Como habrán notado si siguen mi columna con asiduidad, he estado más tiempo del que suelo sin actualizarla por razones ajenas a mi voluntad. Así que cuando la escribo, permítanme comentar a toro pasado una escena de la visita de Donald Trump a China. Es una escena que yo estaba harto de ver en las producciones hollywoodienses, seguro que ustedes también: un natural del país de las barras y las estrellas tiene cualquier problema legal en otra zona del mundo. En cuanto las fuerzas del orden del país en cuestión donde se ambiente la trama hacen su aparición invoca: «¡Soy ciudadano de los Estados Unidos!». Por supuesto, según las películas hollywoodienses, eso hace que automáticamente los bárbaros del resto del mundo noten el aura milagrosa que tal condición otorga a cualquier hijo de Kansas o de Oklahoma y, o bien se retractan de su actitud, o bien se justifica que los boinas verdes o los navy seals reduzcan el tercer país a cenizas sin declaración de guerra previa.
Bueno, pues, por lo visto, los hijos de la democracia ejemplar en el mundo han asumido este repetido cliché cinematográfico como algo real. Resulta que un equipo de Fox News, creyéndose sin duda que el mundo les pertenece por su condición de norteamericanos, estacionaron en lugar prohibido en Pekín. Era su derecho inalienable. Los americanos hacen lo que les sale del forro de los calzones allí donde van. Pero resulta que las autoridades pekinesas consideraron que no estaban en una producción de acción estadounidense, sino en la vida real. Y, consecuentemente, creyeron que cualquier persona que entre en China debe atenerse a las normas del país asiático. Los guardias de tráfico pekineses, sin duda llevados por la maldad y la arrogancia que los regímenes comunistas exhiben sin complejos, multaron al equipo de la Fox por haber osado ejercer el derecho fundamental de los yanquis a pasarse al resto del mundo por el forro. Como se ve, una acción brutal propia del genocidio comunista que sigue y sigue adelante, aunque lleve ya setecientos trillones de muertos y no lleve visos de parar. ¿Cómo puede existir tan brutal represión? ¿Multar por estacionar en lugar prohibido? Así que el reportero de la Fox, con el valor y la ejemplaridad que le confiere su derecho de nacimiento en las fronteras delimitadas por México, Canadá, el Pacífico y el Atlántico, hizo lo que todos haríamos en su lugar: exhibió en un alarde de periodismo valiente y comprometido digno del Pulitzer el abuso del que era objeto. «¡Sólo estuvimos en lugar prohibido dos minutos!», clamó con sus gritos de libertad.
Pero, por lo visto, los prebostes pekineses estaban en lo cierto. En el mundo real, quizás esto hubiera funcionado en algún país de las colonias yanquis en el hemisferio occidental , pero en el país asiático, que mira ya de igual a igual a los norteamericanos y es desde su fiundación muy celoso de sus normas y sus costumbres, la coartada de ser ciudadano americano no te exime de nada. Si vas al infierno comunista, descubrirás que las normas son para todos. ¡Habrase visto! Pero eso no es lo peor. Lo peor es que parece que la percepción de los terribles tiranos comunistas no fue afeada por el resto del mundo, y el lloriqueo de los reporteros norteamericanos en las pantallas fue objeto de burla y sorna por parte de los usuarios de medios y redes sociales de cualquier lugar de este miserable planeta.
El caso es que el error de creerse que están en sus mundos del Yupi cinematográficos no parece ceñirse a los reporteros de a pie. Bastaba comparar los discursos que ofrecieron sobre el encuentro Xi Jingpin y el pederasta senil color mandarina para notar que uno de ellos hablaba como un jefe de estado de asuntos que conciernen a las dos grandes potencias del momento y, el otro, como en una buddy moovie de humor, que teóricamente iban a tratar con alguien que todavía les mira de igual a igual, no como si hubieran sido en alguna de sus colonias sumisas, donde el leguaje hubiera sido de pelicula bélica.
No sé ustedes, pero yo creo que lo que pasa en las pantallas cinematográficas se debe quedar allí. En esta parte del mundo los niños de mi generación, por lo menos, oímos muchas veces a los adultos aclararnos que no debíamos imitar lo que viéramos en las películas. Pero al otro lado del charco, por lo visto, no ha sido así. Parece ser que los estadounidenses en general, y los titulares de puestos de poder en particular, han asumido el cliché de heroes y ejemplo del mundo ante los que todo el mundo debe doblegarse.
Claro que también cabe plantearse que el recorrido de este cliché haya sido el opuesto. Los mandamases del país norteamericano se creyeron este preconcepto y, a fuerza de transmitirlo y repètirlo, su cine lo asumio como propio. Pero eso no es lo importante. La cuestión es que si nadie les enseñó a los americanos la diferencia entre el cine y el mundo real, alguien tendrá que hacerlo. Los chinos parecen haberles dado la primera lección a respecto, pero no la asimilarán si otras naciones no siguen por ese camino y bajan de la nube a los políticos y, sobre todo, los empresarios yanquis.El resto del mundo debería empezar a tomar ejemplo.
Claro que igual es tentador asumir que las cosas son como en las películas yanquis. Porque de ser asi, si esto fuera superproducción de acción hollywoodiense, ahora sería el momento en que apreciera un agente del FBI cachas y guaperas, que sufriría por no poder conciliar su trabajo con su vida familiar, y depondría él solito a Trump y Wall Street, quedándose con el torso mucculoso al aire en algún momento, y salvaría la ejemplar democracia norteamericana.









