Unos nacemos legales y otros ilegales

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Lidia Falcón

Con la mala saña que caracteriza a la derecha, Vox y el PP se han han puesto de acuerdo -no les cuesta- en priorizar las ayudas sociales para los españoles, marginando a los migrantes ilegales, porque ya se sabe desde el útero de nuesra madre que unos nacemos legales y otros ilegales.

Lo más inaceptable es que la nueva regulación aprobada por el supuesto “gobierno de izquierdas” de que disfrutamos exige, para permitir que los no nacidos en España trabajen y paguen impuestos, obtengan un certificado de lo que llaman “vulnerabilidad” que no he conseguido averiguar en qué consiste, que expiden no sé tampoco que entidades que tienen permiso para ello, y que ha provocado que miles de personas, porque migrantes o ilegales, supongo que siguen siendo personas, tengan que hacer colas de kilómetros, en pie, sentados en el suelo, o tirados encima de un trapo, durante horas o días.

En estos benditos tiempos de las nuevas tecnologías, cuando se opera quirúrgicamente a través de la pantalla del ordenador y hablas con tu primo que vive en Australia de la misma forma, los pobres -y todos son pobres, cómo no- deben calzarse unas alpargatas cómodas para soportar las interminables colas que nos amargaron la vida en la postguerra española.

Ese certificado imprescindible para que los trabajadores que se dejan la piel y la salud arreglando carreteras, cargando camiones y fregando suelos, puedan seguir haciéndolo por los salarios de miseria que se pagan en España, y no se les detenga repentinamente en cualquier calle donde un policía listejo les exija que se identifiquen y se encuentren en unas horas en una celda o en un avión camino de Camerun o de Venezuela, porque no han podido exhibirle al funcionario defensor de la seguridad de los españoles el famoso certificado de regularización.

Pero estas medidas no les han parecido suficientes a Vox y el PP, celosos y entregados protectores de los nacionales españoles, y han inventado que los servicios públicos -que pagan los emigrantes como todos los que vivimos en el territorio español- no atiendan a quien no pueda presumir de tener la nacionalidad española, que como todos sabemos es una cualidad extraordinaria y no transferible, algo así como si nos la hubiese conferido el Espíritu Santo.

Con la muletilla “primero los nacionales” esos partidos han pactado que ni la sanidad ni la educación ni la vivienda ni los servicios sociales públicos se les dispensará a los extranjeros porque primero tienen que disfrutarlas los españoles “de verdad”. No quienes los necesiten, como dice la consigna comunista, sino quienes por su apellido, el color de su piel y el acento de su idioma se sospeche que no ha nacido en la sagrada tierra española.

Con este cribado que dura ya varios días resulta insoportable ver las imágenes televisivas de los miles de hombres y mujeres, jóvenes y mayores, adolescentes y maduros, muchas veces sosteniendo niños, en las aceras de las calles de Madrid, bajo el sol o la sombra, con viento o lluvia, con el alma en vilo esperando llegar hasta el poderoso funcionario que puede “regularizarlos” para evitar el peligro de ser devuelto en un próximo avión, como si fuese un paquete, a Camerún o a Venezuela.

No puedo salir de mi sorpresa cuando no oigo ni una protesta ni un consejo por parte de la patronal, advirtiendo del evidente problema que se creará si se prescinde de los varios millones de trabajadores que mantienen operativos los sectores de la construcción, la agricultura, la industria, los transportes, el cuidado de los niños, los ancianos y los discapacitados.

Ya sabemos que para la derecha solamente unas clases sociales, las que tienen recursos económicos, son personas, con derecho a ser tratadas como tales, mientras otras, las que no los tienen, no pasan del estatus animal.

Otra parte de mi sorpresa y mi asco lo provoca que esos defensores de “los nacionales” suelen ser católicos, y de tal presumen. Tan católicos, como decía un jesuita, amigo mío, que no son ni cristianos. Más preocupados por impedir que una mujer que no desea ser madre pueda abortar, que porque los seres humanos ya nacidos puedan comer y en consecuencia sobrevivir.

Otra parte de la angustia que siento en esta triste época me la provoca la indiferencia social de la mayoría de la población, la pasividad de los sindicalistas, de las asociaciones cívicas, de los llamados movimientos sociales que no mueven un dedo para denunciar y mitigar la desgracia de los migrantes. Y de esta llamada “izquierda” que nos gobierna y presume de ser socialista. Después de casi un siglo de que las clases trabajadoras se dejaran la piel y la vida en la guerra por mantener los avances de la II República, hoy millones de sus descendientes votan a Vox y al PP.

El capitalismo ha triunfado en todo el planeta, arrasando territorios, invadiendo países y matando a todo el que se oponga, y en España también. Incluso en este Madrid que iba a ser la tumba del fascismo.

Madrid, 23 de abril 2026.

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