Por Eva Neila Ausín
#PuterosGameOver
#LeyAbolicionistaYa
#LOASPSeráLey
Y no, no es un chiste. Es un dato: al menos un 40 % de los hombres reconoce haber pagado por prostitución. Eso significa que casi la mitad de los varones ha pagado por acceder sexualmente a una mujer en condiciones de desigualdad extrema. Eso no es sexo libre, es una forma de violencia.
Todos —o casi todos— nos masturbamos. La sexualidad es natural, biológica, humana. Lo que no es natural ni aceptable es usar a otra persona como vertedero de deseo bajo condiciones de desigualdad extrema. La prostitución no es sexo: es poder. No es placer compartido: es dominación unilateral. Y los puteros lo saben, aunque fingen ignorarlo.
¿Cómo puede excitarse alguien usando como fetiche sexual el cuerpo de otra persona aprovechando su vulnerabilidad? La respuesta es brutal: porque han aprendido a borrar la humanidad de la mujer que tienen delante. Porque el dinero les otorga la falsa idea de que pueden apropiarse de todo: del cuerpo, de la dignidad y de la voluntad de otra persona. Porque no ven a un ser humano con deseos y límites, sino a un objeto disponible, utilizable y desechable. Cada “encuentro” pagado es una transacción de poder: quien paga manda, quien necesita obedece. Ahí no hay sexo, hay sometimiento.
Esta negación de la humanidad no aparece de la nada. Es el producto de un sistema que enseña a los hombres que valen más que las mujeres. Que hay cuerpos comprables o alquilables y cuerpos intocables. Que la desigualdad puede llamarse “elección” para blanquear la explotación. Lo vemos en todas partes: en el cine, en las series, en los videoclips, donde la fiesta “inolvidable” siempre viene decorada con mujeres convertidas en bodegones sexuales, disponibles de inmediato para el goce masculino. O en sus versiones más modernas en redes sociales, OnlyFans y otras plataformas, que presentan la explotación como empoderamiento para hacerla más digerible.
Y no es una novedad del entretenimiento actual: basta recorrer cualquier museo para ver paredes tapizadas de cuerpos desnudos de mujer, ofrecidos como frutas en un mercado, listos para la mirada masculina. La cultura lleva siglos repitiendo el mismo mensaje: ellas son objetos, ellos los dueños del deseo.
El patriarcado educa a los hombres en la idea de que su placer es un derecho y la vulnerabilidad de las mujeres una oportunidad. Por eso la prostitución no es un problema de sexo: es un problema de poder, de dominación y de violencia estructural. ¿Por qué necesitan tantos varones someter el cuerpo de una mujer para sentirse importantes o poderosos? ¿Será porque muchos arrastran un complejo de inferioridad que solo saben tapar humillando a alguien más vulnerable? ¿Tendrá algún componente de sadismo? Se complementan. ¿Será que muchos recurren a la prostitución para compensar inseguridades y reafirmarse a través de la dominación, en lugar de construir relaciones igualitarias?
Consumir prostitución es violencia. Es violencia porque convierte la intimidad en mercancía. Es violencia porque obliga a negociar el cuerpo con miedo, con necesidad o bajo coacción. Es violencia porque normaliza la idea de que los hombres pueden comprar obediencia sexual. Y lo más repugnante es que muchos puteros se sienten intachables, convencidos de que pagan por un “servicio”. Se engañan con frases como “ella lo ha elegido”, “es su trabajo”, “se ve que a ella le gusta”. Saben que no es cierto, pero lo repiten para calmar su conciencia. Y lo más brutal: aunque sepan que es mentira, siguen consumiendo prostitución porque a ellos sí les gusta ejercer esa violencia. La verdad es clara: la precariedad no es una elección, es una trampa. La necesidad no es libertad, es coerción. Les gusta comprar sometimiento, les gusta pagar por humillar, les gusta dominar.
El deseo humano puede satisfacerse sin humillar. La sexualidad puede vivirse sin cosificar. Buscar placer no exige explotar a nadie. Ser putero no es un derecho: es una marca de miseria moral. Es la prueba de un sistema que ha deshumanizado tanto a los hombres que los convence de que su orgasmo vale más que la dignidad de otra persona.
No hablamos de moralina ni de censura sexual. Hablamos de ética, de límites que no pueden cruzarse. De la verdad más elemental: ningún ser humano es mercancía. Y ningún billete puede comprar humanidad.
Usar a otra persona para alcanzar un orgasmo sin reciprocidad es violencia. Punto. No cabe excusa, ni relativismo, ni justificación cultural. Basta de eufemismos: pagar por prostitución es comprar dominación, comprar desigualdad, comprar dolor.
Y mientras un putero siga siendo un ciudadano respetable, mientras nadie lo nombre, mientras sus colegas rían sus “hazañas”, la igualdad de la que tanto presumen será una farsa. Durante demasiado tiempo los puteros han gozado de la complicidad del silencio colectivo: podían jactarse de sus violaciones tarifadas sin que nadie les dijera lo que son. Al contrario, recibían palmaditas en la espalda y eran aplaudidos como “más machos”. Esa complicidad social es parte del crimen.
Aquí no valen medias tintas: hay que romper el silencio. Hay que señalar a los puteros. No podemos reírles las gracias ni callar ante sus relatos de explotación. Hay que gritarles a la cara la verdad: lo que hacen es asqueroso, y el asco lo provocan ellos, no las mujeres explotadas.
La vergüenza debe cambiar de lado: son los puteros quienes deben cargar con ella. Los que degradan, los que compran cuerpos, los que creen que su placer vale más que la vida y la dignidad de una mujer. Los explotadores que todavía se atreven a sentirse inocentes.
Consumir prostitución es violencia. Y contra eso solo cabe una respuesta: repudio. Social, político, colectivo. Basta ya de normalizar lo intolerable. Basta ya de tolerar la miseria disfrazada de deseo. El putero no es un simple cliente: su acción reproduce una forma de violencia sexual mediada por dinero. Las feministas señalamos que no es más que un violador con dinero. Y mientras la sociedad no lo entienda así, la igualdad seguirá siendo una mentira obscena.
La indignación no basta si no se traduce en leyes y en educación. La ley abolicionista que prepara el Ministerio de Igualdad de Ana Redondo tiene que ir hasta el final: sancionar la depredación sexual y lanzar campañas de concienciación contra el consumo de prostitución y pornografía, igual que en su día se hizo contra el tabaco o el alcohol. Omitirlas sería perpetuar el blanqueo del que disfrutan los puteros. La sociedad no puede seguir normalizando el crimen bajo la coartada del mercado.
Conviene recordar: cualquiera puede tener un putero muy cerca, incluso sin saberlo. Grita con nosotras: ¡Cuidado, cuidado!: puedes tener un putero a tu lado.









«De la verdad más elemental: ningún ser humano es mercancía.»
La verdad cruda es que todos los humanos en este sistema y en todos los conocidos desde hace siglos son mercancía. Unos venden su cuerpo, otros su talento artístico, su esfuerzo físico o capacidad intelectual.