Sin ojeras al trabajo: reducir las jornadas, no las mujeres

0

Por Eva Neila Ausín (Presidenta de Amables Titulares de Derechos)

En un mundo ideal, tras siglos de convivencia bajo un paradigma patriarcal que ha generado profundas desigualdades y una generalizada infelicidad entre las mujeres, nos habríamos sentado a negociar con honestidad y madurez los cambios necesarios para dar respuesta a las demandas que las mujeres hemos formulado históricamente. Sin embargo, en nuestra realidad concreta, lo que nos hemos encontrado no ha sido un diálogo abierto y transformador, sino una tenaz y persistente resistencia por parte de los varones a reconocernos como iguales, tanto en derechos como en deberes.

Esa resistencia ha comenzado, en primer lugar, por el cuestionamiento de nuestra capacidad para asumir las tareas que, bajo la lógica patriarcal de la división sexual del trabajo, estaban reservadas a los varones. No fue el reconocimiento mutuo ni la voluntad de redistribuir el poder lo que permitió a las mujeres acceder a ciertas esferas de lo público, sino una coyuntura histórica forzada: la necesidad de una mano de obra más cualificada para mantener el orden económico de las clases dominantes, unida a la disminución de la población masculina como consecuencia de las guerras mundiales. Esta situación abrió, en los países del llamado primer mundo, una ventana de oportunidad para que las mujeres demostrásemos que también podíamos desempeñar tareas tradicionalmente consideradas masculinas.

A partir de entonces, y gracias al impacto positivo de nuestra participación en el PIB y en otros indicadores económicos, hemos alcanzado una aparente igualdad formal. Pero esta igualdad no ha sido acompañada por una transformación real de las estructuras sociales, laborales y culturales. No ha existido un diálogo serio sobre qué reestructuración sería necesaria para consolidar estos avances y convertirlos en un cambio irreversible. Lejos de eso, desde finales de los años noventa asistimos a una preocupante regresión: los derechos conquistados están siendo cuestionados y, en muchos casos, erosionados. El índice de paridad de género en España alcanzó en 2024 un 65,7 %, lo que supone una mejora, pero también confirma que aún falta más de un tercio del camino hacia una igualdad efectiva. No basta con estar presentes: hay que transformar las reglas del juego.

Venimos de un sistema que asignaba a los hombres una jornada laboral limitada en tiempo y regulada por días de descanso, festivos y vacaciones. Para las mujeres, en cambio, la jornada doméstica y de cuidados no tenía ni tiene un marco definido: es continua, invisible y no reconocida. Con nuestra incorporación al mercado laboral no se ha producido una redistribución de las cargas, sino una acumulación: seguimos soportando el peso del trabajo doméstico y de cuidados, y además sumamos la jornada laboral remunerada. Es una sobrecarga estructural que constituye un abuso sostenido. Según la última Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT), las mujeres en España dedican, de media, 30,8 horas semanales al trabajo doméstico no remunerado, mientras que los hombres solo 11,6 horas (INE, 2011). Esta brecha se mantiene incluso cuando ambos trabajan a jornada completa, lo que evidencia una sobrecarga estructural y persistente.

Lejos de abordar este problema desde la raíz, las políticas públicas han optado por ofrecer “soluciones” que perpetúan la desigualdad: permisos no remunerados, excedencias o reducciones de jornada para atender a menores y mayores dependientes. Aunque presentadas como derechos, estas medidas refuerzan la discriminación laboral de las mujeres, pues consolidan la percepción de que somos menos disponibles, menos productivas y, por tanto, menos competitivas en el mercado de trabajo. Los datos son contundentes: el 70 % de las excedencias por cuidados siguen siendo solicitadas por mujeres, según cifras de UGT (UGT, 2024). Aunque se presentan como derechos, en la práctica son mecanismos que empujan a las mujeres a asumir en solitario la carga del cuidado, con un coste directo sobre su carrera profesional y su independencia económica. 

La realidad es esta: el trabajador varón llega a su puesto descansado, rinde bien, dedica su tiempo libre a formarse o a ascender profesionalmente, y puede responder ante los picos de trabajo. La trabajadora, en cambio, llega con ojeras, agotada tras una doble o triple jornada, con escasas posibilidades de formación continua o promoción, y con la necesidad —a veces vital— de reducir su jornada cuando se ve desbordada. No es que no seamos válidas: es que no jugamos con las mismas reglas.

Estas medidas parciales no son suficientes: son agua de borrajas. La única vía real hacia la igualdad pasa por una reducción generalizada de la jornada laboral para toda la población. Las mujeres necesitamos que los hombres tengan tiempo —no solo voluntad— para implicarse en las tareas domésticas y de cuidados. Solo así será posible acabar con la sobrecarga femenina y construir relaciones laborales y familiares más justas.

Como decíamos al inicio, si se nos hubiera reconocido desde el principio nuestra plena capacidad para el trabajo, también habríamos puesto sobre la mesa el reconocimiento del trabajo doméstico como tal. En ese escenario ideal, habríamos propuesto repartir a partes iguales el trabajo mercantilizado a cambio de redistribuir también a partes iguales el trabajo reproductivo. Pero la historia no fue así.

Por eso, exigimos a los legisladores que dejen de ofrecernos medidas que, en nombre del cuidado, nos excluyen parcialmente del mundo laboral, y que, en cambio, trabajen por una transformación estructural que pase por la reducción general de la jornada laboral. Solo de este modo podremos avanzar hacia una igualdad que no sea únicamente formal, sino también real, vivida y justa.

Las brechas salariales no son más que la consecuencia de esto. El mercado nos retribuye menos a las mujeres porque ofrecemos una mano de obra —a sus ojos— de menor calidad. Las mujeres en España ganamos de media un 20 % menos que los hombres, lo que equivale a 4.857 euros menos al año. Además, las mujeres estamos sobrerrepresentadas en trabajos a tiempo parcial no deseados y en sectores peor remunerados, como sanidad y educación. La patronal sigue resistiéndose a contratarnos en igualdad de condiciones. Nos retribuye peor a las mujeres no porque seamos menos capaces, sino porque seguimos apareciendo como mano de obra secundaria: más “interrumpida”, más “distraída”, más “inestable”, precisamente porque asumimos el trabajo que nadie reconoce pero que todo lo sostiene. Así, en la vejez —tiempo en el que la cuantía de las pensiones corresponde en cierto modo con el derecho al descanso devengado por nuestras aportaciones sociales durante nuestra época activa—, vemos minoradas nuestras pensiones por los permisos de cuidado que tan gentilmente nos ha concedido el legislador. Legislan que, cuando seamos mayores, tengamos menos derecho a descansar que quienes nunca han sufrido una doble o triple jornada laboral.

Ahora que empezamos a tomar conciencia de que el grado de competitividad enfermizo en el que están atrapadas nuestras culturas está destrozando el planeta, que el crecimiento económico ilimitado no solo es inviable sino suicida, y que la crisis ecosocial ya no es una amenaza futura sino una realidad presente, necesitamos dejar de correr y empezar a vivir de otro modo. Necesitamos decrecer, no solo en términos materiales, sino también en las lógicas que estructuran nuestras vidas. Es el momento de reducir las jornadas, no las de las mujeres, sino todas las jornadas. Reducir el tiempo dedicado a la producción mercantil para liberar tiempo para el sostenimiento de la vida, para el cuidado mutuo, para el descanso, para el compromiso político, para la regeneración del planeta y de nuestros vínculos.

Desde una mirada ecofeminista, lo urgente no es aumentar la productividad, sino proteger los ciclos de la vida; no es ampliar los beneficios empresariales, sino garantizar condiciones dignas y sostenibles para todas las personas y especies. El ecofeminismo nos recuerda que nuestras vidas son profundamente interdependientes, no solo entre seres humanos, sino también con el resto de seres vivos y con los ecosistemas que habitamos y transformamos. Esto exige repensar radicalmente cómo distribuimos el tiempo, la energía, los recursos y el poder, cuestionando el mandato de disponibilidad total que impone el mercado y la lógica extractivista que arrasa con todo lo que no produce beneficio inmediato.

Las mujeres llevamos siglos sosteniendo la vida en la sombra, a costa de nuestra salud, de nuestras trayectorias, de nuestros cuerpos y de nuestra libertad. No queremos más “conciliación” que nos saque a medias del empleo y nos deje atrapadas, una vez más, en los márgenes de lo público. Queremos otra forma de organizar el mundo, una en la que el centro no sea el beneficio sino el cuidado, en la que el tiempo se reparta con justicia y el trabajo deje de organizarse contra la vida.

Frente al agotamiento global, el colapso climático, el empobrecimiento energético y el deterioro de los vínculos, urge construir una economía del límite y del cuidado, donde la regeneración de los cuerpos, los territorios y las relaciones ocupe el lugar que ahora ocupa la acumulación. Necesitamos una redistribución profunda del tiempo y de las responsabilidades, que reconozca que la vida no se sostiene sola, que alguien la cuida, y que ese alguien no puede seguir siendo siempre la misma. Es tiempo de buscar nuevos equilibrios, y para eso hay que dejar de cargar sobre las espaldas de las mujeres lo que es responsabilidad colectiva. Porque el futuro no se construirá con más horas de jornada, sino con más horas de vida.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.