Cómo Ucrania se convirtió en el supermercado global de la guerra
Hay una mentira que nos han contado tantas veces que ya parece verdad. Esa mentira dice que toda guerra tiene dos bandos, dos colores, dos almas irreconciliables: la luz y la sombra, el oprimido y el opresor, el héroe y el villano. Nos la sirvieron en bandeja de plata el 24 de febrero de 2022, cuando los tanques rusos cruzaron la frontera ucraniana.
La propaganda de guerra no se conforma con que simpatices. Quiere que te arrodilles. Quiere que tragues el relato completo, sin masticar, sin preguntar, sin dudar. Y en ese relato edulcorado, Ucrania es el caballero blanco, Occidente es el escudero generoso, y todo lo que huela a crítica se etiqueta como “Pro Putin”. ¿Les suena? Es el viejo truco del pensamiento binario: o estás conmigo en mi trinchera, o eres cómplice del enemigo. No hay matices. No hay preguntas. No hay humanidad compleja.
Sin embargo, la realidad —esa terca, sucia e insoportable realidad— se niega a caber en un tuit. Si uno rasca la superficie del relato oficial, si uno lee los informes que no salen en los telediarios, si uno escucha a quienes investigan desde abajo y no desde los despachos de la OTAN, descubre algo incómodo: Ucrania no es solo una víctima que resiste. Es también un actor que proyecta, que arma, que entrena, que exporta. Que juega al mismo juego de poder que denuncia. Y decir esto es negarse a ser idiota. Es exigir que la solidaridad no se convierta en un cheque en blanco. Es recordar que, en la guerra, el primer caído no es un soldado: es la verdad.
Este texto no busca absolver a nadie. Busca mirar de frente lo que otros prefieren tapar con banderas y consignas.

Cómo cazar osos en el desierto
Empecemos por donde nadie mira. Por el patio trasero de la geopolítica, ese continente que Occidente solo recuerda cuando hay petróleo, uranio o una “crisis migratoria” que salpica las costas del Mediterráneo. África.
Lejos de los girasoles de Kiev, lejos de las cámaras de la CNN y de los discursos lacrimógenos en el Parlamento Europeo, los servicios de inteligencia militar ucraniana —el HUR, dirigido hasta enero de 2026 por ese hombre de sonrisa fría llamado Kyrylo Budanov— han decidido que la mejor forma de defender el Dniéper no está en el Donbás. Está en las arenas del Sahel. Está en las dunas de Malí. Está en las calles polvorientas de Jartum.
¿El objetivo? Desangrar al África Corps, los herederos del Grupo Wagner. Y la estrategia es de una lógica tan brillante como descarnada: si Rusia me ataca, yo armo a quienes los combaten. Ojo por ojo, dron por dron, trinchera por trinchera.
Los datos están ahí, tozudos como los cadáveres sin enterrar. En septiembre de 2023, la CNN reportó que servicios especiales ucranianos eran “probablemente” responsables de ataques con drones contra fuerzas respaldadas por Wagner cerca de Jartum. Budanov, con esa elegancia burocrática que tienen los jefes de inteligencia cuando no quieren mentir pero tampoco decir la verdad, declaró que no podía confirmar ni negar la participación. Pero añadió que Ucrania buscaría y castigaría a criminales de guerra rusos “en cualquier parte del mundo”. En cualquier parte. Repítanlo. No es una promesa de justicia. Es una declaración de guerra global encubierta.
En marzo de 2024, The Wall Street Journal destapó que una misión de aproximadamente cien operadores de las Fuerzas Especiales ucranianas estaban operando en Sudán, apoyando al gobierno de al-Burhan contra Wagner. Cien soldados. En África. A miles de kilómetros del frente europeo. Mientras los medios nos hablaban de la contraofensiva de primavera, Ucrania estaba montando su propia operación encubierta en el Cuerno de África.
Y luego está Malí. Julio de 2024. Un portavoz del HUR admitió —sin pudor, sin rubor— que Ucrania asistía a los rebeldes tuareg “no solo proporcionando información”. La agencia rusa TASS reportó que especialistas ucranianos habían enseñado a los rebeldes a operar drones FPV. Malí, como era de esperar, rompió relaciones diplomáticas con Kiev. Y uno se pregunta: ¿qué legitimidad tiene un gobierno europeo para armar a facciones rebeldes en el Sahel? ¿No es eso exactamente lo que denunciamos cuando lo hace Estados Unidos en Oriente Medio? ¿No es eso lo que llamamos “imperialismo” cuando lo hace Rusia en Siria?
El bumerán de hierro: las armas que viajan solas
Hablemos ahora de las herramientas. De esas maravillas tecnológicas que Occidente envía a Ucrania con una sonrisa democrática y un comunicado de prensa: misiles Javelin, obuses M777, sistemas HIMARS, drones Bayraktar. “Para que se defiendan”, nos dicen. “Para proteger la democracia”, nos repiten. Y mientras tanto, los accionistas de Lockheed Martin y Rheinmetall brindan con champán en sus oficinas climatizadas.
Pero la física de la guerra es caprichosa. Lo que entra con estruendo, a veces sale de contrabando. Lo que se entrega con ceremonia, termina en un maletero cruzando la frontera polaca a las tres de la madrugada. Lo que se justifica en nombre de la libertad, acaba en manos de una banda criminal en Estocolmo.
Las alarmas ya no susurran. Gritan. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito ha alertado que la disponibilidad de armas ilícitas en Ucrania se ha disparado desde 2022. Las policías de Finlandia y Suecia han confirmado que armas originalmente entregadas a Kiev han terminado en los arsenales de bandas criminales locales. La Unión Europea ha tenido que montar operaciones coordinadas y abrir investigaciones penales sobre redes de contrabando que introducen material bélico de origen ucraniano en el mercado negro europeo.
¿Y cómo se vende un fusil de asalto en 2026? No hace falta una maleta llena de billetes en un callejón oscuro. Basta con un teléfono móvil. Telegram se ha convertido en el zoco digital donde se subastan armas con el mismo desparpajo con el que se venden bicicletas de segunda mano. Canales encriptados, precios en criptomonedas, envío a domicilio. La guerra moderna no solo ha revolucionado las tácticas de combate; también ha revolucionado el tráfico de armas.
¿Creíamos de verdad, en nuestra ingenuidad de salón, que millones de armas iban a quedarse quietas en un almacén, esperando el fin de los tiempos? ¿De verdad pensábamos que la guerra es una película de Hollywood donde las balas solo matan a los malos y las armas desaparecen cuando llegan los créditos?
El negocio de la niebla
Y en medio de este caos, el dinero. El dulce, sucio y corruptor dinero. Porque la guerra no es solo sangre y barro. Es también contratos, comisiones, intermediarios. Es una industria. Y toda industria tiene sus departamentos de ventas.
Los escándalos financieros no son “daños colaterales” de la burocracia. Son el lubricante de la maquinaria. Un ejemplo: un presunto acuerdo de armas de mil millones de dólares en el que Kiev pagó millones a intermediarios estadounidenses por municiones que nunca llegaron a su destino. Mil millones. No es una cifra abstracta. Son hospitales que no se construyen. Son escuelas que no se reparan. Son pensiones que no se pagan. Son vidas que desaparecen mientras alguien, en una oficina con aire acondicionado, se compra un tercer yate.
La corrupción sistémica ha encontrado en la niebla de la guerra el caldo de cultivo perfecto. Certificados de usuario final falsificados. Reventas encubiertas. Armas que oficialmente van a una unidad de primera línea y oficiosamente terminan en un puerto del Mar Negro, listas para zarpar hacia quien pueda pagar.
Dentro de las propias fronteras, la policía nacional ucraniana ha reportado que las ventas ilegales de armas se han duplicado en el último año. Un estudio publicado en Trends in Organized Crime analizó las decisiones judiciales bajo el Artículo 263 del código penal ucraniano —manejo ilegal de armas— entre 2021 y 2024. Los delitos aumentaron un 37,3%. Y lo más revelador: muchos acusados no son capos de redes criminales sofisticadas. Son ciudadanos comunes. Gente corriente que, en medio del caos, encontró un fusil entre los escombros y decidió venderlo para comer. Eso no justifica el delito. Pero lo explica. Y explicarlo es el primer paso para resolverlo.
Mientras el pueblo ucraniano pone los muertos y las viudas, una élite de intermediarios juega al Monopoly con la sangre ajena. Y Occidente, que exige transparencia a gritos en sus discursos, mira hacia otro lado cuando se trata de sus propias empresas de armamento. Porque la hipocresía, como la guerra, también tiene sus alianzas estratégicas.
Cuando el know-how se convierte en producto de exportación
Pero quizás lo más aterrador no sea el hardware. No sean los fusiles, los drones, los misiles. Lo verdaderamente aterrador es el software. El conocimiento. La experiencia en combate. Ese máster acelerado en supervivencia y destrucción que solo se obtiene cuando has visto morir a alguien a tres metros de distancia y, al día siguiente, tienes que seguir adelante porque el enemigo no espera.
La guerra de Ucrania ha producido una generación de combatientes que saben cosas que nadie más sabe. Saben cómo destruir un tanque con un dron de quinientos dólares. Saben cómo coordinar un enjambre de cuarenta drones simultáneos. Saben cómo operar en guerra electrónica, cómo hackear frecuencias, cómo matar sin ser visto. Y ese conocimiento, una vez que la guerra termine —porque todas las guerras terminan, incluso las que parecen eternas—, no va a evaporarse. Va a buscar comprador.
Los cárteles latinoamericanos, siempre atentos a las innovaciones del terror, ya están llamando a la puerta. Reportes de seguridad señalan que líderes de organizaciones criminales en América Latina estarían contactando a mercenarios y expertos ucranianos para aprender técnicas militares avanzadas y el manejo de drones explosivos. Imaginen la escena: un exsoldado de Azov, curtido en el barro del Donbás, enseñando a un sicario de Sinaloa a montar una carga explosiva en un cuadricóptero comercial. La globalización de la muerte. El libre mercado aplicado a la masacre.
Y cuando las armas callen, ¿qué harán esos miles de combatientes? Los analistas de seguridad advierten que podrían integrarse al mercado global de mercenarios, exportando sus habilidades letales a regiones como Asia, África y América Latina. La “Legión Internacional” de Ucrania —esa fuerza que entrena a voluntarios extranjeros dentro del país. También forma, sin saberlo o a sabiendas, a los instructores de las próximas guerras asimétricas. Los alumnos de hoy serán los maestros de mañana. Y sus aulas no estarán en una academia militar. Estarán en una selva, en un desierto, en una favela.
Despertar del sueño maniqueo
Llegamos al final de este recorrido y, si hemos llegado hasta aquí, si hemos tenido el valor de no cerrar los ojos, la pregunta es inevitable: ¿qué hacemos con lo que sabemos? Porque la tentación es grande. La tentación de decir “esto no es asunto mío”.
Ucrania se ha transformado en un exportador neto de inestabilidad táctica. Esa es la lógica del capitalismo aplicado a la guerra: si hay un excedente de violencia, se exporta. Se monetiza. La guerra no es una anomalía del sistema. Es el sistema funcionando a plena capacidad.
Y nosotros, los que miramos desde lejos, los que firmamos manifiestos y compartimos hilos en redes sociales, tenemos una responsabilidad. La responsabilidad de no tragar propaganda empaquetada como verdad. La responsabilidad de exigir que cese el envió de armamento y que el que ya esta en su poder no termine en manos de cárteles o grupos terroristas.
Despertar del sueño maniqueo no es rendirse. No es ser neutral. No es “hacerle el juego” a nadie. Es elegir la verdad por encima de la comodidad. Es elegir la paz por encima de la épica.
Y sí, quizás suene utópico. Quizás suene ingenuo. Pero la utopía no es un destino. Es una dirección. Y mientras otros marchan hacia la guerra con paso firme y mirada ciega, nosotros al menos podemos elegir hacia dónde caminamos. Aunque sea a contracorriente. Aunque sea en soledad. Aunque nos llamen traidores por atrevernos a preguntar.
Porque preguntar, en tiempos de guerra, es el acto más revolucionario que existe.
Fuentes principales citadas: CNN (2023), The Wall Street Journal (2024), Kyiv Post, Bellingcat, Le Monde, Small Arms Survey (2025), NewsGuard (2025), Harvard International Review (2024), UNODC, Springer / Trends in Organized Crime (2025), declaraciones del HUR, TASS, SBU.








