Por Silvia Carrasco, profesora de Antropología de la UAB y presidenta de Feministes de Catalunya
Son tantas y tan aberrantes las ignominias que se cometen a diario contra mujeres y niñas en todas partes, que el dolor desborda con creces a la razón sosegada necesaria para clasificarlas por su gravedad, más allá de señalar lo obvio, el feminicidio, la eliminación física, como la mayor de las violencias. Sin embargo, ya se ha sobrepasado también ese límite.
¿Cuál es, entonces, la mayor de las violencias, más allá del asesinato? Abortar los fetos femeninos, dejar morir primero a las niñas ante las situaciones de escasez, reducir las mujeres a objetos para las criminales industrias extractivistas sexuales y reproductivas, humillarlas y empobrecerlas, inducir en ellas la alienación de su condición subalterna como capital erótico, mientras son violentadas y explotadas, prohibir su ciudadanía y su voz… no hacen más que reconocer nuestra existencia como sexo y como casta intocable. Pero negar la existencia de la asesinada, maltratada, abusada, ridiculizada y reprimida porque la categoría de víctima y destinataria específica de esta violencia la ocupa también cualquier hombre que lo decida y obligarnos a aceptarlo es, sin duda, la mayor de las violencias. La negación última de la existencia del patriarcado en pleno siglo XXI y en su versión posmoderna, tan parecida a la posición que defienden la extrema derecha y su neomachismo.
Que esta violencia la ejerzan quienes enarbolan las banderas de supuestos derechos humanos; quienes nos persiguen, cancelan, amenazan, intimidan y agreden, incluso promulgando leyes que amparan la impunidad que nos quieren imponer; quienes nos acusan, a nosotras, de toda clase de crímenes contra los sentimientos de los que mienten desde el cinismo, a costa de quienes sufren, meticulosamente instrumentalizados, da la medida de la reacción del patriarcado neoliberal a la mayor de las resistencias que le hacen frente: la del movimiento feminista.
Ahora ya no son únicamente las conferencias, jornadas y presentaciones de libros y estudios críticos con el transgenerismo. La última novedad es que tampoco podemos manifestar nuestro dolor y nuestra indignación ante el insoportable terrorismo machista en todas sus formas, trabajar para que la sociedad tome conciencia del recrudecimiento de la violencia que estamos viviendo y exigir a las autoridades, a la judicatura y a los hombres que se impliquen y se lo tomen en serio.
En lo que va de mes, acumulamos ya varios intentos de cancelación de actos relacionados con el próximo 25 de noviembre, Dia internacional para la Erradicación de la Violencia contra las Mujeres, alguno lamentablemente con éxito. Talleres que analizan las fallidas campañas institucionales contra la violencia machista; conferencias que indagan en las raíces de la misma y en los elementos clave para erradicarla desde la política, los medios y la educación; exposiciones sobre las historias de las más de 100 mujeres asesinadas durante el año anterior; informes sobre las órdenes de protección y las múltiples grietas y fallos del sistema viogen y sobre el destino de los recursos que deberían haberlas protegido a ellas y a sus hijas e hijos. Todo esto es ahora ofensivo y objeto de silenciamiento y cancelación porque no incluye a los hombres como protagonistas, se sientan como se sientan. Por hablar de las mujeres, por referirnos a nosotras y a nuestra realidad, como destinatarias de la violencia patriarcal que nos recorre a todas, desde la imposición misma del género sobre el sexo hasta el asesinato.
Por todo ello, este 25N, inundaremos las calles y las plazas gritando unidas contra la impunidad, exigiendo justicia para las víctimas y castigo para los agresores. Por quienes alzan la voz contra la justicia patriarcal en el peor de los escenarios, como Gisèle, y por todas. ¡Orgullo y coraje, compañeras!
Ni nos callarán, ni acabarán con nosotras. Venimos de lejos y vamos mucho más lejos todavía.
¡Viva la lucha feminista! ¡Viva la lucha de las mujeres!








