¿Qué esconde la carretera marroquí bautizada con el nombre de Donald Trump?

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Cuando el asfalto huele a fosfato robado

Hay una carretera en el desierto que lleva el nombre de un tipo que ni siquiera sabe situar Marruecos en un mapa. Ciento cinco kilómetros de alquitrán que costaron más de ochocientos millones de euros y que el rey Mohamed VI tuvo a bien bautizar como “Autopista Donald J. Trump”. Y uno, que es malpensado por naturaleza y por experiencia, podría creer que se trata de un homenaje al ego descomunal del mandatario norteamericano. Podría. Pero sería quedarse en la superficie, en la anécdota simpática, en el tuit de agradecimiento que Trump soltó en su Truth Social diciendo que le hacía ilusión recorrerla algún día. No, señor. Aquí no hay homenaje que valga. Lo que hay es una operación geopolítica de manual, un engranaje de saqueo, chantaje y subordinación que tiene muy poco de amistad entre naciones y muchísimo de transacción entre un imperio y sus vasallos.

Me he puesto a tirar del hilo después de escuchar a los analistas del canal Poder y Contexto, que a su vez citan como fuente al medio The Cradle, y lo que he encontrado es un cuadro tan grotesco que casi da ganas de vomitar. Porque la autopista en cuestión no une dos puntos del territorio marroquí. Une una mina con un puerto. Une el expolio con la exportación. Une el robo con la impunidad.

Vayamos al grano, que la cosa tiene miga. La carretera conecta directamente con la mina de Bou Craa, uno de los yacimientos de fosfato más importantes del planeta, y de ahí baja hasta el puerto de El Aaiún. Y junto a la autopista, como una serpiente de acero que lleva medio siglo arrastrándose por el desierto, funciona una cinta transportadora de casi cien kilómetros. La más larga del mundo en su categoría. Cien kilómetros de maquinaria que no ha parado de vomitar fosfato del Sáhara Occidental ocupado ni un solo día, ni durante la guerra, ni durante las resoluciones de la ONU, ni durante las sentencias de tribunales internacionales que dicen, con todas las letras, que eso que se están llevando es robado.

Y aquí viene lo verdaderamente grotesco, lo que a uno le revuelve las tripas si es que todavía le queda algo de dignidad en el estómago: la electricidad que mueve esa cinta transportadora monstruosa la vende un parque eólico que es propiedad directa del rey Mohamed VI. El Estado saquea el fosfato. El rey le vende al Estado la energía para hacerlo. Cada tonelada que sale de El Aaiún ha quemado primero electricidad real que alguien le ha pagado al monarca. Un circuito cerrado de enriquecimiento personal disfrazado de política de Estado. Y luego nos hablan de democracia, de derechos humanos, de orden internacional basado en reglas. Qué risa.

Porque el derecho internacional, ese que tanto citan cuando les conviene, lleva años diciendo que lo que ocurre en el Sáhara es ilegal. En 2002, el asesor jurídico de Naciones Unidas concluyó que explotar los recursos de un territorio no autónomo contra la voluntad de su población viola el derecho internacional. En 2018, un tribunal sudafricano dictaminó que el cargamento de fosfato procedente de El Aaiún nunca perteneció a la empresa marroquí OCP y calificó su transporte como tráfico de bienes robados. En 2021, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea sentenció que los acuerdos de pesca y agricultura entre la UE y Marruecos no podían aplicarse al Sáhara Occidental. Y sin embargo, la cinta sigue funcionando. La autopista sigue ahí. Y los fertilizantes fabricados con ese fosfato navegan libres de impuestos hacia Nueva Orleans. Todo legal, todo en orden, todo muy civilizado.

La organización Western Sahara Resource Watch lleva años denunciando que Marruecos ya ha liquidado la capa más rica del yacimiento. La crema, lo bueno, lo que tenía valor de verdad. Ahora raspan la segunda capa, la de menor calidad, el residuo. Y todo esto antes de que el pueblo saharaui haya podido ejercer su derecho a un referéndum de autodeterminación. Un referéndum que se prometió hace décadas y que nunca llegará porque a nadie le interesa que llegue. Ni a Rabat, ni a Washington, ni a Tel Aviv, ni desde luego a los vendepatrias que desde Madrid firman cartas de sumisión.

El rey le vende la luz al Estado y el Estado le vende el alma al rey

Y hablando de cartas de sumisión. Hablemos de Pedro Sánchez. Porque la cronología aquí es muy reveladora y no hace falta ser un lince para atar cabos. El 10 de diciembre de 2020, Donald Trump firma una proclamación presidencial reconociendo la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. El precio es claro: Marruecos normaliza relaciones con Israel mediante los Acuerdos de Abraham. Una transacción pura y dura. Soberanía por normalización. Territorio robado a cambio de un apretón de manos con Netanyahu. Biden llega en enero de 2021 y decide no tocar nada, mantener el regalo de su predecesor. Y entonces, el 14 de marzo de 2022, Pedro Sánchez envía su famosa carta a Mohamed VI diciendo que el plan de autonomía marroquí es la base “más seria, realista y creíble” para resolver el conflicto.

¿Coincidencia? ¿Pragmatismo? ¿El peso de Alemania, que dos meses antes había calificado el plan marroquí de “contribución importante”? Puede que los analistas oficiales nos vendan esa moto. Pero la lectura más sencilla, la que no requiere malabarismos intelectuales, es que Sánchez hizo lo que le mandaron. Que la hoja de ruta ya estaba trazada por el amo yanki y que el inquilino de la Moncloa, como buen cipayo de la geopolítica atlántica, se limitó a obedecer. Efecto dominó, lo llaman. Yo lo llamo arrodillarse. Porque España, ese estado fallido que no sabe ni defender sus propias fronteras en Ceuta y Melilla, que no sabe ni mantener una postura coherente sobre un territorio que fue provincia española, se pliega a lo que dicte Washington. Y luego nos sorprendemos de que Marruecos nos trate como lo que somos: un vecino débil al que se puede chantajear.

Y el chantaje tiene nombre y apellidos: migración. No voy a extenderme demasiado en lo de Ceuta de 2026 porque está ya más que hablado, más que masticado, más que vomitado en tertulias y telediarios. Pero sí conviene recordar cómo empezó todo esto, porque el primer gran flujo, el de mayo de 2021, fue el ensayo general. Ocho mil personas cruzando la frontera en treinta y seis horas mientras las fuerzas de seguridad marroquíes miraban para otro lado. Ocho mil personas nadando, trepando, arriesgando la vida. ¿Y por qué? Porque España había osado hospitalizar a Brahim Gali, el líder del Frente Polisario. Marruecos abrió la llave migratoria como quien abre un grifo para inundarte la cocina. Y luego vino la presión, la retirada de embajadores, el cierre comercial, la suspensión de la Operación Paso del Estrecho. Y Sánchez, que ya tenía el cuello bajo la bota, terminó escribiendo la cartita. Y mientras tanto, Trump y los suyos culpando a las “leyes débiles” de España, a la “mala gestión” de Sánchez, sin mencionar ni de pasada que quien estaba abriendo la espita era Rabat. Marruecos como pilar de estabilidad regional, dicen. Marruecos como socio indispensable. Y el pueblo saharaui pudriéndose en los campamentos de Tinduf.

El perro de presa del Estrecho

Pero la cosa no se queda en el chantaje migratorio. La autopista Trump es también una arteria militar. Desde 2020, Marruecos se ha convertido en el alumno aventajado de la industria armamentística israelí. Drones Heron, Hermes 900, kamikazes Harop, WanderB, ThunderB. Sistemas de defensa antimisiles Barak MX. Lanzadores PULS que se fabrican en Casablanca con tecnología de Elbit Systems. Software espía Pegasus de NSO Group para vigilar periodistas y activistas. Un satélite de vigilancia en proyecto. Israel es ya el tercer proveedor de armas de Marruecos. Y todo esto se despliega, se entrena y se opera en el Sáhara Occidental. Maniobras conjuntas con Estados Unidos, como el ejercicio African Lion, llevadas a cabo por primera vez en territorio saharaui. Y Argelia, claro, mirando todo esto con el culo apretado, porque sabe perfectamente que esa alianza trilateral no es contra el terrorismo del Sahel. Es contra ella. Es contra el equilibrio del Magreb. Es para tener un perro de presa en el flanco sur de Europa que mantenga a todo el mundo quietecito.

Y aquí es donde uno tiene que pararse y mirar el panorama con una mínima perspectiva crítica, porque la hipocresía alcanza niveles estratosféricos. Resulta que Estados Unidos, el autoproclamado defensor de los derechos humanos, el liberador de pueblos, el gendarme del mundo, el que bombardea países enteros para llevar la democracia a punta de misil Tomahawk, no tiene ningún asco en hacer tratos con un rey sátrapa como Mohamed VI. Ninguno. Le vende armas, le reconoce soberanías robadas, le financia proyectos de amoníaco verde en territorio ocupado, le deja usar Pegasus contra periodistas, y a cambio recibe una base estratégica en el norte de África, acceso a tierras raras, influencia en el Sahel y un socio leal para mantener a raya a Argelia y, de paso, a España.

Y lo más indignante, lo que a uno le saca de quicio, es el tratamiento mediático. Porque cuando China o Rusia colaboran con un gobierno soberano africano, pongamos Burkina Faso, que ha decidido echar a las tropas francesas y buscar socios alternativos, los medios occidentales se llenan la boca hablando de injerencia, de neocolonialismo ruso, de amenaza china, de desestabilización. Titulares a cinco columnas. Editoriales indignados. Análisis sesudos sobre cómo Moscú y Pekín corrompen África. Pero cuando Estados Unidos hace exactamente lo mismo, pero con tiranos, con monarquías absolutas, con regímenes que encarcelan periodistas y ocupan territorios ajenos, silencio. O peor aún, se presenta como cooperación estratégica, como alianza entre socios, como estabilidad regional. Con China y Rusia es injerencia. Con Estados Unidos es liderazgo. Con Pekín es la trampa de deuda. Con Washington es inversión. El doble rasero no es un accidente. Es el sistema.

Y en esas estamos. Con una autopista que lleva el nombre de un narcisista, que transporta fosfato robado, que facilita el despliegue de drones israelíes, que sirve de recordatorio permanente de quién manda aquí. Con un gobierno español que actúa como delegado de una potencia extranjera en su propia política exterior. Con un pueblo saharaui al que le han robado hasta la segunda capa del yacimiento. Con una ONU que emite resoluciones que nadie cumple. Con una Unión Europea que mira para otro lado porque necesita a Marruecos para que le haga el trabajo sucio de contener la migración.

¿Y si el próximo Nord Stream está debajo del Mediterráneo?

Y ahora, la pregunta que me ronda la cabeza desde hace días, la que no me deja dormir del todo. Pensemos en cómo actúa Estados Unidos con sus proxies. Pensemos en los ataques a infraestructuras energéticas que hemos visto en los últimos años. Pensemos en el Nord Stream, en cómo volaron unos gasoductos en el Báltico y nadie ha asumido la responsabilidad, y cómo los medios tardaron exactamente tres segundos en señalar a Rusia antes de que hubiera una sola prueba. Pensemos en cómo se desestabilizan países enteros para cortar rutas de suministro que no convienen al hegemón. Pensemos en el Sahel, que es un polvorín de grupos yihadistas, de milicias, de traficantes, de mercenarios de toda laya, y que está a tiro de piedra de Argelia.

Argelia es el proveedor principal de gas de España. El gasoducto Medgaz conecta directamente ambos países por debajo del Mediterráneo. Es una infraestructura crítica, vulnerable, que garantiza una parte enorme del suministro energético español. Y Argelia, no lo olvidemos, es el gran rival regional de Marruecos. El aliado histórico del Frente Polisario. El país que se niega a plegarse al eje Washington-Rabat-Tel Aviv.

Así que planteo la hipótesis, que no es una afirmación sino una pregunta, una duda razonable sembrada en terreno fértil: viendo cómo actúa Estados Unidos con sus proxies, viendo cómo se ataca infraestructura energética cuando conviene a los intereses del imperio, viendo cómo el Sahel es un nido de terrorismo instrumentalizable, viendo cómo Marruecos es el aliado perfecto para desestabilizar la región, ¿sería verdaderamente descabellado pensar que alguien pudiera plantearse un ataque al gasoducto que conecta Argelia con España? ¿Un ataque camuflado de atentado yihadista, obra de alguna célula del Sahel convenientemente armada y convenientemente ciega ante los radares? ¿Un sabotaje que dejara a España sin suministro y la obligara a arrodillarse aún más ante quien controle el grifo alternativo?

No lo sé. No tengo pruebas. Pero tengo la memoria de lo que ha ocurrido antes en otros lugares del mundo. Tengo la certeza de que las infraestructuras energéticas son objetivos militares en cualquier doctrina de guerra híbrida. Y tengo la sospecha, cada vez menos sospecha y cada vez más convicción, de que en este tablero donde Marruecos es el peón, Israel el alfil y Estados Unidos la mano que mueve todas las piezas, España es simplemente un espectador al que le van a ir quitando las sillas una a una hasta que se caiga al suelo. Y cuando se caiga, le dirán que se levante, que sonría, y que dé las gracias por la autopista que lleva el nombre del que le robó el asiento.

El nombre de Trump le hace completa justicia a esa carretera. No por el homenaje. Sino porque es una vía diseñada para transportar comercio robado. Y eso, al fin y al cabo, es lo que mejor resume la política exterior norteamericana: una autopista de sentido único por la que circula, en una dirección, la riqueza de los pueblos, y en la otra, las migajas de la gratitud. Con peaje, eso sí. Siempre con peaje.

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