La disforia es el síntoma, la enfermedad es el género

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Por Karina Castelao

Ahora que todo el mundo anda tan preocupado porque se descuelguen letras del colectivo LGTBI, es buen momento para señalar que dentro de la T hay un subgrupo a quien la «Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI» ha destrozado la vida: las personas con disforia de género.

Leí el otro día por ahí que «el género es la causa de la disforia, no la solución», y es cierto.

Dice la OMS que el término “disforia de género refiere al malestar que acompaña la incongruencia entre el género “experienciado” y el sexo “asignado” al nacer”. Por otra parte, según el Convenio de Estambul, el “género” son “los papeles, comportamientos, actividades y atribuciones socialmente construídos que la sociedad considera propios de mujeres o de hombres”. Es decir, que uniendo ambas definiciones, la disforia de género no sería más que un síntoma, la somatización que sufren algunas personas del rechazo que experimentan a las imposiciones del género.

Teniendo esto en cuenta es lógico concluir que si no existiera el género, es decir, esos comportamientos, actividades y atribuciones diferenciados para hombres o mujeres, nadie “experienciaría” incongruencia alguna respecto a su sexo y las personas se ahorrarían esos malestares que en ocasiones les despiertan ideación suicida. Dicho de otra forma, si no existiera el género no habría disforia porque nadie sentiría que no encaja con lo que socialmente está asignado para su cuerpo. De ahí la “necesidad” de las personas con disforia de género de modificar el cuerpo para encajar en el género.

Nos dice el sentido común y el principio de no maleficencia médica que, cuando una persona siente tal rechazo hacia su cuerpo o hacia alguna de sus partes que le causa sufrimiento y angustia como para plantearse ideas suicidas, no es al cirujano al especialista al que debe acudir. Eso es algo comprensible en personas que padecen, por ejemplo, xenomelia, un trastorno que se caracteriza por la no aceptación de una o más de las propias extremidades y el deseo de amputárselas.

Pero cuando el padecimiento lo provoca la disforia de género, la ley anteriormente citada prohibe taxativamente cualquier alternativa terapéutica que no sea la afirmación de la «condición» mediante la medicación y la cirugía que provocarían el cambio corporal deseado ya que la disforia de género no se considera un trastorno que haya que superar.

Yo doy gracias todos los días a la providencia, al azar o al devenir por no tener en mi entorno a nadie que padezca disforia de género (o incongruencia de género como se denomina ahora para eliminar el carácter patologizador del concepto). Porque, si tan grave es el sufrimiento como para que quienes la padezcan se planteen hasta suicidarse, y la única alternativa que permite la ley y proporciona la sanidad pública para aliviarla es comenzar un proceso donde se modifiquen partes de su cuerpo quirúrgicamente y se medicalicen de por vida, yo, como ser humano que me considero empático y compasivo, prefiero que un allegado mío sufra cualquier trastorno psicológico a tener que pasar por semejante crueldad. Y sobre todo teniendo en cuenta que ni solicitando asistencia psicológica o psiquiátrica por parte del propio afectado sería legal prestarle ningún tipo de ayuda, mientras que en cualquier otro trastorno o patología a nadie se le niega el alivio terapéutico que un profesional de la salud mental pueda proporcionar.

Porque una de las cosas más sangrantes, a mi juicio, de la ley trans es la terrible discriminación que supone para las personas que padecen disforia de género.

Imaginemos que todos los días nos levantamos rechazando nuestro cuerpo de manera que nos provoca una tremenda incomodidad desde mirarnos al espejo hasta tocarnos. Y ya no digamos que lo hagan otros. Que desearíamos arrancarnos los senos o los genitales, que nos duele vernos, y que queremos dejar de sufrir. Y que pedimos socorro. Que queremos ir a un terapeuta que nos ayude a vivir tal y como somos porque nos negamos a pasar por procesos médico – quirúrgicos porque tenemos miedo y porque es que, además, estamos sanos y queremos seguir estándolo sin atiborrarnos de químicos sintéticos que solo son fuente de efectos secundarios que ponen en riesgo nuestra salud. Solo queremos querernos y aceptarnos.

Y resulta que, porque hay un grupo de personas dentro de nuestro propio colectivo que no padecen ese sufrimiento que a nosotros nos carcome o porque una parte de quienes lo padecen no tienen reparos en pasar por un bisturí, nosotros, que sufrimos y mucho, tenemos que, o someternos a cirugía y hormonación para transformarnos o seguir padeciendo porque a ese grupo le parece estigmatizante y discriminatorio aliviar nuestro sufrimiento con terapia de aceptación corporal ¿Qué pensaríamos de eso?

Pues, obviamente, que a nadie le interesa que realmente dejemos de sufrir. Lo que interesa es que se beneficien quienes no sufren disconformidad con su cuerpo y sobre todo, la industria médica y farmacéutica que crea pacientes donde en realidad no los había. En “roman paladino”, que tomemos decisiones irreversibles sobre nuestra salud que nos conviertan en enfermos crónicos.

Uno de los contraargumentos con los que el transgenerismo pretende replicar a las feministas cuando decimos que es una crueldad y vulneración de sus derechos someter a menores desde antes incluso de los 12 años a terapias de bloqueo hormonal y posterior hormonación cruzada (porque las hormonas son necesarias para el desarrollo) es que la ley trans no obliga a ello para hacer el cambio de sexo registral. Sin embargo siempre omiten en esa contraargumentación que para aliviar la disforia el cambio de sexo registral no sirve de nada si no va acompañado de una terapia de aceptación o de una transformación médico-quirúrgica del cuerpo. Si la ley prohibe lo primero, la alternativa permitida es lo segundo.

Que la gente con disforia sufre, y mucho, no lo digo yo, lo dice la FELGTB cuando habla de el riesgo tan alto de suicidio de estas personas y lo utilizan como argumento para iniciar los procesos de transición en los adolescentes y preadolescentes.

Que el cambio de sexo registral per se no alivia la disforia de género a nadie y no elimina las tendencias suicidas, es un hecho constatable porque para eso se establece para quienes la padecen la opción de la transición médica según unos parámetros de desarrollo (la famosa calculadora Tanner) que recomiendan organizaciones como Chrysallis (la asociación más importante y con más influencia a nivel nacional de familias de menores trans).

Que no todas las personas que tienen disforia de género son “transexuales” (sea lo que sea eso), tampoco lo digo yo. También lo dice Chrysallis cuando habla de que las personas trans sufren disforia por la presión de los estereotipos de género reconociendo implícitamente que, como dije anteriormente, si no existiera el género no padecerían disforia.

Y que incluso padeciendo disforia de género y siendo «transexual», el proceso de transición en muchos casos es traumático, peligroso y no garantiza los resultados deseados. Eso lo dice la propia FELGTB, Chrisallys y las estadísticas. Sin embargo, ambas asociaciones niegan la necesidad de averiguar cuáles son las causas de las que es síntoma la disforia (si solo es un rechazo al género o si existe algún trastorno concomitante que lo intensifique o lo provoque) por considerar patologizador hacerlo. Y porque averiguar la causa de la disforia podría en muchos casos hacerla desaparecer y eso nunca es bueno para el negocio médico-farmacéutico.

Sobre la disforia de género quedan muchas cosas que decir: como aparece y porqué, qué la provoca, cómo se elimina y quién la elimina. Y sobre todo, a quién afecta con mayor intensidad. Pero eso lo dejaremos para otro momento. Por ahora, solamente destacar que las leyes basadas en el modelo afirmativo de identidad de género no están destinadas a las personas que la padecen. Lo que obligan estas leyes a las personas con disforia de género es verdaderamente discriminatorio. Y no es otra cosa que impedirles legalmente dejar de sufrir.

Porque la disforia de género o incongruencia de género no será un trastorno, sin embargo causa dolor y sufrimiento insoportable a quien la padece (como la mayoría de los síntomas de una enfermedad). Pero como es estigmatizante tratarla como tal, o se vive con ella o la única alternativa es, estando sano, convertirse en enfermo. En enfermo de género. 

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