Cómo Mercado y Economía interactúan con el Estado: una mirada feminista a la explotación reproductiva

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Por Eva Neila Ausín (Presidenta de Amables Titulares de Derechos)

Nosotras, las mujeres, consideramos esencial reflexionar con perspectiva feminista sobre eso que hemos colocado en el centro de todas las decisiones públicas y privadas: la economía. Invocada como si fuera un organismo frágil al que debemos proteger a cualquier precio, sus supuestas necesidades parecen justificar cada medida gubernamental, incluso cuando va en contra de los intereses de la ciudadanía. Y dentro de la economía, aún más imponente y más opaco, aparece ese ente que se presenta como salvaje e incontrolable, sometido únicamente a la ley de la oferta y la demanda: el mercado.

Ante esa doble sacralización —la de la economía y la del mercado— sentimos que es más necesario que nunca detenernos a pensar. Comprender qué son realmente, de dónde surgen, qué relaciones establecen entre sí y con nuestras vidas, y qué parte de su poder no es natural sino construido. Las reflexiones que siguen nacen de esa necesidad: la de recuperar el sentido de lo común frente a aquello que hemos aprendido a aceptar como inevitable.

El Estado toma cuerpo cuando las personas de una comunidad dejan de realizar las mismas tareas y se especializan: unas cazan, otras cultivan, otras asumen labores reproductivas, otras fabrican herramientas. La división del trabajo (no sexual) hace posible la abundancia, pero también genera la necesidad de intercambio. Surgen así el cambalache y el trueque, y con ellos la conveniencia de una medida común de valor: la moneda. Sin embargo, la moneda no tiene valor por sí misma; es una promesa, un acuerdo. Su eficacia depende de que exista una autoridad capaz de garantizar su autenticidad y su aceptación. De este modo, el Estado aparece no solo como resultado de la organización social, sino también como condición de posibilidad del mercado.

Sin embargo, esta red de especialización que permitió el surgimiento del Estado y el mercado dejó fuera a la mitad de la población: nosotras, las mujeres, relegadas al trabajo de cuidados invisibilizado.

A lo largo del tiempo, Estado y mercado han mantenido una relación ambigua: se necesitan, pero también se limitan mutuamente. El mercado sin Estado degenera en desconfianza, fraude o violencia; el Estado sin mercado se asfixia en la rigidez y la escasez. Entre ambos se juega el delicado equilibrio de la vida social: la confianza en las instituciones y la libertad de intercambiar. Tal vez por eso, más que oponerse, el Estado y el mercado se reflejan: ambos son redes de relaciones humanas sostenidas por la fe en un valor común, sea este la ley o el precio.

Antes incluso de que se conformaran el mercado y el Estado, nosotras, las mujeres, fuimos enclaustradas en los hogares para que los varones pudieran apropiarse de nuestra capacidad reproductiva y garantizar su paternidad —esa trascendencia simbólica que se proyectaba en el primogénito varón—. Nosotras no tuvimos cabida en la red de especialización que el Estado y el mercado organizaban. Se nos asignaron tareas sin valor monetario, aunque fueran imprescindibles para la supervivencia colectiva: alimentar, cuidar, criar, sostener la vida. Trabajo invisible, gratuito y constante, sobre el que se levantó toda la economía reconocida.

Hoy, a través del feminismo, tratamos de incorporarnos al mercado de trabajo. Pero la pregunta es cómo hacerlo sin reproducir la desigualdad de origen. Hay un sinfín de tareas de sostenimiento de la vida que debemos repartir entre todas para que nosotras podamos acceder plenamente al mercado, y muchas de esas tareas no son susceptibles de mercantilización. Por ello, el mercado —y el Estado que lo regula— deberían liberar tiempo de las personas trabajadoras para atender esas necesidades. Una primera disyuntiva que debemos resolver colectivamente es: ¿cómo distribuimos las responsabilidades de cuidado para que todas las personas trabajadoras puedan participar plenamente en el mercado sin sacrificar el sostenimiento de la vida? La redistribución del tiempo es tan esencial como la redistribución de la riqueza.

También debemos dejar de sobrevalorar la paternidad y esa fantasía de la trascendencia genética. Las personas hijas no son una prolongación nuestra, sino una condición para la supervivencia de la especie. Como seres interdependientes, debemos asumir la necesidad de una siguiente generación que, en su momento, nos cuidará igual que nosotras la ayudamos a crecer. Una segunda disyuntiva que enfrentamos es: ¿cómo organizamos el cuidado de las personas hijas de manera equitativa y colectiva, sin que recaiga únicamente en nosotras, las mujeres, ni en personas trabajadoras ya sobrecargadas? La vida no se perpetúa por la sangre, sino por la convivencia y dentro de ella el cuidado que nos proporcionamos unas personas a otras.

En este tiempo nuestro, toma su máxima expresión en la discriminación de la mujer: la gestación subrogada. El delirio patriarcal niega hasta tal punto la humanidad de la mujer que la considera medio de producción industrial. Nosotras preferimos referirla como explotación reproductiva, puesto que es heredera de esa antigua fantasía patriarcal de poseer una descendencia propia, de convertir el cuerpo de las mujeres en un medio para asegurar una proyección simbólica o genética. Por eso debe ser rechazada tanto por los Estados como por los mercados: porque reduce la vida a una transacción y perpetúa la desigualdad bajo el disfraz del deseo individual.

Nos hablan de economía —palabra que etimológicamente significa “administración del hogar”—, pero nos han arrebatado su sentido profundo. Han convertido la vida doméstica, los cuidados, la crianza y la sostenibilidad del planeta en asuntos secundarios, mientras nos distraen con cifras de macroeconomía que nada tienen que ver con nuestras realidades, aunque se alimenten de ellas. Tal vez haya que empezar por recuperar esa palabra, economía, para devolverle su raíz: el cuidado del hogar común que es el mundo.

Quizá haya llegado el momento de desarmar esa imagen de la economía como un ser superior al que debemos obediencia, y del mercado como un animal indómito cuyo comportamiento solo podemos aceptar. Si algo muestra la historia —desde la especialización primitiva hasta la organización patriarcal del cuidado— es que ni la economía ni el mercado son fuerzas naturales: son construcciones humanas, moldeadas por intereses, por relaciones de poder y por las tareas invisibles que sostienen la vida.

Y si son construcciones humanas, también pueden ser transformadas por nosotras, las personas que hoy parecen sometidas a ellas. Tal vez la economía, en su sentido más profundo de administración del hogar, pueda dejar de ser un territorio ajeno para convertirse de nuevo en un espacio común. Y tal vez el mercado deje de presentarse como una ley inflexible para volver a ser lo que siempre fue: una herramienta sujeta a la ética colectiva, a la justicia y a la sostenibilidad.

Pensar todo esto —atrevernos a mirarlo sin la pátina de inevitabilidad que lo recubre— es el primer paso para recuperar el control democrático sobre aquello que condiciona nuestras vidas. Por eso escribimos estas reflexiones: porque, antes de actuar, necesitamos devolver la economía y el mercado al lugar que les corresponde. No por encima de nosotras, sino a nuestro servicio.

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