Washington usa el Sahel para cercarle el paso a Rusia y China

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El terrorismo es la excusa. El verdadero juego es el control de África occidental antes de que se la «queden» Moscú y Pekín.

Llevo algún tiempo hablando sobre política exterior estadounidense y hay algo que no falla: siempre hay un pretexto. En los noventa fue la democracia. En los dos mil fue el terrorismo. Hoy es una mezcla de los dos, y el escenario es África. Antes de que me acusen de conspiranoico, pido un ejercicio mínimo de memoria: Irak tenía armas de destrucción masiva, Gadafi masacraba a su pueblo, Siria cruzó la línea roja química. Todas mentiras o medias verdades que sirvieron para justificar intervenciones que dejaron los países en ruinas y el petróleo en manos de las multinacionales correctas. Lo que está pasando en el Sahel sigue el mismo guión. Solo cambia el decorado.

En diciembre de 2025, misiles Tomahawk aterrizaron en suelo nigeriano contra objetivos del Estado Islámico. En febrero de 2026, el Pentágono confirmó el despliegue de 200 militares adicionales en bases nigerianas bajo etiqueta de “asesoramiento técnico”. El secretario de Defensa dijo que la huella sería “limitada y coordinada”. Lo mismo dijeron en Irak en 2003. Diez años después seguían ahí.

Manos imperiales sobre el tablero del Sahel, sin texto

Para entender por qué Nigeria ahora mismo, hay que recordar lo que pasó antes: en 2024, Estados Unidos fue literalmente echado de Níger. La junta militar de Niamey cerró la Air Base 101 en la capital y la Air Base 201 en Agadez, dos instalaciones desde las que el Pentágono vigilaba medio continente y ejecutaba operaciones en toda la franja saheliana. Se fueron con el rabo entre las piernas. Y se fueron porque el pueblo de Niger, harto de décadas de tutela occidental que no había traído ni seguridad ni desarrollo, prefirió cambiar su futuro. Mal menor o no, ese fue su cálculo.

Ese dato reencuadra completamente el despliegue en Nigeria. No es una operación antiterrorista. Es un repliegue estratégico disfrazado de avance. Washington perdió su punto de apoyo central en el Sahel y necesita uno nuevo. Nigeria, con sus 220 millones de habitantes, 37.000 millones de barriles de petróleo probado y su posición como primera economía del continente, es el candidato más obvio. Y el presidente Tinubu, que mantiene lo que la diplomacia llama una “política exterior pragmática abierta a múltiples polos” —o lo que es lo mismo, que vende su amistad al mejor postor—, tampoco está cerrando la puerta.

Mientras tanto, Rusia y China no perdieron el tiempo durante los años en que Washington miraba hacia otro lado, entretenido con Ucrania. Cuando los gobiernos revolucionarios que surgieron en Malí, Burkina Faso y Níger —hartos de décadas de tutela francesa y de una seguridad occidental que nunca llegó— buscaron nuevos socios, Moscú respondió con algo concreto: cooperación militar sin condiciones políticas. Los combatientes del Africa Corps, antes conocidos como Wagner, llegaron no como ocupantes sino como invitados de unos gobiernos que habían decidido soberanamente con quién querían trabajar. Francia se había ido dejando el caos; Rusia llegó con instructores, armamento y una colaboración que los nuevos gobiernos sahelianos consideraron más honesta que cualquier acuerdo firmado con París o Washington. China, por su parte, apostó por otro vector: infraestructuras, contratos de extracción y rutas comerciales que tejieron una red de interdependencia económica con la región. Dos modelos distintos, pero con un denominador común: tratar a los Estados africanos como interlocutores, no como territorios a gestionar. El objetivo es integrar la región en las rutas de la Nueva Ruta de la Seda y conectar el Sahel con los puertos del Atlántico, creando una red de colaboración comercial e infraestructural que Washington mira con pánico creciente.

Lo que realmente está en juego

La dimensión energética aclara las motivaciones mejor que cualquier discurso oficial. No es solo el petróleo nigeriano. Es el gasoducto Marruecos-Nigeria, un proyecto para llevar gas natural desde la costa atlántica africana hasta el sur de Europa. Quien controle ese gasoducto controlará parte del suministro energético europeo en un momento en que el gas ruso sigue siendo un arma geopolítica de primer orden. Washington quiere que esa infraestructura quede bajo su órbita, no bajo la de Pekín. Eso es todo. El antiterrorismo viene después, como siempre.

Y para quien todavía crea que la presencia militar sirve para resolver el problema yihadista: el propio expresidente nigeriano Buhari admitió que la insurgencia se había “metamorfoseado” en células más flexibles e imposibles de erradicar. El terrorismo en la región lleva décadas alimentándose del mismo combustible —pobreza estructural, fronteras coloniales artificiales, estados fallidos sostenidos por potencias externas a cambio de recursos— y ningún Tomahawk ha resuelto jamás ninguno de esos factores. Lo saben en Washington. Y no les importa, porque el objetivo no es la estabilidad. Es la presencia.

Nigeria es la llave de África occidental. Quien influye en Abuja irradia poder sobre toda la región. El Sahel ya no es solo un problema de seguridad regional; es la nueva línea del frente de una guerra fría que no se llama así, pero que funciona exactamente igual que la original: bloques en expansión, países usados como tablero, poblaciones civiles como daño colateral.

Escribo esto y me pregunto cuánta gente en España sabe lo que está pasando allí. Cuántos medios de comunicación “serios” van a abrir telediarios con el despliegue de marines en Abuja con la misma urgencia con que cubrieron cada movimiento de tropas rusas en Ucrania. La respuesta la sabemos. El doble estándar no es un error del sistema; es el sistema.

Lo que Estados Unidos hace en Nigeria es lo que lleva haciendo en América Latina, Oriente Medio y Asia durante décadas: entrar con el pretexto de la seguridad, quedarse por los recursos, y marcharse —cuando se marchan— dejando el país peor de como lo encontraron. La diferencia es que esta vez el rival no es Cuba ni Venezuela. Son Rusia y China, dos potencias nucleares con ambiciones globales. Y eso significa que el margen de error es mucho más estrecho, y las consecuencias para los africanos que viven en medio del tablero, mucho más graves.

Hay algo profundamente enfermizo en una potencia que lleva setenta años declarando guerras que no gana, financiando dictaduras que luego condena, y destrozando estados que después llama “fallidos”. Y hay algo igualmente enfermizo en que el mundo siga comprando ese relato una y otra vez. Nigeria merece algo mejor. El Sahel merece algo mejor. Pero mientras el petróleo fluya en la dirección correcta, Washington seguirá llamando a eso “seguridad internacional”.

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