Por Karina Castelao
Hay discursos que matan.
Todo el mundo lo entiende con el racismo o con la homofobia. Pero parece que con el machismo y la misoginia hay quien no lo acaba de pillar.
Vuelvo a dar la turra con Soto Ivars.
Me habéis dicho muchas en redes que porqué doy voz a su discurso, que cuánto más hablo de él, más propaganda le hago y que sus mensajes misóginos, mejor ignorarlos.
Yo antes también pensaba así. Hasta que Rosa Cobo me hizo ver lo equivocada que estaba. Y es que, como ella dice, los discursos fascistas hay que combatirlos, no ignorarlos porque si no, contagian. Es como las infecciones. Ninguna infección se acaba si, o bien un antibiótico o las defensas del propio organismo no le ponen fin. Pues con los mensajes misóginos ocurre lo mismo: si no se les ponen freno, se expanden como las infecciones y al final provocan muertes.
Un discurso fascista jamás debería de ser divulgado. No por censura, sino por ética. Pero una vez ha llegado a los medios, lo obligatorio es confrontarlo y rebatirlo, no ignorarlo porque por sí solo nunca va a desaparecer. Y eso es lo que voy a hacer.
No voy a decir nada del panfleto ginefóbico que está promocionando Ivars en una gira incansable por todo cuanto medio tenga a bien acogerlo. Y no lo voy a hacer porque me niego a leer ni tan siquiera su contraportada. Pero sí puedo hablar largo y tendido sobre sus intervenciones promocionales porque el algoritmo me las trae constantemente y tengo las santas tragaderas de verlas y escucharlas. Así que os voy a resumir tres de las más gordas barbaridades que le he oído durante su periplo mediático:
En una semana en las que han sido asesinadas por sus parejas seis mujeres a golpes, cosidas a cuchilladas, estranguladas o anteayer mismo, apuñaladas y luego intentado quemar su cadáver, este fulano tiene el cuajo de decir que puede que haya más víctimas hombres por los suicidios que provocan las denuncias falsas que víctimas mujeres por violencia de género. ¿Fuente? Sus santos cojones.
También afirma que las «maltratadoras» cuentan con la connivencia del propio Estado en su empresa de causar sufrimiento a sus esposos, como si la existencia de la mujer que maltrata a su marido fuera una posibilidad real en una sociedad patriarcal donde la jerarquía sexual se asienta en el sometimiento de los hombres a las mujeres mediante el uso de la fuerza bruta si fuera necesario.
¿Fuente? Los mismos cojones de antes.
Y por último y quizá lo más rocambolesco, cuando hay una oleada racista en España que criminaliza a la población inmigrante en general y sin distinción, Ivars se saca de los cojones arriba mencionados el dato de que hay muchas hispanoamericanas o subsaharianas que contratan a hombres marroquíes para que las agredan en público, denunciarlos y así conseguir la residencia. Unas quince mil según sus apreciaciones.Y lo dice así, sin despeinarse.
Yo es que no puedo más, os lo juro. Muere asesinado un chaval homosexual como Samuel Luíz y se forma una escandalera nacional (no sin razón) que abre todos los telediarios y ocupa semanas en los medios. Mueren asesinadas una media de 50 mujeres a manos de sus parejas al año y la cobertura mediática se la lleva un tipejo misógino que se inventa casos alarmantes de masacres masculinas cometidas por malas mujeres apoyadas por un Estado esbirro.
¿Y qué es lo malo de todo esto? Que alguien se lo cree y entonces justifica que haya hombres que asesinen a sus exnovias o a las madres de sus hijos porque este discurso es lo único que les hace falta para confirmar su sesgo: que las mujeres en el fondo son unas pérfidas manipuladoras rencorosas y vengativas y que si sus maridos las matan, por algo será. Lo mismo que el que da «caza al inmigrante» porque «los negros y los moros solo han venido a robar y a violar a nuestras mujeres», o que apalea al gay porque solo es “un depravado que nos va a mariconizar a todos”.
Cualquiera que sepa cómo funciona la Ley Integral de Violencia de Género sabe que las afirmaciones de Soto Ivars solo son bulos e hipérboles con una única intención: atacar una ley que salva vidas gracias a que contempla en su fundamentación la existencia del machismo estructural. Y esto es lo que Ivars no soporta porque al final todo se reduce a que él también es un machista. De ahí que, después de una serie de artificios para demonizar la ley, entre los que incluye la desprotección de las propias mujeres asesinadas por violencia de género, termina diciendo que lo malo es que exista una figura penal distinta para hombres que para mujeres.
O dicho de otro modo: Juan Soto Ivars sostiene la tesis de que la razón de que se suiciden miles de hombres en España, y haya otras tantas mujeres desprotegidas frente al maltrato de sus parejas y exparejas, es una ley que los discrimina a ellos. Y esto ocurre porque hay una horda de malvadas resentidas que se aprovechan de esta discriminación para vengarse de sus ex y así merman los recursos destinados a proteger a las mujeres que de verdad son buenas víctimas.
Miente Soto Ivars cuando dice que la mera denuncia por violencia de género de una mujer supone el ingreso inmediato del denunciado en prisión. Con un mínimo de comprensión lectora y Google, hasta el más cerril de los mortales puede averiguar cómo funciona la Ley Integral de Violencia de Género y la herramienta VIOGEN. Cierto es que, cuando una mujer llega a una comisaría a denunciar a su pareja o expareja, inmediatamente y en todas las ocasiones se abre caso. Pero eso no significa ni admisión de la denuncia, ni condena ni mucho menos ingreso automático en prisión.
Lo que se hace es aplicar una herramienta de evaluación con la única finalidad de baremar el riesgo de ser asesinada en el que se encuentra la denunciante. Y solo entonces y con orden judicial, si se observa que existe peligro real para ella, se procede a la detención del denunciado. Y esto se hace porque el riesgo que corre una mujer de ser asesinada por su agresor en las horas inmediatamente posteriores a denunciarlo es altísimo. De esto si hay datos.
Aun así, todas las mujeres asesinadas este año que habían interpuesto denuncias previas, estaban sin medidas de protección porque un juez había considerado que se encontraban en un nivel bajo o inactivo de riesgo. El resto, no había denunciado a su verdugo.
Miente Ivars cuando dice que solo en España existe una figura penal diferente según el sexo del delincuente. La verdad es que varios países de Europa contemplan el agravante de género en los crímenes cometidos contra las mujeres y contemplan distinto tipo penal para los feminicidios (Portugal, Francia y reconocen el feminicidio países como Malta, Chipre, Croacia o Bélgica). Incluso el nada sospechoso de «progresista» gobierno italiano de Meloni, acaba de aprobar que el feminicidio sea considerado un crimen distinto al del homicidio con un tipo penal superior como es la cadena perpetua.
Podría estar días desmontando uno tras otro los bulos con los que Ivars pretende demonizar a las mujeres, pero solo voy a aportar un dato más. A pesar de las alarmantes conjeturas de Ivars sobre cómo la Ley Integral de Violencia de Género se está ensañando con la población masculina en nuestro país, los mas de cien mil casos por violencia de género abiertos en España en la actualidad solamente suponen el 17% de los casos estimados de mujeres maltratadas por sus parejas o exparejas.
Mientras tanto, el negacionismo de la violencia de género y las suspicacias sobre las víctimas se ven acogidos por todas las cadenas generalistas de España, incluidas televisiones autonómicas, por la mayoría de los medios y digitales de derechas, por radios y por instituciones oficiales como varias bibliotecas públicas en Andalucía. Curiosa paradoja ya que, a un mes de terminar el año, la comunidad autónoma andaluza encabeza el número de mujeres asesinadas por violencia de género en España. Para ser exactos, quince mujeres han sido ejecutadas por sus parejas o exparejas en la región.
Me decía el otro día una amiga que en 2018 ningún medio se habría hecho eco de las palabras de Ivars ni ninguna entidad pública habría prestado sus espacios para permitirle esparcir su discurso misógino. Ni siquiera él mismo se hubiera atrevido a escribir un libro que hubiera puesto en tela de juicio a las mujeres que denuncian agresiones por violencia de género creando sospechas sobre sus motivaciones.
Pero en estos últimos siete años han ocurrido muchas cosas en nuestro país. Una, la más grave, la entrada en el ministerio de Igualdad de personas que ha arrasado con todo lo conseguido por sus predecesoras, acabado con el prestigio del feminismo (hace unos años todo el mundo se autoproclamaba feminista) y que han desviado el dinero del pacto de Estado contra la Violencia de Género a asuntos que nada tienen que ver con la protección de las mujeres y mucho con promover una ideología posmoderna y antimujeres. Esto es lo que merma los recursos destinados a salvar las vidas de las víctimas de maltrato y no la invención de batallones de mujeres denunciando a sus maridos por despecho.
Y otra, la aparición de la manosfera, o lo que es lo mismo, una comunidad de internet formada por hombres inseguros y acomplejados que viven en la permanente infantilidad disfuncional y añoranza reaccionaria de un pasado de hombres proveedores y mujeres sumisas y que ha encontrado su altavoz en las redes sociales y en partidos políticos de corte fascista.
Ambos hechos son los que crean la pinza misógina de la que habla Carola Gómez Moya y que mata mujeres, bien por inacción, como hizo el ministerio de Igualdad de Irene Montero y continúa su sucesora Ana Redondo, bien por acción, como demuestran a diario todos esos hombres perjudicados por el feminismo que acaban poniendo en su lugar a sus díscolas mujeres.
Lo cierto es que mismo el día en que Soto Ivars promocionaba su libro negacionista y tendencioso en la televisión autonómica andaluza, aquella que hace décadas abrió los ojos a todo un país sobre lo que realmente suponía la mal llamada violencia doméstica gracias al testimonio de Ana Orantes, una mujer era cosida a puñaladas por su marido en la comunidad.
Una mujer que probablemente no había denunciado porque seguro pensaría que nadie la iba a creer








