Por Reis A. Peláez (Bruxabona)
Parece ser que Europa nos multa por un permiso parental que debía ser retribuido y diversas organizaciones sociales, sindicatos entre ellas, se hacen eco de la falta de legislación adecuada para la conciliación. Además, con el debate encima de la mesa, otra vez hemos vuelto a oír hablar de los famosos cuidados.
Y una vez más me veo inmersa en esta polémica léxica, ante la cual me pregunto ¿cuántas veces le habremos dicho a alguien, al despedirnos, con todo el cariño del mundo, “cuídate”? ¿cuántas veces nos hemos sentido cuidadas por nuestras amigas, hermanas, madres…? Según el Diccionario del Español Actual, de Manuel Seco y otros, “cuidar” es “atender a alguien para que se mantenga bien”; para la RAE, “Asistir, guardar, conservar”. Hay otras acepciones, pero las demás se alejan más, si cabe, del uso que estamos dando hoy en día a esta raíz (la del verbo “cuidar” y sus derivadas). Llevamos unos cuantos años, lustros, diría yo, escuchando llamar “cuidados” al trabajo esclavo que hacemos las mujeres desde hace milenios y que, según un buen número de estudios feministas, de cuyo nombre me acuerdo perfectamente, pero no viene al caso citar, es la base de este sistema que llamamos patriarcado. Tuvieron a bien estas fantásticas ancestras que nos conceptualizaron el buen camino, hablar de división sexual del trabajo y de opresión, palabras con una correcta carga política que nunca debimos abandonar. Pero hoy hablamos de “cuidados”, término que a algunas filólogas feministas recalcitrantes como yo nos retrotrae a discursos más cercanos a cierta sección con sufijo diferente para la raíz fem- que el feminismo.
Pues, si queremos seguir a aquellas sabias que tan bien nos iluminaron, sabemos que esa división sexual del trabajo impuesta por el patriarcado está absolutamente relacionada con el papel de la mujer en la reproducción humana. Tener a la mitad de la humanidad ocupándose de la atención de las personas dependientes y del mantenimiento y la higiene de los lugares de residencia humana que conocemos en español como “hogares” no solo es la base que sostiene toda la economía capitalista, sino que también lo ha sido de los sistemas anteriores: feudalismo, sociedades esclavistas… Desde un punto de vista diacrónico, hablamos de patriarcado a partir del momento cuando las mujeres están obligadas y constreñidas a permanecer encerradas en el ámbito doméstico y encargarse tanto de la crianza como de estos trabajos susodichos, cuando se nos priva de la intervención en actos colectivos, como otrora lo fue la caza y demás actividades de obtención del sustento, o las relaciones de coherencia social de los grupos, cuando se empieza a germinar una sociedad desigual con una raíz de opresión sexual sobre la que crecerán y florecerán las demás desigualdades y opresiones.
Por tanto y sintiéndolo mucho, ni entonces ni ahora cuando una mujer hace ese trabajo está atendiendo a alguien para que se mantenga bien o está asistiendo, guardando o conservando; lo que hace es un trabajo imprescindible para el desarrollo de los individuos y la sociedad en la que viven. Algunas feministas vieron en esto la raíz del patriarcado y muchas creemos que hay que empezar por romperla para poder hablar del digno camino a la igualdad. Por eso nos llamamos radicales, pleonasmo donde los haya para referirse al feminismo.
Durante todos estos miles de años que llevamos sometidas por este sistema se han inculcado en las diversas sociedades que han surgido de la evolución del patriarcado infinitos discursos que pretenden razones biológicas determinantes para la opresión de las mujeres. De la misma manera, en todos estos miles de años, ningún avance científico ha demostrado jamás ninguna otra diferencia funcional entre ambos sexos que las características directamente asociadas a la reproducción. En palabras más coloquiales y diáfanas: nuestra capacidad para quedarnos embarazadas no nos hace mejores para amasar el pan o limpiar el inodoro, ni la capacidad de ellos para inseminarnos les hace mejores para extraer carbón o gobernar. Me dirán que esta máxima, en algunas sociedades, como la española, está totalmente aceptada, pero, por alguna “extraña” razón, en esta sociedad tan moderna y avanzada, esas tareas imprescindibles para el desarrollo de las que hablo las siguen haciendo las mujeres en un 85% (según los estudios del Instituto de las Mujeres). ¿Qué es lo que está ocurriendo, entonces? Fácil: en miles de años hemos sido capaces de crear máquinas que pueden fabricar un complejísimo automóvil, realizar una cirugía con el cirujano a miles de kilómetros de distancia o escribir una novela, pero no tenemos una máquina que meta la ropa en la lavadora y la secadora, la saque, la doble y la meta en los armarios. Porque eso no es trabajo, son cuidados y cuidar no lo puede hacer una máquina. ¿Ven lo importante que es el lenguaje? Aún así, en el último medio siglo, muchos hogares gozan de lavadoras, lavavajillas, secadoras, robots que cocinan, aspiran, friegan el suelo… Porque los hombres han tenido que empezar a ocuparse de estas tareas y se ha tardado nada en comercializar lo que les haga la vida más fácil para que puedan seguir produciendo y consumiendo en este capitalismo voraz e inhumano. Eso sin hablar de la inmensa mayoría de las mujeres de la tierra, que siguen lavando la ropa en el río y acarreando agua a lo largo de kilómetros para poder cocinar para alimentar a toda la familia. Están cuidando, también.
Entrado en el siglo XXI, en algunas partes del mundo, la mujer ya se ha incorporado al empleo remunerado y la tecnología ha claudicado en crear máquinas que faciliten parte de la labor de higiene y mantenimiento, pero seguimos teniendo a la mitad de estas sociedades condenadas en sus casas robando horas del sueño y mal alimentadas para poder continuar con sus dobles jornadas. Y esto es porque en la mayoría de los lugares seguimos sin tener suficiente oferta de guarderías de cero a tres gratuitas, porque en muchos hospitales públicos la atención a los pacientes ingresados en infinidad de ocasiones obliga a que un familiar tenga que estar permanentemente con ellos, porque la oferta de residencias gratuitas para personas ancianas es prácticamente nula e incluso las que no lo son no cubren las necesidades de una población de esa franja de edad, cuyo número es cada vez mayor, y acaban muriendo en us casas esperando plaza, porque no hay servicios de enfermería en los colegios ni en los institutos públicos ni concertados, ni mucho menos comedores gratuitos suficientes… Y así podría seguir hasta el infinito.
Pero no nos preocupemos, porque los gobiernos más progresistas y feministas de la historia llevan tiempo poniendo solución a esto: dejemos que “libremente” las personas renuncien a parte de su sueldo para hacer estos trabajos y, además, vamos a engañarlas con la zanahoria de la contribución a su jubilación, démosles días sin sueldo para acudir al médico con sus hijos menores, facilitemos excedencias sin sueldo para todo esto, promocionemos medidas para que las personas que quieran tener descendencia abandonen sus empleos y su carrera profesional y se queden en sus casas. Comprobemos después de todo esto que siguen siendo las mujeres las que se acogen a todas estas medidas. Luego sigamos teniendo unas pensiones no contributivas ridículas y mujeres que llevan una vida cobrando la mitad con una pensión a todas luces insuficiente a pesar de que le dijeron que las medias jornadas contribuían como completas (en tiempo, no en dinero, he ahí la trampa); de esta manera seguirán dependiendo de maridos, hijos y otros parientes a los que deberán seguir “cuidando”.
No, no vamos a mejorar los servicios sanitarios, sociales y educativos para que las madres que quieran serlo sin tener que renunciar a sus empleos y carreras profesionales puedan hacerlo. No, eso es demasiado radical para nuestras sociedades. Vamos a hacer campañas contra la leche de fórmula para que ellas solas decidan quedarse en casa amamantando a sus criaturas temerosas del señalamiento moral que significa decidir no hacerlo. ¿Conocen ustedes algún estudio serio que demuestre los perjuicios que nos ha supuesto para nuestra salud la leche de fórmula a las personas que fuimos criadas con ella? Yo no y, además, gozo de una salud estupenda en mi cincuentena, a pesar de no haber estado dos años colgada de la teta de mi madre, que me crió con leche maternizada. Tampoco conozco estudios publicados en revistas científicas de prestigio sobre las horribles consecuencias en personas de mi edad que pasaron su infancia en comedores escolares por no haber tenido una figura parental atenta sirviéndoles la comida en el plato al llegar del colegio. En un grupo humano que facilitase y promocionase la socialización de la crianza, todas las facilidades para aquellas madres que decidan ser ellas las encargadas, pero no es el caso. Con lo cual, mucho cuidado también con retribuir todas esas medidas que ahora suponen una merma económica, porque ofreciendo permisos retribuidos cada vez más largos, pagando a las mujeres por quedarse en casa, seguimos perpetuando esa división sexual del trabajo que forma la raíz de esta opresión milenaria que sostiene el patriarcado y seguirá suponiendo un castigo a las mujeres que decidan ser madres y no quieran estar en el centro de la condena social por renunciar a un buen sueldo por criar su descendencia y seguir con su profesión.
Lo que sí sabemos con certeza es que una humanidad que decida que la importancia de ese trabajo está en el mismo grado que la del trabajo tradicionalmente llamado “productivo” tiene que romper con todo para construirse de nuevo y lograr una economía ecofeminista que garantice que la maternidad sea una ocupación a tiempo completo solo por una libre elección real. Esta utopía no la verán mis ojos, lo sé, pero también sé que no se llega a ella con retribuciones para atender a personas dependientes y mantener e higienizar los hogares, independientemente de la cuantía.








