El velo no es resistencia; cuando el feminismo se vuelve inocuo

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Por Azucena Melón Ormaetxea

Hay textos que no necesitan ser refutados con datos, sino con algo más básico: una mínima comprensión del feminismo. El artículo  “Correr el velo occidental: en Afganistán es opresión, en España o Francia puede convertirse en resistencia publicado en El Salto, es uno de ellos. No por falta de retórica, sino porque prescinde de lo fundamental;el patriarcado como sistema político estructurado. Y  sin eso, todo lo demás es ruido.

Decir que en Afganistán el velo es opresión, pero en Europa puede ser resistencia, no es un matiz sofisticado. Es una renuncia. Es aceptar que la subordinación de las mujeres no tiene contenido material, que depende del contexto, de la interpretación. Es, en definitiva, negar que exista algo reconocible como opresión.

Pero el feminismo, el que merece ese nombre,  parte de una premisa mucho más incómoda; que el patriarcado no es una suma de culturas, sino un sistema global con expresiones locales, y que una de sus constantes es el control del cuerpo de las mujeres.

El velo no es un accesorio neutro. No aparece en el vacío. Surge y se mantiene en sociedades donde la visibilidad femenina está regulada, donde el cuerpo de las mujeres es vigilado y su sexualidad contenida. No es anecdótico. Es estructural.

Por eso resulta tan revelador el giro del artículo: convertir ese símbolo en “resistencia” en Europa. No es una reinterpretación, es una inversión ideológica. Porque si un marcador de subordinación puede convertirse en libertad simplemente por cambiar de contexto, entonces nada significa nada. Y el análisis feminista deja de existir.

No es la primera vez que se intenta este movimiento: vaciar prácticas de su contenido político apelando a la elección individual. Pero el feminismo radical lleva décadas señalando lo que aquí se ignora; que la elección no ocurre en el vacío. Elegir dentro de un sistema de dominación no convierte esa elección en emancipadora.

Una mujer puede decir que el velo es su decisión. Y probablemente lo sea. Pero eso no altera su función social. No modifica el hecho de que ese símbolo existe para marcar una diferencia entre hombres y mujeres en términos de visibilidad, decoro y control sexual. El patriarcado no desaparece porque se interiorice como identidad.

Para mantener  esta operación, el artículo necesita un enemig;  el llamado “feminismo occidental”. Una categoría difusa bajo la que se agrupa cualquier crítica al velo para deslegitimarla como racista o paternalista. No se responde al argumento: se desacredita a quien lo formula.

Pero el feminismo no es una cuestión geográfica. No es “occidental” afirmar que las mujeres no deben ser ocultadas, ni colonial señalar que la regulación del cuerpo femenino es una forma de dominación. Es, simplemente, identificar un patrón político.

Lo que sí es problemático es subordinar el análisis del patriarcado a otras categorías hasta volverlo irreconocible. Porque cuando toda crítica al velo se redefine como racismo, el resultado no es proteger a las mujeres, sino impedir cuestionar las estructuras que las oprimen. El feminismo no puede aceptar ese chantaje.

Tampoco puede aceptar comparaciones tramposas. Equiparar el velo con los hábitos de monjas no es un argumento, es una distracción. Las monjas son una minoría dentro de una institución concreta. El velo, en cambio, funciona en muchos contextos como expectativa social sobre las mujeres. No son fenómenos equivalentes.

El rechazo a la prohibición del velo sigue la misma lógica. Se presenta como defensa de la libertad, pero es una renuncia política. Implica aceptar que el derecho no debe intervenir en prácticas que estructuran la subordinación femenina. Y eso no es feminismo, es liberalismo. Si ese principio se aplicara de forma coherente, no se habría cuestionado ninguna forma de desigualdad arraigada.

El feminismo existe precisamente porque no todo puede quedar al arbitrio de la elección individual cuando hay estructuras de poder en juego.

Lo que este tipo de discursos produce es una disolución del feminismo; se sustituye el análisis material por el relato identitario y la crítica estructural por la validación de experiencias.Es un callejón sin salida.

Porque un feminismo que no puede nombrar la opresión deja de ser feminismo. Se convierte en una versión domesticada de sí mismo, inofensiva, perfectamente integrada en el mismo sistema que debería combatir.Esto por mucho que se disfrace de sensibilidad cultural o de respeto a la diversidad, no es más que una forma sofisticada de mantener intacto el patriarcado.

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