Por Elena Gallego Andrada
Cuando creíamos haberlo escuchado ya todo en los interrogatorios a las víctimas de violencia sexual, desde el juez del caso del exalcalde de Ponferrada, Ismael Álvarez, primer político condenado por agresión sexual en España, hasta los jueces de las manadas y pensábamos que ya no se repetiría, nos encontramos, el 20 de enero de 2025, con el humillante y vergonzoso interrogatorio del juez Adolfo Carretero a la sra. Elisa Mouliaá, denuncianta por agresión sexual de Iñigo Errejón. El tono, el trato, el contenido de las preguntas, la forma apabullante de hablar, los juicios de valor, las preguntas capciosas e indolentes y las opiniones innecesarias, todo, absolutamente todo, fue un repugnante y fiel reflejo de su mentalidad machista: se llama VIOLENCIA INSTITUCIONAL.
Además lo hace desde una posición de poder (abuso de poder). Y sabemos que el poder produce megalomanía, trastornos psicológicos, obsesiones patológicas, distorsiona la percepción de la realidad y perturba el funcionamiento de algunas áreas del cerebro. Eso es lo que les sucede a muchos hombres que solo encuentran salida a esta situación a través de la violencia. El juez Carretero se justifica diciendo: “Es que yo soy así”; la típica respuesta de un androcéntrico narcisista integrado: “Soy así y así tenéis que aguantarme”. Creemos que este señor no es consciente de lo que significa “juzgar” a las personas y está infra cualificado para ser juez en un tema tan delicado y complejo como lo es violencia sexual y sus mecanismos. Con su forma de actuar y hablar dice claramente y sin tapujos lo que las mujeres representamos para la sociedad. Lo justo sería que Mouliaá denunciase a este juez, pero en ese caso habría que repetir el juicio con la consiguiente revictimización.
Sin embargo, hay algo que llama profundamente la atención en el interrogatorio. Leamos con atención el siguiente diálogo (lástima que se pierdan los matices del diálogo en vivo):
Sra. Mouliaá: Y estuve con él (el terapeuta) rumiando la idea (…) y estuve dándole vueltas pero no me atrevía porque…
Juez Carretero: pero, ¿por qué no se atrevía? ¿por qué? ¿por miedo a Errejón? ¿por miedo a Errejón? ¿por qué? Y, ¿cúal es el miedo que hay que tener a Errejón? ¿por miedo a Errejón? Por miedo a Errejón. Bien.
Sra. Mouliaá: … porque tengo una hija… (empieza a llorar)
Juez Carretero: ¿Y qué? (displicente)
Sra. Mouliaá: no se… tenía mucho miedo.
Juez Carretero: Tenía miedo. Tenía miedo. Mucho miedo. Bien. (tratando de autoconvencerse).
Fijémonos en que el juez, en menos de 20 segundos, repite la palabra “miedo” ocho veces y “Errejón” cinco veces. Y una y otra vez repite lo mismo, acelerado, impulsivo, incrédulo, sin el menor ejercicio de introspección ni empatía. En la pregunta “Y, ¿cuál es el miedo que hay que tener a Errejón?” se retrata perfectamente. El, que no ha sentido nunca miedo, y menos de otro hombre, por ser precisamente hombre (la fratria está para protegerse mutuamente), por su estatus, por sus circunstancias, por su origen, por su profesión, etc., no puede entender el secular y atávico miedo de las mujeres. Es incapaz. Porque están hablando de algo que nunca le sucederá a él. Nunca su cuerpo será invadido ni asesinado por una mujer. ¿Por qué un hombre en su situación tendría que entender lo que significa “sentir miedo”? Nunca su cuerpo será invadido ni expropiado ni asesinado por una mujer. ¿Por qué un hombre en su situación tendría que entender lo que significa “sentir miedo”? Como dice la periodista Cristina Fallarás en su artículo “El juez Carretero nos chupa las tetas”: “lo que hace el juez Adolfo Carretero con Elisa Mouliaa es tomar posesión de su cuerpo y dejar bien claro que puede hacer con su cuerpo lo que quiera”.
Mantener a un juez de estas características es un error gravísimo y un insulto a todas las mujeres porque implica no comprender en absoluto el terrorismo sexual al que estamos sometidas. Y de sus palabras se infiere que desconoce el Estatuto de las Víctimas y los Convenios internacionales.
Lea, fórmese, edúquese, sr. Carretero, su señoría, que el Consejo General del Poder Judicial ha recibido 14.000 quejas por su comportamiento en dos días y ha quedado colapsado. Y ahora tiene que hacer frente al expediente que le han abierto. Todo esto nos lo podíamos haber ahorrado estudiando y respetando a las víctimas y a todas mujeres, víctimas de agresiones sexuales o no, a quienes se nos han removido viejas heridas de nuestras experiencias.
Por otra parte, también llama mucho la atención que este juez ha estado ejerciendo durante décadas y sus colegas han visto, conocen y son testigos de su forma de ser y de pensar. Y nadie ha dicho nada. Nadie le ha hecho notar nada siendo personas que buscan la justicia y luchan por ella. Es decir, le “han dejado hacer y deshacer” a pesar de que su forma de actuar es denunciable. ¿Será que son iguales que él? o ¿será que nos encontramos una vez más con la espiral del silencio (Cf. Elisabeth Noelle-Neumann, 1980)? ¿Cómo van a atreverse a decir que tienen un compañero extremadamente machista si tienen hijos que alimentar?
Al final todo el mundo calla (“efecto espectador”) mientras las víctimas sufren lo indecible…
Y cuanto mayor es la indiferencia, la indulgencia para con los agresores, la falta de indignación y el sepulcral silencio de los hombres, más pruebas tenemos de que muchos de ellos se sienten interpelados y señalados, empiezan a tomar conciencia de sus acciones y reconocen sus privilegios y la injusticia del patriarcado hacia las mujeres, agachan la cabeza sintiéndose culpables o se ponen a la defensiva… mayor conciencia tomamos las mujeres de nuestro sufrimiento a lo largo de la historia.
Es el momento de que los hombres reflexionen sobre sus privilegios, el abuso de ellos y el daño que les causa el sistema patriarcal también a ellos, a las mujeres y a la sociedad. Y que hagan un ejercicio de introspección y empatía y dejen ya de preguntarse, -como pregunta el juez Carretero-, por qué las mujeres denunciamos años después de los hechos.
“El miedo es libre”, se suele decir, de forma general y muy a la ligera, muchas veces para justificar la comodidad, la indiferencia y falta de empatía del silencio cómplice, pero, como estamos viendo, esta frase hecha es demasiado simple y no tiene en cuenta las diferencias y las causas de los diferentes miedos que sentimos mujeres y hombres.
No podemos esperar una justicia humana que trate a las mujeres como iguales, porque no somos sujetas políticas de forma efectiva, ni saben cómo hacerlo porque siempre ha habido desigualdad, vivimos en una misoginia judicial (cf. Beatriz Gimeno) y tampoco existe una justicia restaurativa que intente paliar o aliviar, ya que el daño, el sufrimiento, el estrés postraumático, la vejación y la humillación vivida dejan una huella profunda de por vida. Más bien todo lo contrario: cuando una mujer denuncia se produce una revictimización por parte de toda la sociedad y por parte de los organismos, instituciones y personas que deben protegernos. ¿Por qué las víctimas siempre nos quedamos sin justicia?








