Por Candela Aguilar
Tengo una alumna gitana con la que he hecho mucho vínculo. No es mi primera alumna gitana pero, debido a diversas circunstancias favorables, esta no presenta situaciones graves de absentismo y he podido crear con ella una relación muy bonita y especial. Juntas hemos reído y llorado, y me cuenta de sus novietes y de sus anhelos.
Al principio, cuando la conocí con apenas 13 años, estos anhelos eran casarse joven y llevar la vida que llevan todas sus tías, primas y demás familiares, que era con las únicas personas que se relacionaba. Su llegada a mi centro le supuso abrir una ventana desconocida y antes vetada, ya que comenzó a tener amigas y amigos de otras culturas que gozaban de mayor libertad. Y cuando digo amigos no son palabras menores, ella nunca se había relacionado con chicos que no fuesen gitanos, al margen de las pocas interacciones que podía mantener con los chicos de su anterior instituto.
En este centro educativo, de alta complejidad, atendemos a adolescentes con trastornos de conducta trabajando a través de grupos reducidos y esa cercanía, tanto con los profesionales como con los compañeros, supone un punto de inflexión en muchos de ellos y en mi alumna fue así. Poco a poco comenzamos a hablar y yo intenté sembrarle pequeños interrogantes que han sido una semilla que ha ido creciendo dentro. Estos interrogantes no se los he plantado libre de dudas; es muy delicado decirle a alguien que quizá siguiendo los preceptos de su cultura no será feliz y más aún cuando sabes que ese alguien poco podrá hacer para cambiarlo. Este choque tan radical no está siendo para ella un camino de rosas porque sabe cuál es su destino y aunque no ha conocido otra cosa y a veces se deja arrastrar por lo rutinario y sueña con la vida que le va a tocar tener, no deja de ser una niña que va a cumplir 15 años y que no quiere hacer otra cosa que lo que hacen las niñas de su edad, salir, pasárselo bien, pensar en su futuro y tener una libertad que no tiene.
Y es que ser racista no es criticar o cuestionar partes de una cultura que somete, abusa y humilla a la mitad de su población, sino la respuesta de un sistema que mira para otro lado mientras niñas de 12, 13 o 14 años dejan de ir al colegio o no participan en actividades de ocio y tiempo libre. Porque sabemos que niñas menores de edad son casadas con tíos de veintitantos. Y sabemos que, a veces, niñas de 15 o 16 años aparecen embarazadas en la consulta de una pediatra (¡de una pediatra!) y, en ocasiones, los que las han embarazado son hombres mayores de edad.
Permitimos esto y no solo esto, porque “las cosas de gitanos que las arreglen entre ellos”. Y mientras un montón de niñas quedan desamparadas y sin más futuro que acarrear con una casa, un montón de criaturas y un marido desde los 16. Sin estudios, sin trabajo, solo con los rastrojos que le deja esta sociedad. Y yo, cuando miro a mi alumna a los ojos veo todo un mundo, un mundo precioso y maravilloso que se perderá, y ella lo sabe.
Ella al principio tenía asumido que por ser mujer había muchas cosas que no podía hacer; montar en bici por si se le rompe el himen, (si, hay chicas en nuestro país que no pueden montar en bici por un motivo tan absurdo como ese), tener novios… pero poco a poco ha ido viendo que el corsé que la oprime es aún mayor. No puede irse con sus amigas a pasar el día a la playa, o salir a dar una vuelta un sábado por la noche, no puede salir de clase e irse directamente a la piscina municipal con sus compañeros porque su padre la mataría.
Y no lo dice en broma, ella sabe que tiene que llegar virgen al matrimonio y según su padre los hombres son todos iguales así que no le permite tener amigos que no sean de su familia o salir con chicas que no sean gitanas. Hace poco se casó su prima y orgullosa me enseñaba los vídeos de la boda y yo solo veía a una niña con cara de miedo, porque sabía que lo más importante que iba a pasar esa noche tenía que ver con ella y con algo muy íntimo que sería compartido con todos. No podía disfrutar porque sabía que en un rato la meterían en una habitación llena de mujeres y una de ellas, “la arrejuntaora”, introduciría un pañuelo en su vagina para sacar las tres rosas que demostrasen su pureza.
Y yo me pregunto, si cosas similares les ocurrieran a los hombres ¿miraríamos para otro lado? Es más ¿no serían los propios gitanos los que cambiarían su cultura?
Ahora mi alumna quiere estudiar estética y tener su propio negocio, dice que si se casa tiene que ser con un hombre que la deje trabajar y yo estaré a su lado animándola a ello.








