¿Aires de cambio en el feminismo?

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Por Karina Castelao

Creo que algo está cambiando.

Diréis que soy una ilusa, pero yo este 8 de marzo he visto movimientos impensables hace tres años cuando recién salidas de la pandemia, una arrogante Irene Montero al frente del ministerio de Igualdad, se proclamaba la inventora del feminismo.

Han pasado el tiempo y muchas cosas. Lo primero es que ha ganado Trump, y como ocurre al menos desde hace un par de siglos, lo que pasa en Yankilandia tiene repercusión en todo el planeta. En EEUU se crean y se destruyen ideologías, tendencias, líneas de pensamiento, modas… pero siempre tienen motor económico. Y en EEUU se ha creado lo woke y allí ha muerto por la tan mundana razón de que no da dinero.

Lo woke nació como algo bueno y noble, como una tendencia que buscaba la autocrítica respecto a cómo las personas blancas percibían a las de raza negra. Pero a partir de ahí, y fagocitado por el liberalismo como todo lo susceptible de ser negocio, ha pasado de ser un movimiento ciudadano de carácter social cuya finalidad sería acabar con el racismo a nivel colectivo (o el machismo o la homofobia) a un movimiento individualista de identidades del que sacar rédito.

Así que, como Trump ha decidido que lo woke molesta porque el hombre blanco heterosexual americano no tiene nada que revisarse y la inmensa mayoría de la sociedad yanki está de acuerdo (siempre lo ha estado), el dinero ha decidido volver al redil de lo heteronormativo, caucásico y convencional y dejar de lado tanta inclusión y diversidad. De ahí que los CEOs de las grandes corporaciones que apoyaban e invertían incondicionalmente en lo diverso e inclusivo hayan dejado de poner sus pronombres en el currículum.

A nivel cultural, esa lavadora de cerebros que es Hollywood también ha cambiado de programa. Disney ha aparcado sine die las tramas LGTBI y ha decidido devolverle los cromosomas XY y su blanquitud a los protagonistas de sus producciones a la espera del más que previsible fiasco de Blancanieves. Únicamente Netflix ha opuesto resistencia, pero el infortunio de haber apostado todas sus cartas a una producción presumiblemente transgresora y que ha resultado ser su peor pesadilla, Emilia Pérez, creo que va a suponer un antes y un después en la linea ideológica de la plataforma de streaming.

En cualquier caso no todo es EEUU y aquí en Europa también ha habido cambios, puede que muchos provocados por los vaivenes estadounidenses, pero también puede que otros sean de cosecha propia.

En el viejo continente ya hay varios países que han desterrado las terapias afirmativas de género para menores, como Reino Unido o Suecia. Y algunos, como Italia, han iniciado su propia cruzada contra el transgenerismo y lo queer. Quita que Meloni es de extrema derecha, pero ni los laboristas británicos ni los suecos lo son y aun así están recogiendo cable en esto de dar bloqueadores y hormonas a los chavales y chavalas como quien da “lacasitos”. Será por las denuncias de mala praxis, las investigaciones oficiales o el sentido común, pero el frenazo es evidente y no parece tener vuelta atrás.

Pero como ya decía la publicidad turística durante la era franquista, Spain is different.


España, cual reducto galo, parece impermeable a las oleadas que vienen desde el otro lado del Atlántico y, mientras toda la Academia de Cine Norteamericano no hace ni medio mes era incapaz de deshacerse de la condena («es una condeeeena») del impresentable y racista protagonista de Emilia Pérez, Karla Sofía Gascón, hace unos días le otorgaban en nuestro país el premio a Mejor Actriz en Producción internacional de los 33 Premios de la Unión de Actores y Actrices Españoles tras unas últimas semanas de campaña de compasión e indulgencia de los medios patrios.

Aquí también, hasta hace nada, senadores como Carla Antonelli, apoyados por todo el bloque de la investidura, decían a grito pelado que había que bajar la edad de la aplicación de los bloqueadores de la pubertad casi hasta la cuna porque los niños y niñas que se dicen trans -con la seguridad que les da un autodiagnóstico aun sin haberles salido todos los dientes-, crecen y no vaya a ser que luego se arrepientan y no quieran transicionar de género y atiborrarse a hormonas, algo que Antonelli también sabe perfectamente que es lo que acostumbra a suceder. Y todo el mundo y los medios callaban porque cualquier opinión o cuestionamiento contrario es discurso de odio.

Asimismo no se puede pedir públicamente que las personas nacidas varones no compitan en categorías deportivas femeninas, que no sean trasladados a cárceles de mujeres y que no ocupen espacios segregados por sexo, como vestuarios de piscinas, gimnasios o centros de trabajo, porque a muchas no nos hace gracia que se paseen con la bandera izada delante de mujeres y niñas. Y como decir esas cosas también es discurso de odio, no se decían. Hasta ahora.

Hará unas tres semanas Tasia Aranguez decía en la cadena pública que el sexo era importante a la hora de practicar un deporte. Y aunque Pablo Iglesias entró en brote exigiendo la censura de su discurso, dos semanas después Silvia Carrasco, en el mismo programa y ya sin casi oposición (solo la de una desinformada Carlota Corredera sobre qué son o no los derechos humanos), dijo que el sexo era relevante para legislar sobre los derechos de las mujeres y que una mujer era una hembra humana adulta. Así, sin complejos. A todo esto hay que añadir a una exvicepresidenta del gobierno Carmen Calvo sin filtros en La 1 de Televisión Española afirmando que los derechos de las mujeres y las demandas del colectivo trans no tenían nada en común.

Será que los partidos fieles al transgenerismo queer y al posmodernismo woke, tales como Podemos y Sumar, andan de perfil bajo vistos los últimos acontecimientos ocurridos con sus cabezas visibles Juan Carlos Monedero e Iñigo Errejón respectivamente, que hasta el propio Pablo Iglesias se ha quedado mudo no vaya ser que tenga que ir poniendo él también la perilla en remojo. O será que en el PSOE intuyen un batacazo electoral propio tras los escándalos de algunos de sus altos cargos como José Luís Ábalos y su afición a pagar con lo público sus tropelías, y de ahí su apuesta por enviar a Carmen Calvo en todos lo medios a decir alto y claro lo que hace menos de un lustro le costó el puesto de vicepresidenta del gobierno.

El caso es que yo este año en el 8 de marzo vi cosas que desde la década pasada no veía y algunas nuevas que abren en mi opinión camino a la esperanza.

Vi a una ministra de Igualdad, Ana Redondo, no insultando y acusando de transfobia a las feministas abolicionistas, sino suplicando la unidad del feminismo e instando a aparcar las diferencias que han llevado a que se dividan las movilizaciones del Día Internacional de la Mujer entre manifestaciones reivindicativas de los derechos de las mujeres y otras en las que se piden cosas que nada tienen que ver con eso.

Vi a la prensa de cabecera del Gobierno haciendo bien las cuentas y deduciendo que en Madrid, las 5.000 personas que había perdido la celebración festiva de la mañana que organiza la Comisión 8M, las había recuperado la manifestación feminista que organizaba por la tarde el Movimiento Feminista de Madrid.

Vi a los medios difundir todas las movilizaciones feministas abolicionistas de España, algunas de las cuales fueron más multitudinarias que las convocadas por las organizaciones transinclusivas, diversas y regulacionistas del sistema prostituyente, como ocurrió en Palma de Mallorca.

Vi agrupaciones feministas abolicionistas conseguir convocar por primera vez sus propias manifestaciones con gran seguimiento por parte de numerosas mujeres, como As Furias en Vigo. O la del Foro Feminista de Lugo, cuya repercusión llegó a abrir el informativo de la noche de la Televisión de Galicia.

En resumen, vi que existíamos, que a todas nos nombraban, nuestras rutas, horarios y lugares de manifestación y concentración. Y que tuvimos cobertura (hasta a mí me entrevistó La Voz de Galicia) al mismo nivel en muchas ocasiones que la de las organizaciones inclusivas y diversas.

No quiero cantar victoria e igual soy demasiado optimista, pero no obedece a ningún sesgo de confirmación lo que yo misma vi este 8 de marzo: que también estuvimos presentes y, aunque hubo algún altercado protagonizado por los de la «furia trans” y que espero termine en los tribunales y en sanciones ejemplares, los medios no nos llamaron tránsfobas, sino feminstas abolicionistas, y para mí eso es un gran avance. 

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