Veo, veo: La era de los autopercibidos

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Por Eva Neila Ausín

Durante siglos, la aspiración humana consistió en tratar de ser aquello que se admiraba. Hoy hemos simplificado el proceso. Ya no es necesario ser; basta con autopercibirse.

Vivimos en la era de los autopercibidos.

Existen quienes se autoperciben progresistas mientras sostienen políticas que desmontan servicios públicos esenciales como la sanidad y la educación. Quienes se autoperciben feministas mientras sostienen políticas que perjudican a las mujeres. Quienes se autoperciben de izquierdas mientras defienden medidas que aumentan la desigualdad. Quienes se autoperciben revolucionarios desde cómodos despachos institucionales. Quienes se autoperciben de un sexo distinto al que poseen. Quienes se autoperciben pertenecientes a una clase social que jamás han conocido. Incluso, si es su interés, declaran ser de menor capacidad económica, como los líderes de algunos partidos.

La característica común de todos ellos es la sustitución de la realidad por el deseo.

Durante mucho tiempo a este fenómeno se le llamó «quiero y no puedo». En su versión más extrema, se hablaba de impostura. Hoy, sin embargo, la sociedad posmoderna ha dado un paso más: ha elevado el autopercibimiento a categoría política.

Lo preocupante no es que una persona mantenga una imagen idealizada de sí misma. Eso ha ocurrido siempre. Lo verdaderamente novedoso es que las instituciones hayan comenzado a legislar sobre la base de esas ficciones.

Porque cuando un individuo se autopercibe como algo que no es, el problema afecta principalmente a su entorno inmediato. Pero cuando un gobierno entero se autopercibe de izquierdas sin serlo, feminista sin serlo o progresista sin serlo, las consecuencias, que alcanzan a millones de personas, son demoledoras.

Quizá alguien que lea estas líneas piense inmediatamente en Podemos. Y tendría razón al identificar en aquel partido uno de los principales exponentes del fenómeno. Sin embargo, sería un error limitar el análisis a una sola formación política.

La epidemia del autopercibimiento se ha extendido por todo el espectro de una izquierda que ha terminado confundiendo los símbolos con la realidad. Participan de ella el PSOE y buena parte de las organizaciones que continúan reclamando para sí etiquetas históricas cuyo significado han vaciado de contenido.

Porque la izquierda no es una estética. No es un lenguaje. No es una bandera. No es una colección de consignas para redes sociales. Comprarse pantalones raídos artificialmente no convierte a nadie en una persona humilde que prolonga el uso de su ropa porque aún no puede permitirse sustituirla. Que exista un mercado para comercializar esa estética ya es, en sí mismo, una muestra del fenómeno que describimos.

La progresía y la izquierda, como el feminismo, se definen por aquello que hacen y por los intereses materiales que defienden. Y aquí reside el problema de los autopercibidos: exigen que la sociedad acepte como realidad aquello que únicamente existe en su imaginación. El narcisismo individual se ha transformado en programa político. Y cuando una sociedad abandona los hechos para organizarse alrededor de las percepciones, deja de gobernarse por la realidad y comienza a hacerlo por la ficción.

Quizá la manifestación más llamativa del autopercibimiento político sea la de quienes se presentan como portavoces de las clases populares sin haber experimentado jamás muchas de las dificultades materiales que dicen representar. No hay nada reprochable en ello. Nadie está obligado a ser pobre para defender la justicia social. El problema aparece cuando la representación sustituye a la escucha y la identidad política se convierte en una coartada para hablar en nombre de otros sin admitir discrepancias.

Los autopercibidos de izquierdas no sólo afirman representar al pueblo; con frecuencia se atribuyen también la capacidad exclusiva de definir qué es el pueblo y cuáles deberían ser sus intereses. La crítica deja entonces de ser una parte normal del debate democrático para convertirse en una amenaza a la propia identidad del grupo. No es extraño que, en ese contexto, la discrepancia termine siendo recibida como una forma de traición y que la discusión política derive hacia la descalificación moral del adversario.

Resulta llamativo que para sostener su identidad política necesiten situar a todos los demás en el extremo opuesto. Parecen incapaces de explicar por qué son de izquierdas sin declarar previamente fascista a quien discrepa de ellos. Como si sus ideas no pudieran defenderse por sus propios méritos y necesitaran construirse sobre la demonización permanente del adversario.

Las feministas hemos sido una de las principales víctimas de esta deriva. Durante años hemos formulado críticas razonadas a la ideología del autopercibimiento, señalando sus contradicciones jurídicas, políticas y materiales. Sin embargo, lejos de responder a nuestros argumentos, las instituciones y buena parte de los medios optaron por silenciar, caricaturizar o estigmatizar a quienes los planteábamos.

Ha tenido que producirse la denuncia pública de los campamentos de Bernedo por parte de Zuriñe Ojeda a través de El Común para que algunas de estas críticas comiencen a adquirir visibilidad social. No porque los argumentos sean nuevos, sino porque por fin alguien ha conseguido romper el muro de silencio que protegía determinados dogmas de cualquier examen crítico.

No es casualidad que, mientras estas críticas empiezan a abrirse paso en la opinión pública, la Ley Trans haya llegado al Tribunal Constitucional. Durante años se nos ha dicho que determinadas cuestiones no podían debatirse, que toda discrepancia era una forma de odio y que la realidad material debía ceder ante la identidad declarada. Porque las identidades declaradas no modifican por sí mismas las condiciones materiales sobre las que actúan las desigualdades. Ante una oferta de trabajo, comunicar al empleador que una se siente hombre no añade automáticamente los miles de euros que siguen separando los salarios de hombres y mujeres. Hoy corresponde al máximo intérprete de nuestra Constitución examinar hasta qué punto es compatible con el ordenamiento jurídico convertir el deseo en categoría legal.

Muchas feministas contemplamos este proceso con la esperanza de que sirva para devolver algo de cordura al debate público. No porque los tribunales deban sustituir a los legisladores, sino porque los legisladores han renunciado demasiadas veces a distinguir entre los hechos y las aspiraciones, entre la realidad y los deseos, entre lo que es y lo que a algunos les gustaría que fuera.

Y quizá ahí resida otra diferencia fundamental entre el activismo real y el activismo autopercibido. Dar un «me gusta» a un meme, compartir un tuit o añadir un lema a una biografía digital puede proporcionar una gratificación inmediata, pero no constituye acción política. El activismo exige asumir costes, sostener posiciones incómodas y, llegado el caso, poner el cuerpo en defensa de aquello que se argumenta.

La política del autopercibimiento ha confundido la exhibición con el compromiso. Ha sustituido la acción por la performance y la militancia por la construcción de una identidad pública. El resultado es una generación de activistas que se autoperciben transformadores sociales mientras dedican más tiempo a representar el cambio que a producirlo.

Y mientras tanto, la realidad continúa su curso.

La sanidad pública se deteriora, la educación pierde recursos, el acceso a la vivienda se convierte en una quimera para una parte creciente de la población y la precariedad laboral se cronifica. Sin embargo, buena parte de la energía política que debería dirigirse a afrontar estos problemas se consume en la gestión de símbolos, identidades y representaciones. La política material ha cedido terreno a la política performativa: se discute cada vez más sobre cómo nombrar la realidad y cada vez menos sobre cómo transformarla.

Quizá ése sea el mayor triunfo de la era de los autopercibidos: haber convencido a una parte de la sociedad de que representar la transformación es equivalente a transformarla. 

Pero la representación no sustituye a la realidad.

La sanidad no mejora porque alguien se autoperciba defensor de lo público. La educación no se fortalece porque alguien se autoperciba progresista. Los derechos de las mujeres no avanzan porque otros se atribuyan la condición de mujeres. Avanzan cuando mejoran las condiciones materiales de vida de las mujeres reales.

Las cosas cambian cuando existen políticas capaces de producir efectos materiales sobre la realidad.

Y por eso resulta urgente recuperar una cultura política basada en los hechos y no en las percepciones, en los resultados y no en las identidades, en la acción y no en la representación. Porque cuando la política se convierte en una escenificación permanente, los problemas siguen existiendo aunque los actores se lleven los aplausos.

Quizá haya llegado el momento de recordar una idea sencilla que durante siglos pareció evidente: las personas son lo que hacen, no lo que dicen ser.

La pobreza no desaparece porque alguien se autoperciba de izquierdas. Los servicios públicos no mejoran porque alguien se autoperciba defensor de lo público. Las mujeres no ganan derechos porque alguien se autoperciba feminista.

La realidad posee una cualidad profundamente reaccionaria para los tiempos que corren: insiste en existir al margen de nuestras percepciones.

Y tarde o temprano acaba presentando la factura.

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