La paradoja del pacto social

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Por Eva Neila Ausín

La sociedad en la que vivimos ha sido estructurada para satisfacer principalmente las necesidades de los varones. En este sistema, existen dos pactos fundamentales entre hombres que perpetúan la desigualdad y la opresión de las mujeres:

1. El pacto sexual, que se describe muy bien tal como parafrasea Rosa Cobo a Carole Pateman, es el reparto de: “Una mujer para cada uno y unas cuantas para todos”. Este acuerdo se impone a través de la violencia sexual y tiene un propósito claro: generar en las mujeres la necesidad de un protector masculino, un propietario. Aquella que no se somete a las normas de recato y exclusividad es relegada al grupo de mujeres “disponibles para todos”, expuestas a la violencia sexual colectiva, porque ellos actúan en manada. Este mecanismo de control sigue vigente y se refuerza mediante el miedo y la coacción.

2. Pero también hay otro pacto que nos oprime, el patriarcado lo refiere como el pacto social. Este segundo pacto garantiza que los hombres reciban cuidados a lo largo de toda su vida, ya sea en la infancia, en la edad adulta o en la vejez. En su versión contemporánea en España, lo vemos reflejado a través del Pacto de Toledo, que regula el sistema de pensiones. Este pacto es clasista y preserva las diferencias de clase, pero en su núcleo garantiza que la clase de los varones bien integrados en la sociedad tengan asegurado su sustento cuando ya no puedan trabajar. Sin embargo, nos deja fuera a muchas de la clase de las mujeres, invisibilizando nuestras contribuciones.

Una de las cuestiones más preocupantes de la regresión machista que estamos sufriendo es que muchas voces (todas ellas conservadoras, por mucho que se digan a sí mismos que son de izquierdas) hablan de que ya tenemos la igualdad, al menos a nivel legal, cuando esto es absolutamente falso. Para analizarlo necesitamos reflexionar sobre algunas cuestiones:

¿Qué es un cuidado?

El cuidado abarca cualquier atención que una persona otorga a otra, pudiendo incluso ser hacia sí misma. Dentro de este concepto distinguimos dos tipos:

• Los que se llaman trabajo: Considerados una contribución social, referidos como producción, tradicionalmente desempeñados por varones en el espacio público y remunerados.

• Los que se llaman cuidados: No reconocidos como contribución social, referidos como reproducción, tradicionalmente desempeñados por mujeres en el espacio privado y no remunerados.

Es importante destacar que, en particular, los esfuerzos para el aprovisionamiento, que típicamente llamamos trabajo, son también cuidados. No es algo contrario, ni de otra especie, sino que es una parte del cuidado.

¿Quién presta estos cuidados?

1. Los varones que se encargan casi exclusivamente de la producción;

2. El Estado que presta servicios sociales y otorga becas, ayudas y pensiones y;

3. Las familias, es decir, las mujeres.

Mujeres, que además de estar incorporándonos a la producción, seguimos asumiendo la mayor parte de los cuidados reproductivos en todas las etapas de la vida:

1. Infancia: Los cuidados se prestan mayoritariamente de manera gratuita por mujeres dentro del entorno familiar.

2. Edad adulta: En el mercado laboral, las profesiones vinculadas al cuidado directo son ocupadas mayormente por mujeres en situación precaria y, dentro del hogar, seguimos siendo nosotras quienes realizamos el trabajo doméstico y de atención a dependientes también de forma gratuita.

3. Vejez: A partir de los 67 años, el Estado otorga pensiones solo a quienes se considera que han contribuido socialmente. Sin embargo, las mujeres continuamos cuidando de por vida y de forma gratuita de nuestras parejas, y también de los nietos y otros allegados, sin reconocimiento alguno por nuestro trabajo ni ningún derecho al descanso.

¿Qué se necesita para garantizar el pacto social?

Esa alianza transgeneracional (en cuanto que cada generación cuida de la siguiente y la anterior) entre varones tiene continuidad siempre que haya dos ingredientes igual de importantes:

• La contribución económica de la producción.

• La contribución humana de la reproducción, que provee esa siguiente generación que producirá para cuidar a la que la engendra.

¡Anda, resulta que la reproducción no solo contribuye, sino que es un elemento esencial del engranaje! Sin reproducción no se puede sostener el pacto social.

Los días 1 y 2 de marzo de 2025, en los que se ha celebrado en Madrid el Encuentro Feminista Intergeneracional del Feminismo radical abolicionista, organizado por la Editorial Digital Feminista Victoria Sau, nos ha parecido un escenario especialmente oportuno para reflexionar sobre cuál es el paradigma de pacto social con el que queremos convivir y hemos compartido allí estas reflexiones de la Asociación Amables Titulares de Derechos.

Dos datos sobre las brechas de desigualdad:

• Aproximadamente, el 90% de los hombres, sea cual sea el itinerario de vida que elijan vivir, obtienen el derecho a ser cuidados por el Estado, en la vejez o cuando ya no pueden trabajar, a través de una pensión contributiva, frente a poco más del 50% de las mujeres.

• La brecha salarial entre pensionistas duplica la brecha en la población activa.

Es decir, no solo menos mujeres accedemos a una pensión, sino que aquellas que la recibimos cobramos mucho menos que los hombres. La injusticia es doble: primero, se invisibiliza nuestro trabajo de cuidados y no se considera contribución; y después, se nos excluye del derecho a ser cuidadas por no haber contribuido.

¿Por qué sucede esto?

A menudo se argumenta que las mujeres no recibimos pensión porque “no hemos contribuido socialmente”, pero esto es falso, ofensivo y misógino. La realidad es que nuestro trabajo no ha sido reconocido como contribución porque aún no hemos superado el paradigma de “la tutela masculina” impuesta históricamente. Se sigue asumiendo que los hombres son los principales proveedores y se les siguen asignando a ellos nuestras aportaciones. Por lo tanto, son considerados merecedores de protección económica. Y nosotras ya la recibimos a través de ellos o de miserables pensiones no contributivas. Después de todo, son caritativos y nos arrojan unas migajas con las que sobrevivir cual beneficencia. El colmo de todos esto es que terminan siendo nuestros héroes salvadores.

La trampa de la conciliación

¿Qué conciliación va a haber en el caso de una persona que tiene que trabajar una jornada de ocho horas, más “al menos” una hora que la ley obliga a parar para comer, más una hora de ida y otra de vuelta a la zona residencial de la Conchinchina en la que se esté pudiendo costear una vivienda? Trabajar en la producción implica en muchos casos invertir once horas diarias, si no son más. ¿Puede atender bien a sus dependientes una persona con esta carga horaria y el escasísimo desarrollo de los servicios sociales que tenemos por más que comparta esta responsabilidad con su pareja?

Sí, es cierto que las mujeres tenemos derecho a tener una cuenta corriente por nosotras mismas sin la firma ni la autorización de ningún varón, pero los varones siguen sin implicarse en los cuidados y atenciones a dependientes (incluyendo a menores y mayores sin distinguirlos, porque todos ellos son igualmente dependientes) porque sus sueldos son los más altos. La brecha salarial cumple una función clave ofreciendo a los varones el argumento de que sus trabajos son los que más hay que cuidar. Y este “cuidado del puesto de trabajo del varón” implica facilitar su disponibilidad para realizar horas extras, remuneradas o no, y su formación fuera del horario de trabajo, a cargo de no asumir sus responsabilidades de cuidado en el ámbito privado, cargándolas sobre las espaldas de sus mujeres, a quienes toda esta presión termina por expulsar del mercado laboral en muchos casos. Nosotras “no conseguimos conciliar y dejamos de contribuir”, mientras que a ellos se les ayuda “a promocionar y a contribuir más”.

Conclusión: Vivimos en la paradoja del pacto social

Se da la paradoja de que somos precisamente las mujeres que más garantizamos este pacto social patriarcal, las que participamos de la reproducción social, las principales excluidas del derecho a ser cuidadas. Esto es un escándalo. Vivimos atrapadas en una estructura económica y social que nos empuja a la dependencia económica de los varones, para luego someternos a su protección económica como única alternativa. Pero la violencia económica que nos obliga a requerir de su protección está generada precisamente por ellos negando nuestras contribuciones sociales.

Y cierro con el principio, nos oprimen los dos pactos fundamentales entre varones, su pacto sexual y su pacto social. Sostenidos respectivamente a través de la violencia sexual y la violencia económica. Ambos son las dos caras de una misma moneda, el patriarcado.

Por ello, los foros con concurrencia intergeneracional son los espacios perfectos para reflexionar sobre qué modelo de pacto social queremos para el futuro. No es un asunto que delegar en pensionistas porque verse sobre pensiones. Todo lo contrario, sois sobre todo las jóvenes las que tenéis que definir y pelear las condiciones laborales, los parámetros de valoración de las contribuciones y la estructura legal, en la que queréis que se desarrollen vuestras vidas. La pregunta no es si este sistema es justo, porque claramente no lo es. La pregunta es: ¿Estamos dispuestas a seguir sosteniéndolo?

Es momento de romper estos pactos y construir una sociedad donde el cuidado sea una responsabilidad compartida y no una carga impuesta a las mujeres. Y donde el cuidado de las mujeres tenga el mismo espacio que el de los varones. Porque solo así podremos hablar de verdadera igualdad. Y para ello, necesitamos:

• Jornadas laborales de menor extensión que sean susceptibles de ser conciliadas.

• Acceso a viviendas próximas a nuestros lugares de trabajo en condiciones asequibles.

• Mayor desarrollo de los servicios sociales de atención a dependientes (menores y mayores).

• Dotación económica para la ley de Dependencia.

• Igual tratamiento legal a los menores de edad (hijos) que a los dependientes a través de su inclusión en la ley de dependencia, son igual de dependientes que los mayores. Lo cual implicaría cotizaciones a la Seguridad Social para las cuidadoras, es decir:

• Reconocimiento de la reproducción como la contribución social esencial que es.

• Y un largo etcétera de medidas sobre las que espero tengamos ocasión de reflexionar y discutir.

Está en nuestras manos. Muchas gracias por leerme.

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