Por Silvia Carrasco (presidenta de Feministes de Catalunya)
Con motivo del Dia internacional de la Niña (que se celebra cada 11 de octubre), en 2024 publiqué un artículo en el que denunciaba la invisibilidad de sus necesidades y la negligencia en la atención a su desamparo, muy superior y peor que el que sufren los niños. Recibí varios comentarios de compañeras feministas y de algunos hombres, compañeros cercanos, dándome las gracias y trasladándome su sorpresa y malestar por no haberse dado cuenta antes de que las niñas son el grupo social más vulnerable y desprotegido del mundo, también de nuestra sociedad. Recientemente hemos celebrado el III Congreso de Docentes Feministas por la Coeducación, un congreso dedicado a la coeducación ante la violencia contra nosotras, y también algunas personas me han señalado el acierto de nombrar a las niñas además de a las mujeres en el título porque se suele omitir su mención. Siempre ocultas en genéricos neutros como “la infancia” o como parte de las mujeres, lo que no es nada inocente ni inocuo, como “mujeres pequeñas”, negándoles precisamente la infancia y una identidad propia, en plenos tiempos de sacralización de identidades, incluidas las inventadas.
Pero en mi repaso de los horrores globales y locales no fui suficientemente exhaustiva ni queriendo impresionar. Había olvidado la existencia y desconocía el devenir de Nada Itrab tras su primer rescate de la selva boliviana, donde estuvo secuestrada como mano de obra esclavizada y sexualmente agredida durante meses, cuando fue entregada a la tutela del Estado via Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia. No sé cómo duermen sus responsables, pero me gustaría que tuvieran el grado de insomnio suficiente como para que se conjuren de una vez por todas y respondan con sus acciones al nombre que lleva su encargo. Que se revise todo, que se dote de recursos y criterios, que dejen de avergonzarnos como sociedad. Además, no había imaginado el nivel de miseria moral e indiferencia cómplice que implica que los dispositivos de tales sistemas de supuesta atención y protección puedan ver desaparecer, literalmente, a todas sus niñas tuteladas de la mano de una proxeneta infiltrada en ellos para alimentar el negocio criminal de la prostitución, como se ha descubierto recientemente en Canarias. Es tremendamente urgente que una periodista valiente y comprometida como Neus Sala, rescatadora y mucho más en el caso de Nada, tire de todos los hilos hasta que el foco ilumine a todos y cada uno de los culpables. Que ese foco nos muestre el rostro siniestro de todas y todos aquellos que desprecian a las niñas -a todas, no hay más que leer La innombrable, de Lorenzo Silva y Noemí Trujillo- de tal manera que no las consideran humanas sino carne fresca de la que vivir. Y señale la mirada, si se atreven a sostenerla, de quienes nos llaman putófobas y mojigatas mientras ensalzan el empoderamiento de la violación organizada, cuando no la “solución habitacional” que dicen que también ofrece la explotación sexual.
No estamos hablando de esos puntos de la geografía global llamados “calientes”, en los que ya se sabe que unos incivilizados incontenibles se dedican a traficar niñas y bebés para nutrir burdeles y otros destinos aún peores. Esto ocurre aquí, una economía en crecimiento y un país que alardea de solidaridad y pacifismo -no quiero ni pensar en los que ni siquiera alardean de ello. Hay que contarlo y denunciarlo. Esta es una prioridad absoluta entre todos los servicios públicos que debemos defender con uñas y dientes.
Pues bien, dar voz, apoyar la valentía y el coraje de niñas, adolescentes y mujeres jóvenes que exponen con detalle el sufrimiento cuando le pueden poner nombre, se pueden reconocer y pueden recordar, que denuncian el daño, la indiferencia, el abandono y la incomprensión es también una misión feminista en la fiesta de la palabra escrita y compartida que es Sant Jordi. Las mujeres jóvenes que albergan en la memoria de sus cuerpos y sus lágrimas a las niñas que fueron asaltadas y han convertido en poesía combativa su asco y su rabia señalándonos a todos. Las que además de invisibles fueron intencionalmente ignoradas como otras, como unas otras ajenas a nuestra humanidad. Las mujeres maduras, de mirada sabia y afilada cargada de ternura, al rescatar todo lo humano y común del ser mujeres, todas, heridas y sanadas unas y otras, unas a otras, en la travesía entre el pasado y el presente, en todos esos libros que nos cuentan nuestras vidas imaginadas y vividas.
Aquí y ahora, en este nuevo Sant Jordi, no vendemos libros, ni repartimos rosas, hacemos y celebramos mucho más: nos afirmamos juntas, las niñas que hemos sido y las mujeres que somos y seremos, regalando palabras para vivir pisando fuerte y dando la cara. Quiero imaginar a todas nuestras autoras como un refugio, como si vinieran todas a firmar sus libros a la misma hora, una trinchera común para que no olvidemos nunca a nadie en nuestra lucha. ¡Leedlas a todas!








