismo económico entre países, la gente seguirá moviéndose, porque el ser humano prefiere un riesgo incierto a una miseria segura.

En este contexto, los países receptores se enfrentan a movimientos migratorios desde todas partes del mundo. Y ahí es cuando surgen los problemas.

Desde los discursos trasnochados que afirman el emigrante viene a delinquir y a robar el trabajo a la población autóctona, hasta las acusaciones -extendidas sin sentido- de que siempre se benefician de ayudas y oportunidades que se niegan a la población local.

Un discurso que pasa de boca en boca que no tiene ninguna base real o al menos, se suelta al aire sin tener datos específicos. Porque desde luego, cada emigrante es un caso único, y generalizar cada circunstancia no nos hace ningún favor como sociedad.

Muchos de los puestos de trabajo que suelen ocupar, son aquellos que la población local rechaza. Ante la necesidad, aceptan contratos y condiciones que nadie está dispuesto a tolerar.

Creo que habría que abordar la migración también desde el punto de vista humano. Nadie se ha puesto a pensar en lo que significa abandonar tu tierra de origen para enfrentarte a otro idioma, otras costumbres y otra cultura. Una situación de desgarro, tanto familiar como personal, que se arrastra en la intimidad y en la que, aparentemente nadie repara.

Deberíamos ya dejar atrás de una vez el relato del miedo. El debate sobre la migración necesitaría urgentemente un cambio de paradigma. No se trata de aceptar a todos, pero tampoco tratarlos como enemigos.

Es necesario gestionar el movimiento humano con inteligencia, creando vías legales y seguras. Y, sobre todo, atacando las causas estructurales.

En un mundo globalizado, la prosperidad de unos no puede -ni debe- sostenerse sobre la exclusión de otros.

Mientras no entendamos que el migrante no es “Otro”, sino el reflejo de nuestra propia vulnerabilidad, seguiremos construyendo jaulas en vez de tender puentes.

La verdadera frontera realmente no está en los mapas ni en todas las barreras que se pretendan alzar, sino en nuestra capacidad de empatía.

Entender que nadie quiere ni pretende abandonar sus tierras, su cultura y a sus familias. El ser humano busca siempre la manera de sobrevivir, aunque eso signifique, abandonarlo todo.

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